Estos son mis hábitos diarios. Si no te gustan, tengo otros

«Siembra un acto y cosecharás un hábito.
Siembra un hábito y cosecharás un caracter.
Siembra un carácter y cosecharás un destino».

Charles Reade

A las 07:40 suena el despertador

Desde que empecé a trabajar por mi cuenta, hace ya casi diez años, no había usado nunca despertador. Creía que era muy guay y muy sano y muy libre y muy todo lo que quieras, pero la verdad es que no era nada de eso. La realidad es que despertarse por costumbre cuando literalmente ya no puedes dormir más es un distanciamiento con lo que podrías haber hecho ese día, con lo que podrías conseguir, con lo que podrías ser. Es alejarse de tener un objetivo e ir a por él, es olvidarse de que un día vas a morir, es apartarse de la idea de que, si quieres algo, tienes que luchar por conseguirlo.

Tengo un amigo que se despierta todos los días a las 07:00 de la mañana. He dormido infinidad de veces en el sofá de su casa y he viajado con él durante varios meses, y siempre le he visto despertarse a las 07:00 de la mañana, no importa cuándo nos acostáramos ni importa lo cansado que estuviera. Desde la primera vez que le vi hacerlo, entre sueños, sentí una cierta envidia hacia él y hacia su fuerza de voluntad. Pensé que yo no podía hacerlo, pensé que eso era para otras personas, pensé que yo no tenía esa fuerza interior que hace abrir los ojos, presionar el despertador y decir: hoy voy a comerme el mundo.

Pero hoy lo he conseguido: levanto de la cama, abro la persiana, veo el cielo aún oscuro y siento esa extraña energía que juraría sólo existe con ese grado de intensidad a esa hora del día donde el día aún no es de día.

Más o menos a las 07:43

La ducha con agua helada se abre a máxima potencia y yo estoy desnudo frente a ella. Mi mente está aún soñolienta, mis ojos medio entornados y mis pupilas tratan de acostumbrarse a la intensidad de la luz blanca del baño, mientras tanto, el agua sigue cayendo a toda velocidad, salpicando en mi dirección gotas heladas que desprenden frío y que me cuenta cosas sobre la disciplina, sobre una disciplina de la que yo antes no había oído hablar.

Hago la misma rutina cada día: extiendo la mano hasta colocarla debajo de la cascada, la aparto rápidamente y pienso que ese día no soy capaz, que ese día el agua está más fría de lo normal. Respiro profundamente, doy un paso al frente y dejo que el agua me corte la respiración, me dejo llevar porque no sé qué otra cosa hacer y dejo también que el agua enfríe mi cabeza hasta casi el dolor, y el cuerpo, y las piernas, y el pecho. Mis ojos se abren al máximo, me muevo incómodo, respiro entrecortadamente, froto con violencia mis manos, me giro y me vuelvo a girar y entonces siento espasmos mientras coloco las manos en la pared y permito que la lluvia caiga directamente en mi espalda.

Intento en vano ejercicios de respiración cuando de repente la alarma de mi móvil rescata a mi cuerpo de esas aguas; ya han pasado exactamente los tres minutos de sufrimiento mañanero. Nada más cortar el grifo siento cómo una energía invade todo mi cuerpo. Siento mi cerebro completamente despierto, mis ojos más abiertos, mi consciencia más alerta.

El mero contacto con la toalla calentita cubre mi cuerpo entero de placer, sonrío frente al espejo mientras voy secando mi cuerpo gota a gota, sin prisa. En ese momento en el baño de mi casa todo es fácil y sencillo y todo yo soy energía. Mis brazos, mis manos, mis piernas, mis pies, mi cuello… mi mirada. Mi piel es más suave y tersa, mi espalda más erguida. No son ni las ocho de la mañana y ya he completado dos difíciles tareas, ahora todo lo que me espera en el día no puede sino mejorar.

No puedo describirte con más precisión qué siente tu cuerpo al someterse a ese pequeña descarga de adrenalina nada más despertar, no podrías comprenderlo del mismo modo que no podrías comprender a qué sabe un buen melón maduro si nunca lo has probado.

En torno a las 07:49

Ya tengo el cómodo pijama puesto y hago cuidadosamente la cama. Hacer la cama cada mañana trae paz a mi mente y me recuerda lo muchísimo que me gusta el orden y lo fácil que es conseguirlo.

«A mí me gusta el orden y la limpieza, y ello implica que no quiero pelotas manchadas de pintura.
El desorden es una distracción, y cualquier distracción en la pista es un posible punto perdido.»
André Agassi, Open

A las 07:52 estoy sentado sobre el sofá en posición de medio loto

Los auriculares de diadema presionan suavemente mis orejas: Empieza una meditación guiada de cinco minutos. Comienzo relajando todo mi cuerpo desde el último pelo de la cabeza hasta los dedos de los pies. Hago descansar a mi nariz y a mis orejas y a mis labios y a mi lengua y a mi cuello y a mis manos y a mis ojos y dejo incluso que mi vista se apoye tranquilamente por debajo de la línea imaginaria del negro horizonte tras mis párpados cerrados. Mis pulmones se llenan a su máxima capacidad para luego vaciarse lentamente mientras mi vientre se mueve al compás de la respiración.

Mis pensamientos vuelan libres sin rumbo pero entonces voy yo y los atrapo con un cazamariposas y los dejo descansar entre las redes. Parecen dormidos durante unos segundos y entonces yo puedo dedicarme a contar mi respiración. Uno… dos… tres… lleno mis pulmones, cuatro… cinco… los vacío… seis…siete… entonces las mariposas se inquietan y empiezan a moverse dentro de la red, una de ellas escapa y yo la sigo con la mirada y me encuentro con que mi cuerpo está persiguiéndola, corriendo por las calles de la ciudad tras ella hasta que de repente me adelanta otra más bonita y más colorida y entonces es a ella a quien sigo y yo la miro pero ella no me mira porque no sabe que existe y como no sabe que existe no es siquiera consciente de estar ahí. Entonces la miro aún más fijamente y me acerco sutilmente a ella, y ella parece que me mira y se me posa en el hombro. Mi pensamiento y yo nos miramos hasta que ambos desaparecemos y ya no pensamos en mariposas sino en uno… dos…tres…

Y súbitamente suena la alarma que me saca, con suerte, de un mundo interior. Ya han pasado cinco minutos, quizás mañana esté más concentrado y piense menos en mariposas y más en mi respiración.

Abro los ojos a un nuevo día y a una nueva realidad, ya no soy la misma persona que era al despertar, parece que soy la versión mejorada de mí mismo. Más liviano, más consciente, más yo. Si existe un yo ese debe ser mi yo. Desperezo mis piernas, desenredo la media flor de loto, dejo los auriculares sobre el sofá, me incorporo y veo, frente a mí, los tonos rosados y violetas y rojizos y amarillos de un cielo que está empezando a amanecer. Mis ojos se llenan de colores, mi cuerpo parece vibrar al contacto con esa belleza, mi sonrisa despierta por primera vez.

En ese preciso instante, al estar presente en ese maravilloso momento, sé que estoy haciendo lo correcto.

08:00 A.M.

Estoy sentado frente a mi ordenador que se enciende lentamente. Bebo mi vaso de agua de las mañanas para activar mi organismo mientras cojo un lápiz, papel, y escribo las tres o cuatro cosas más importantes que tengo que completar ese día. Al terminarse de encender el ordenador ya tengo mi objetivo definido, el dragón que tengo que matar esa mañana, el ladrillito que va a formar parte junto con los otros ladrillitos que forman los muros de mis proyectos.

Trabajo rápido y no me distraigo.

Si me distraigo, me doy cuenta, y si me doy cuenta, paro de distraerme y vuelvo al trabajo. Hoy no. Hoy tienes objetivos, hoy tienes un dragón que matar y tres o cuatro líneas de tu cuaderno que tachar, hoy tienes una cita y no puedes fallar. Hoy tienes un ladrillo que poner en tu presente, una sólido muro que construir para tu futuro.

Existen millones de distracciones pero hoy no son para mí: Cerré mi cuenta personal de facebook hace varios meses, si quiero amigos, les invito a cenar; no quiero experimentar una falsa sensación de amigos, yo quiero amigos de verdad. Mi móvil está en otra habitación, él no tiene nada que decirme y yo no tengo nada que decirle a él. Ya no veo las noticias, me hacen peor persona.

Mi objetivo está en mi mente, mi mente está en mi trabajo, mi trabajo sólo depende de mí.

En algún punto de la mañana:

A alguna hora de la mañana es posible que me prepare el mejor desayuno que soy capaz de pagarme. Quizás un pan de masa madre tostado regado con el mejor aceite que puedo encontrar, sal ecológica y orégano especial. Quizás un aguacate o medio mango, quizás un zumo de naranja recién exprimido, quizás un vasito de limón con una naranja y un cucharada de la mejor miel que permita mi bolsillo. Es posible que añada, desperdigadas, unas nueces o unas avellanas.

También es posible que esté en mi período de ayuno intermitente y no desayune nada; quiero hacer funcionar a mi cuerpo, quiero saber cuándo realmente tengo hambre… y sobre todo quiero pensar que es cierto esa idea de que sobrealimentamos al cuerpo innecesariamente un número innecesario de veces al día.

13:00 P.M.

Dejo todo lo que esté haciendo, cierro la pantalla del ordenador, me pongo ropa de deporte y me calzo las zapatillas. No quiero pensarlo mucho porque si lo pienso no lo hago, y si no lo hago sé que voy a estar intranquilo: Empiezan mis venticinco minutos de ejercicios de alta intensidad diarios.

Nada más comenzar pienso que ese día no seré capaz, trato de convencerme de que ese día estoy demasiado cansado, que no vale la pena, que hacer ejercicio no es sano, que quizás mis músculos sufran… Pero los minutos pasan.

Cuando llevo cinco minutos pienso en abandonar, no soy capaz de hacer veinte minutos más.

Los minutos pasan y el sudor empieza a empaparme, mi respiración se acelera, mi cuerpo se tensa, mi piel emana calor.

Cuando llevo 12 minutos y medio pienso que mi cuerpo no puede resistir el mismo nivel de presión durante el doble de tiempo.

Me tiro al suelo, hago flexiones, salto hasta el techo, hago burpees, cojo las pesas, golpeo puñetazos al aire, sentadillas, escaladores, jumping jacks, ejercicios de equilibrio, y de fuerza, y de ritmo.

Cuando llevo veinte minutos una puerta se abre ante mí y salgo yo con una sonrisa y una pancarta enorme que grita ¡TÚ PUEDES! y entonces me digo que puedo conseguirlo, que quizás ese día lo consiga.

Estoy cada vez más cansado pero el tiempo sorprendentemente no se ha detenido, y cuando me quiero dar cuenta han pasado veinticinco minutos, mi cuerpo está cubierto de sudor y yo ya he empezado a hacer estiramientos, jadeante.

Cuando los tres minutos de estiramientos terminan, comienzan mis diez minutos de mejora de flexibilidad. Estiro cada parte del cuerpo como aprendí en yoga, acompañando con mi respiración a cada movimiento: las mejoras son diarias y mi cuerpo se siente más ágil. Flexibilizar mi cuerpo juraría que apacigua mi mente.

Cuando termino son más o menos las dos menos cuarto de la tarde y yo me siento la persona más cansada y satisfecha del mundo, entonces, me doy la ducha de agua caliente más reconfortante de la historia y digo en murmullos que mi día ya ha valido la pena.

En torno a las 14:00

Ya me he duchado y ya tengo de nuevo puesto el cómodo pijama, mi cuerpo parece flotar, mi cabeza está despejada y mi estrés ha desaparecido.

Sólo me queda una última rutina diaria y la voy a disfrutar como nunca: me siento cinco minutos de reloj frente al sol. Baño casi todo mi cuerpo con unos rayos de sol reconfortantes que entran idílicamente por mi ventana. Cierro los ojos y escucho hasta el contacto de las hojas que se precipitan desde los árboles con el asfalto. Escucho las conversaciones de los que caminan ajenos a mí bajo mi ventana y escucho el ruido de los coches al pasar. Mi nivel de consciencia parece el máximo y, sorprendentemente, mi nivel de cansancio también.

Una vez un amigo me dijo que veía ridículo imponerse el tomarse el sol, yo pensé, que lo ridículo es no tomarlo.

Estos son mis hábitos diarios, si no te gustan, tengo otros

Estos son mis hábitos hoy, pero quizás mañana no lo sean, o quizás mañana sean otros; incluso quizás mañana no puedan serlo. El día que lo consigo es un día en que he tenido oportunidad de enfrentarme a mi pereza y lo he hecho, un día en que he tratado de exprimir al día al máximo para disfrutar aún más de los días en los que no tenga ganas ni fuerzas ni tiempo de exprimir nada.

Mis hábitos cambian, mis necesidades, mis ocupaciones, mis posibilidades, mis compromisos, mi energía, mis fuerzas, el grado de intensidad de mis ganas de vivir.

Todo cambiará, pero hoy, al menos, he conseguido alinear mis acciones con mis pensamientos, mis «me gustaría» con mis «estoy haciéndolo», mis «y si yo pudiera hacer eso» con mis «eso yo ya lo he hecho». Hoy he conseguido caminar con paso decidido la senda que me lleva a ese yo que quiero ser, para, los días que tenga la amarga sensación de transitar por una senda equivocada, pueda recordar que un día recorrí el camino correcto.

Estos son mis hábitos diarios, si no te gustan, tengo otros.

«La libertad no es simplemente un privilegio que se otorga;
es un hábito que ha de adquirirse.
»
David Lloyd George

Gracias por leerme.

Comments

  1. Araceli estevez - 12 octubre, 2017 @ 8:30 am

    Muy bien , la perseverancia trae ventura y como un perfecto Virgo que eres, disfruta del orden.

  2. Gabo - 5 agosto, 2018 @ 5:50 pm

    Si son las 14:00 son PM 😉

    • Antevez - 23 septiembre, 2018 @ 8:22 am

      jaja qué grande, gracias Gabo 🙂
      Ya está corregido.

  3. Bárbara - 17 septiembre, 2019 @ 9:46 pm

    Parecen los míos. Solo que en vez de meditación hago respiraciones de Wim Hof. Y que el ayuno intermitente solo me funciona saltandome la cena. Así que, puede que llegue tan lejos como tú (a mi ma er, claro está), cada día un poco más… Algún día… Gracias por tus artículos geniales.

Deja un comentario

Your email address will not be published / Required fields are marked *