Lo que Miss Europa del Este me enseñó sobre el amor

Creo que todos deberían hacerse ricos y famosos y hacer todo lo que siempre han soñado para que puedan ver que esa no es la respuesta. Jim Carrey

En el capítulo de hoy voy a contarte cuatro reflexiones y un aprendizaje. Lo que vas a leer a continuación es más o menos como uno de esos juegos que nunca he jugado donde, frente a unas personas que apenas conoces, vas quitándote la ropa. Al principio te da miedo, ¿qué pensarán cuando me quite la camiseta y vean mi torso desnudo? ¿qué pasará cuando llegue a los pantalones? ¿Y si me tengo que quitar todo, cómo voy a soportar la vergüenza de mostrarme tal y como soy?


Reflexión 1

Hace unos años estaba con mi amigo Pepe cuando, en un cartel de la calle, vi una fotografía de una mujer súper guapa, una de esas modelos que inundan las revistas, películas, series y grandes cuentas de instagram.

¿Alguna vez has estado con una mujer así Pepe? —Le pregunté—.

Esas mujeres no existen Antonio, están tan retocadas en photoshop que no son reales. He estado con mujeres que podrían parecer que son así.

Su respuesta me dejó pensativo durante meses por varios motivos. ¿Cómo podía mi amigo hablar con tanta humildad y naturalidad sobre el hecho de haber estado con mujeres tan «inaccesibles» para la mayoría de las personas? ¿Qué veía él que yo no veía?

Reflexión 2

Desde hace muchos años, cada vez que he terminado una relación me he preguntado qué puedo aprender en el tiempo que estoy soltero para, en mi siguiente relación (si la hay), tener más éxito. Y por éxito quiero decir por supuesto ser más feliz y crear las circunstancias apropiadas para que mi pareja sea más feliz.

Aportar más a mi pareja con el corazón y recibir lo que me tenga que entregar con los brazos abiertos es lo que yo considero como una relación exitosa.

Mi trabajo suele centrarse en qué miedos tengo que superar, qué sombras de mí tengo que iluminar, qué manías tengo que trabajar y qué cerramientos mentales a causa de mi ignorancia tengo que destruir.

Cuando digo que uso los períodos de soltero para mejorar no quiero decir con ello que cuando estoy en pareja no trabajo también. Lo que quiero decir es que cuando estoy soltero es cuando más puedo trabajar en mí mismo. Si no te convence lo que te digo, pregunta a una persona con hijos, trabajo a jornada completa y perro, cuánto tiempo puede dedicar en un día normal a su crecimiento personal.

Mis épocas de soltero son especialmente de sol, agua, abono, quitar malas hierbas y crecimiento, así, mis épocas de pareja son cuando se recogen los frutos más maduros y sabrosos que mi árbol puede dar.

Hace años, justo después de terminar una relación me fui a Inglaterra. Años después, al terminar otra, me fui a recorrer el mundo yo sólo. Después de otra, me fui a hacer el camino de Santiago y luego a la La India a iniciarme en serio en el yoga y la meditación. Ahora, al terminar con Gemma me he ido a Ucrania y en breve voy a China a iniciarme en serio en el Chi Kung.

Una analogía sería el meditador que se va a una cueva a meditar durante varios meses. No se va a la cueva para escapar de la sociedad como muchas personas piensan, sino que se va para aprender tanto de sí mismo, de sus emociones, de sus miedos y de su mente, que cuando vuelve a la sociedad está muchísimo más preparado para vivir entre personas aportando lo mejor de sí. Su amor, su paz, su conocimiento, su humor y su autocontrol.

¿Para qué estar con una pareja para darle la versión no trabajada de ti?

Otra analogía es el chico alemán que conocí aquella vez en la ruta de tres días hacia la Laguna 69 en Huaráz, Perú. A sus diecinueve años llevaba ya un año recorriendo el mundo. El alemán me dijo: ¿Cómo podemos dar por válido que la gente elija una carrera a los dieciocho años —muchas veces para después acabar en trabajos donde estarán el resto de su vida— cuando normalmente no saben qué quieren ni se conocen a sí mismos?  Yo viajo para conocerme y conocer lo que hay ahí fuera, después, si así lo decido, elegiré una carrera.

Reflexión 3

Hasta hace poco siempre tuve pavor a hablar de sexo. Hasta hace poco siempre tuve pavor a expresar mis sentimientos. Hasta hace poco consideraba imposible escribir sobre mis relaciones.

Afortunadamente los libros vinieron una vez más en mi ayuda y en 2013 leí «Summerhill. Un punto de vista radical sobre la educación de los niños», un libro escrito en 1960 donde su autor, A.S. Neill, cuenta su visión sobre la educación del futuro, que es la educación en libertad.

Aquí vemos un ejemplo:


«Veamos la vida de John Smith, alumno de una escuela elemental corriente. Sus padres van a la iglesia de vez en cuando, pero, no obstante, insisten en que John vaya a la escuela dominical todas las semanas. Los padres se casaron regularmente a causa de la recíproca atracción sexual; tenían que casarse, porque en su medio, ¡no podrían vivir juntos sexualmente sino de un modo respetable!, es decir, casados.

Como sucede con frecuencia no bastaba la atracción sexual, y las diferencias de carácter convertían el hogar en un centro de choques y tensiones, a veces con discusiones a gritos entre los padres. Había también muchos momentos de ternura que el pequeño John los consideraba naturales, mientras que las riñas a gritos entre sus padres le afectaban el plexo solar, se hizo medroso y gritón y recibía azotes porque gritaba «por nada».

Estaba condicionado desde el principio mismo.

Se le dejó hacer libremente sus funciones naturales mientras vistió pañales, pero cuando empezó a gatear y andar por el suelo, empezaron a flotar en la casa las palabras «desobediente» y «sucio», y se empezó a enseñarle de mala manera a ser limpio.

Se le quitaban las manos de los órganos genitales cuando se los tocaba, y no tardó en asociar la prohibición genital con el asco adquirido a las heces. Así, años más tarde, cuando era viajante de ventas, su repertorio de historietas lo constituían un número equilibrado de chistes sexuales y escatológicos.

Gran parte de su instrucción fue condicionada por parientes y vecinos. El padre y la madre querían ante todo ser correctos —hacer las cosas apropiadas—, de suerte que cuando llegaban parientes o vecinos, John tenía que portarse como un niño bien criado. Tenía que decir gracias cuando la tía le daba un trozo de chocolate; tenía que cuidar mucho sus modales a la mesa, y sobretodo tenía que abstenerse de hablar cuando estaban hablando los mayores.

Sus abominables ropas de domingo eran una concesión a los vecinos. Con esta enseñanza de la respetabilidad iba de la mano un sistema implícito de mentiras, sistema del cual por lo común no se daba cuenta. Las mentiras comenzaron pronto en su vida. Se le decía que Dios no quiere a los niños malos que dicen maldito, y que el conductor le daría un azote si andaba por el pasillo del tren.

Todas sus curiosidades acerca de los orígenes de la vida fueron satisfechas con estúpidas mentiras tan eficaces que desapareció su curiosidad acerca de la vida y del nacimiento. Las mentiras sobre la vida se combinaron con el miedo cuando, a la edad de cinco años, su madre le encontró jugando con los genitales de su hermanita de cuatro años y una niña de la casa de al lado. La severa azotaina que siguió (y que aumentó su padre cuando volvió a casa del trabajo) inculcaron para siempre en John la lección de que el sexo es sucio y es pecado, algo en lo que ni si quiera debe pensarse. El pobre John tuvo que embotellar su interés por el sexo hasta que llegó la pubertad, y entonces se reía a carcajadas en el cine cuando una mujer decía que estaba embarazada de tres meses.

Intelectualmente la carrera de John fue normal, aprendía fácilmente y así escapó a los gestos de desprecio y a los castigos que hubiera podido imponerle un maestro estúpido. Salió de la escuela con un barniz de conocimientos inútiles en su mayor parte y una cultura que se satisfacía fácilmente con revistas baratas, películas vulgares y novelas de crímenes».


Aunque la historia de John Smith no era exactamente la mía sí me daba una buena base por donde empezar. Mi educación sexual también fue inexistente, o si la hubo, fue altamente nociva. Leer el libro no solucionó mis miedos (pues los libros nunca nos solucionan nada, sólo nos dan claves para que nosotros luego podamos trabajar), pero sí que los localizó y les dio una primera explicación.

Ahora, años más tarde y tras mucho trabajo, por fin empiezo a ver los frutos y por eso hoy, en este juego de quitarme la ropa frente a ti, soy capaz de quitarme la camiseta y mostrarte mi torso.

Reflexión 4

Unas semanas antes de irme a Ucrania algunas personas me preguntaron, ¿por qué te vas a Ucrania?

Yo siempre respondía lo mismo: me iba porque un amigo me había dicho que Leópolis era la ciudad más bonita que conocía. Me iba porque siempre había querido conocer países ex-soviéticos. Me iba porque era muy barato y podía alquilar una bonita casa por mucho menos dinero de lo que pagaría en Madrid. Me iba porque quería vivir la experiencia de un país muy frío.

Todas esas respuestas eran verdad pero, ¿sabes qué estaba también en mi interior que nunca me atrevía a verbalizar, la razón más importante?

Me voy a Ucrania porque allí están algunas de las mujeres más guapas del mundo y quiero romper uno de mis miedos más profundos, el miedo a estar con alguien que considero excepcionalmente atractivo. ¿Que por qué? Porque quiero ir más allá de mis limitaciones y descubrir qué hay, quién soy y qué puedo ofrecer al mundo.

No tenía que esperar a que las mujeres más atractivas me rechazaran porque antes me rechazaba yo a mí mismo.

Tras muchos años de observación he descubierto que cuanto menos nos valoramos a nosotros mismos más miedo nos da lo que consideramos como excepcional. Tenemos miedo a lo especialmente bello porque no lo vemos apto para nosotros, y en consecuencia estamos con las personas que creemos válidas, es decir, nos conformamos.

Esto es aplicable para personas, trabajos, amigos, experiencias, recuerdos, sueños y vidas.

Creo que ninguna persona, trabajo, amigo, experiencia, recuerdo, sueño o vida se merece que estés con ella cuando en tu mente piensas que podrías o deberías estar con otra si tuvieras más valor. Creo que nada ni nadie se merece eso pues creo que nuestras elecciones deberían ser guiadas por el amor y no por el miedo. Creo que lo más honesto que podemos hacer por nosotros y por nuestras elecciones es decir «te elijo a ti» con los ojos cerrados y sin mirar hacia los lados con titubeo.

No “yes.” Either “HELL YEAH!” or “no.”

Después de estas reflexiones que espero hayan servido como buena base, déjame contarte…

Lo que Miss Europa del Este me enseñó sobre el amor

Al llegar a Leópolis comprobé por qué me habían dicho que muchas de las modelos más guapas del mundo venían de Ucrania, y al día siguiente le pregunté a la mujer más atractiva que había visto en mucho tiempo si quería dar un paseo conmigo. Una acción aparentemente sencilla que me había llevado años y años de trabajo interno. ¿Y sabes? si eso fue difícil, no sabes lo difícil que fue el atreverme a contártelo hoy aquí.

Paseamos durante horas, jugué con sus hijos, hicimos un picknick en el parque más bonito de la ciudad junto a aquel acordeonista vestido como en una película soviética, cocinamos juntos y nos llenamos de harina, admiré cómo hablaba con los niños, su paciencia, su energía, su sonrisa, sus conocimientos, sus habilidades.

Mis viejos patrones de comportamiento me hacían pensar con miedo, hablar con miedo, ofrecer con miedo, pedir con miedo. Traté de identificar de dónde provenía ese miedo y cuál era la razón, y cuanto más lo observaba más desaparecía, y cuanto más desaparecía más aparecía ella como de verdad era y más la conocía, y mientras la conocía, ocurrió un gran proceso de aprendizaje en el camino: Al principio, cuando la miraba, creo que lo que más veía en ella era la belleza de su cuerpo, de su cara y de su sonrisa. Creo que veía en ella lo que mi cuerpo y mi mente querían ver en ella. Creo que veía en ella lo que la sociedad me decía que tenía que ver en ella.

Creo que eso dificultaba que viera todo lo demás con claridad y con verdadera atención.

A los pocos días de salir, pasear, comer y cenar juntos, no sé exactamente cómo ocurrió pero de repente se cayó una especie de cortina que la envolvía. Quizás esa cortina no estaba en ella sino en mí, una cortina que llevaba toda mi vida haciendo que mi visión fuera menos clara. Fue justo ahí cuando dejé de ver belleza y empecé a ver a una persona. Fue justo ese día en el que empecé verdaderamente a conocerla, a mirarla, a observarla sin estar yo de por medio. Fue justo ahí el día que dejé de necesitarla, de quererla para mí.

Fue justo ese día el que nos besamos en una plaza frente a una iglesia bajo una leve lluvia. Fue justo el día que nos acostamos. Fue justo el día en el que hablamos sobre la cama como dos seres humanos que, aunque estaban sin ropa desde hacía horas, estaban empezando a desnudarse.

Al día siguiente, el gran aprendizaje

Al día siguiente de acostarnos caminaba por la calle con una sonrisa como todos los días antes de acostarnos y antes de conocerla, aunque ese día mi sonrisa era diferente. La sonrisa de ese día se debía a que acaba de comprender por fin un gran misterio que llevaba ya demasiado tiempo buscando.

Yo quería creer que cuando por fin conociera a una mujer así mi mente y mi cuerpo dejarían de buscar. Ya está, lo conseguí. —Pensaba—.

Pero la realidad siempre es diferente y al día siguiente mi mente y mi cuerpo me pedían más de esa droga. Ve a conocer a otra mujer atractiva, cuando la conozcas lo habrás conseguido. Y luego otra, y lo habrás conseguido. Y luego otra. Y luego otra.

Entonces me di cuenta del juego, de la trampa. Antes lo intuía, pero ahora lo veía con claridad. No importa quien o qué tengas frente ti, ni cuán bueno sea, ni la belleza que percibas, que tu cerebro siempre querrá más. Ahora veía con claridad el secreto de la insatisfacción, de la ruina emocional.

¿Y sabes por qué? porque la satisfacción nunca está en quién ni qué tenemos delante, sino en cómo lo observamos, en cómo es nuestra capacidad de ver como si fuera el primer día, en nuestra intención de seguir descubriendo, y preguntando, e indagando, en nuestra capacidad de estar en paz.

Cuando volví a quedar con ella esa tarde, ya plenamente consciente de lo que hacía mi cerebro, empecé a observar cómo era mi comportamiento. Traté de concentrarme más y más ella, en hacerla más preguntas, en seguir desvistiéndola. Empecé a darme cuenta de que si quería ser feliz, tenía que usar mi curiosidad en beneficio de la estabilidad y no en beneficio de la constante búsqueda hacia adelante.

Y a ti, lector o lectora, te deseo que algún día encuentres a la persona más atractiva del universo y que encuentres la riqueza y la fama, para que te des cuenta de que esa no era la respuesta.

Te invito a que si tienes pareja cierres los ojos un segundo frente a ella, respires profundamente y cuando los abras de nuevo imagines que es la primera vez que la estás viendo, que preguntes con genuino interés, que sigas conociendo, que sigas quitando capas de ropa para que cuando os desnudéis, vuelvas a admirar la belleza.

Gracias por leerme.

 

Ahora, a consecuencia de esta droga, has perdido la capacidad de amar. Porque cuando necesitas a una persona, no puedes amar a esa persona. ¿Sabes por qué? porque ya no puedes ver a la persona. Cuando un político necesita votos, deja de ver a las personas. Cuando los empresarios se obsesionan con los beneficios, dejan de ver a las personas. Cuando yo quiero algo de ti, dejo de verte a ti; lo que quiero es conseguir algo de ti.
Anthony de Mello

 

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