Todos tenemos una historia que contar. Esta es la mía.

Con veinte años sentía que la vida se me escapaba entre los dedos.
Pasé toda mi adolescencia y el principio de una madurez que nunca llegaba sin rumbo.
¿Sabes esas personas que desde pequeñas parecen tener todo claro y la vida les sonríe siempre?
Bueno pues yo no soy una de ellas.
A menudo me cuestionaba el significado de mi vida.
No la entendía en absoluto y casi nada tenía sentido para mí.
¿Emplear casi todas mis horas disponibles del día en ir a trabajar a un lugar?
¿Tener 30 días de vacaciones al año?
¿Esperar el fin de semana? ¿Temer el lunes?
¿Ir a la naturaleza como si fuera algo excepcional?
¿Pasear por un parque artificial en mi ciudad?
¿Beber alcohol y sentirme después fatal?
¿Ver la televisión, jugar a juegos de ordenador, buscar encuentros sexuales incansablemente?
¿Eso es todo? ¿En serio? ¿Para eso hemos venido aquí?
A mí eso no me vale.
A millones de personas parece ser que sí.
A mí no.
Este mundo es demasiado alucinante para que eso, y no mucho más, sea todo.
Vale, si estás leyendo esto es porque he descubierto que hay algo más y me gusta contárselo a quien le interesa.
A mí me entretiene, qué te puedo decir.
Y lo que he descubierto no es nada nuevo, no creas, aquí no he venido a contarte nada nuevo.
Lo que he descubierto son cosas viejas.
Antiguas.
Olvidadas para la mayoría.
Pero tienes que saber que somos muchas, cada vez más, las personas que lo estamos re-descubriendo y, ¿sabes? Es sencillamente increíble.
Más de lo que puedas imaginar.
Sospechar.
Soñar.
Pero no has de creerme.
Eso nunca.

Me llamo Antonio Herrero Estévez, nací la mañana de un 31 de agosto de 1984 y soy el típico tío que verás corriendo escaleras arriba en el metro y pensarás: qué flipao.
No es eso. Es que me hace sentir tremendamente vivo.
Soy también el típico tío que siempre está leyendo un libro en el metro y levanta la vista de las páginas para ver si entra alguien que necesite sentarse más que yo.
Y no, no es porque sea o me crea Gandi o Tereso de Calcuta, no es eso, es porque de lo mejor que me dieron mis padres es la caballerosidad y la atención al prójimo.
Conozco pocas sensaciones más alucinantes que cuando una persona te sonríe con la mirada y te da las gracias sin dártelas.
Te hace sentir bien.
Les haces sentir bien.
Qué regalazo.
Y es gratis joder.
Soy ese que observa con horror cómo las personas pierden su vida mirando sus pantallas en el móvil.
Parecen zombies.
Soy ese que muchas veces se deja el móvil en casa porque no soporta ser una de esas personas, estoy escapándome de la jaula.
Mira, durante años pensé que las cosas buenas sólo le pasan a otras personas porque yo no lo merecía.
Tenía como un sentimiento de culpa constante, incómodo.
Recuerdo que con veinte años le decía a un amigo que sentía como si la vida se me escapara entre los dedos.
No soportaba ir todos los días al mismo trabajo y juraría que me dolía el pecho sólo de ver a la gente caminar por la calle mientras yo estaba sentado en la misma silla.
Día tras día.
Tras día.
Tras día.
Si enfocaba la vista miraba mi reflejo en la ventana y creo que sentía lo mismo que cuando das sin querer a la cámara delantera del móvil y ves tu cara de mazapán.
Me veía feo sentado en la oficina.
Como si yo no tuviera que estar ahí. Como si eso fuera una puta broma.
Me veía raro.
Gordo.
Atrofiado.
Preso.
Y cuando desenfocaba y miraba a través de esa ventana y veía la calle, mi mente divagaba saltando de un lugar a otro, de una vida a otra vida.
Mucho.
Me metía en el bolsillo de cada peatón y me perdía por las calles de Madrid.
Me imaginaba que yo también estaba ahí fuera.
Hasta los 24 años casi no había salido de España y puedo decirte sin orgullo que todo mi mundo cabía en Madrid.
A los 24 me fui a vivir unos meses a Inglaterra y puedo decirte con orgullo que expandí mi pecera.
Al volver de ese viaje me convertí en emprendedor sin apenas saber cómo, sólo sabía que era la llave para ampliar cada vez más un universo que estaba empezando a sospechar… era ilimitado.
Creé un estudio de diseño.
Alquilé una oficina.
Luego otra más grande.
La cosa se dio medio bien y me llamaban universidades, institutos y centros privados de toda España para mandarme personas de prácticas.
Esa aventura duró cinco años porque, justo antes de irme a una oficina más grande y contratar empleados a tiempo completo, cerré todo.
A tomar por culo.
Yo a los 30 años necesitaba viajar por el mundo, no tener una oficina con empleados.
Así que me abrí a la experiencia de ser un viajero sin fecha de regreso.
Alquilé una casa en el Albaicín justo frente a La Alhambra para despertarme durante 31 días mirándola.
Observándola sin prisa y, a veces, hasta haciendo el amor frente a ella.
Luego fui a dar un beso a mi madre y después empecé en Argentina un recorrido que terminaría tiempo después en Camboya.
Durante dieciocho meses todo mi mundo cabía en una mochila de 32 litros.
Ahí ya todo explotó.
No sabes de qué manera.
Me di cuenta de que el mundo era una fiesta pero que a casi ninguno nos habían invitado.

Viajé por muchas personas en no pocos países.
Cuando volví tenía un tatuaje aunque siempre había jurado que no me lo iba a hacer.
Traje algunas historias también: amores, amistades, peligros, aprendizajes, sueños, ya sabes.
Ahí ya no podía parar, yo quería más fiestas.
Me fui a Turkía y alquilé una casa.
Quería pasear a orillas del Bósforo de la mano de Nurhak, la belleza turca que conocí en Cuba.
De ahí volé a la India, estudié el curso de profesores de Yoga aunque antes creía que eso del Yoga era de jipis y gente rara y no tenía (ni tengo) ninguna intención de dar clases de Yoga.
Aprendí a meditar en un templo budista aunque creía que las religiones eran todas iguales.
Lloré como nunca antes en mi vida al descubrir lo que verdaderamente es un ser humano y tras comprender lo que nos han ocultado durante tanto tiempo.
Me perdoné a mí mismo.
Volví de allí más delgado, menos miedoso, más minimalista, más amoroso, más vegetariano, más flexible, más soñador.
Me obsesioné con encontrar la mejor información del planeta tierra. La encontré. Leí literalmente cientos de libros y pagué por algunos de ellos cientos de euros. Yoga. Meditación. Finanzas. Empresa. Permacultura. Geometría sagrada.
Volví por segunda vez a la india para hacer otro curso de Yoga.
Conocer el verdadero desarrollo personal y la espiritualidad de mano de grandes maestros supuso un gran cambio para mí.
Supuso mi salvación, mi transformación.
Suena a tópico pero es literal.
Como la noche y el día.
Como el negro y el blanco.
Como el reguetón y la música clásica.
Como la esclavitud y la libertad.
Mientras viajo empiezo otro negocio.
Creo decenas de webs. Tengo un equipo de 7 personas de 3 países diferentes. La cosa va medio bien y gano unos cuantos euros.
Eso llama la atención de algunos peces grandes.
Me piden que sea director de afiliación para uno de los periódicos más grandes de España (El Confidencial).
Yo digo que por encima de mi cadáver porque años atrás me había jurado que no iba a volver a trabajar para nadie.
Al final Alejandro Laso me convence y empiezo a colaborar con ellos.
Conozco gente con traje.
Dirijo un equipo.
Voy a mi primer retiro de meditación Vipassana de 10 días en silencio.
Lo veo claro.
Me prometo a mí mismo que no voy a volver a ganar dinero de una forma que vaya contra mis principios.
Creo Ricos y Libres.
Empiezo a despertar. A crear. A usar mi poder creativo.
Por primera vez en mi vida pongo en marcha mis verdaderas capacidades como ser humano.
Compro una finca de 4 hectáreas en un sitio tan bonito que no te lo puedo explicar, creo huertos y bosques comestibles de permacultura, doy conferencias en palacios y sitios así, organizo retiros en la montaña y vienen asistentes de todas partes.
Hago más y más retiros de meditación. Incluso me hago uno de 20 días en silencio en Inglaterra y otro de 30 días en Tailandia.
Escribo un Manual de instrucciones del ser humano con el conocimiento más valioso jamás encontrado (según yo) al que le pongo un precio extraño para que no pase desapercibido y vendo miles de unidades.
Profesores de universidad me invitan a dar charlas sobre propósito y salud (por mi faceta de hacer ayunos secos).
Me invitan a decenas de podcast.
- Zoom Out podcast, con Jordi.
- Jefa de tu vida, con Charuca.
- Sé feliz donde estés, con Gache Bocazzi.
- Vivir al máximo, con Ángel Alegre.
…y en esas estoy justo ahora, aprendiendo a transmitir valor, viviendo, disfrutando la naturaleza,
creciendo.
Creo sinceramente que he empezado a probar el sabor de vivir.
Ya no me siento feo, preso, atrofiado, raro.
Quizás sigo teniendo la misma cara de mazapán pero al menos por fin soy rico feliz y libre. (Un poco, al menos, ya me entiendes).
He ensanchado mi universo.
Y nada, eso te quería contar hoy.
Ah, una cosita más y acabo.
No sé si te lo ha dicho alguien ya, pero tú no eres arquitecto, o diseñadora, o limpiadora, o ingeniera, o economista, o músico.
Tú no eres hombre, o mujer, o madre, o hija.
Tú no eres Antonio, o María, o Rosa, o Kasia, o Manuel.
Todo eso es pasajero.
Todo eso es una máscara.
Tú sólo eres aquello que te vas a llevar a la siguiente vida.
Tú eres otra cosa.
Tú, digamos que… ERES.
Pero por suerte eso no es algo que nadie nos pueda mostrar.
Sólo nosotros podemos comprenderlo a través de nuestra propia experiencia.
Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.
Juan 8:32
Pero no has de creerme. Eso nunca.
«La sabiduría es saber que no soy nada. El amor es saber que soy todo. Y entre los dos se mueve mi vida».
Nisargadatta Maharaj
Poco más por aquí, así que si quieres saber de qué va todo esto de crecer en modo salvaje y vivir bien pero bien de verdad, sigue tu intuición y haz aquello que tengas que hacer.
Antonio Herrero Estévez.
Ricos y Libres S.L.
P.d.: antes de despedirme debes saber algo. Lo más importante.
Este es un camino serio y requiere compromiso y valor. Aprender salvajemente requiere compromiso. Autodesprogramarte de toda la basura que te han contado desde que naciste requiere compromiso. Ganar mucho dinero requiere compromiso. Ser feliz requiere compromiso. Tener salud pero salud de verdad requiere compromiso. No creer lo que dicen las noticias requiere compromiso. Crear tu propio camino requiere compromiso.
Conocer a la persona más evolucionada que podemos ser, es decir, a nuestro yo Superior, a nuestro yo Superman o a nuestro yo Espinete Cósmico, como lo quieras llamar, requiere compromiso.
Vencer tu resistencia interna a pagar el precio para tener la vida que sueñas requiere valor.
Pero… ¿sabes?
El compromiso y el sacrificio y el valor, una vez que los comprendes correctamente… empiezas a amarlos
«Cuando dejamos de lado las opiniones, expectativas y obligaciones del mundo que nos rodea, empezamos a escucharnos a nosotros mismos».
Piensa como un monje, Jay Shetty.