Lo que he hecho en el 2017 y que años atrás creía imposible

Últimamente me he encontrado con personas que practican eso de echar la vista atrás, mirar hacia su pasado año y reflexionar sobre cómo les ha ido, las cosas buenas, las cosas no tan buenas… y lo qué han aprendido por el camino. El caso es que como a mí eso me parece una de las mejores ideas que he visto últimamente en lo que a desarrollo personal se refiere, me he decidido, por primera vez en mi vida, a escribir sobre qué ha pasado en este año que dejamos atrás, el 2017.

De esta forma, hablando de el, recordándolo y reflexionando sobre lo vivido, creo que le hago un poco de honor. En la preciosa película de Coco dicen algo así como que «Las personas sólo mueren realmente cuando las olvidamos», y yo pienso que algo parecido ocurre con lo que vivimos en nuestra vida. Ahora es el momento de cerrar lo ojos, respirar lentamente y dejarme llevar por los recuerdos en aquel inicio de un nuevo año, que como siempre estaba cargado de ilusión y buenos propósitos.

Mis palabras a veces serán como si de un diario personal se trataran, otras como si fueran parte de un ensayo sobre mis lecciones, y otras simplemente un recordatorio personal de que la vida es increíble si tienes lo que hay que tener para atreverte a vivirla.

Empezamos.

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Le dije hola al 2017 en un pueblo de Camboya donde había pasado los últimos veinte días entre paseos en bici por los arrozales, comilonas de cosas deliciosas por uno o dos dólares, y visitas al templo religioso más extenso del mundo, Angkor Wat. La vida en Camboya es fácil cuando tienes dinero, más o menos como en cualquier parte del mundo pero con la diferencia de que en Camboya tu dinero como europeo vale diez veces más, que estás rodeado de personas que te sonrién honestamente, y que la naturaleza es más exuberante y salvaje que en otros muchos lugares del mundo.

La nochevieja en Siem Riep fue un ir y venir entre diferentes bares que estaban al aire libre, tomar un par de cervezas Camboyanas y bailar en las calles llenas de personas de todas partes del mundo para luego volver a casa no muy tarde y descansar. Por segunda vez en mi vida, aprendí que las nocheviejas emborrachándote en un lugar oscuro y caro preparado para tal fin son sólo una de las millones de posibilidades, y que sólo depende de ti dónde te encuentres.

Unos días más tarde nos fuimos mi amigo Pepe y yo a Bangkok, Tailandia, mi último destino antes de coger un avión y retornar a Madrid tras un largo viaje que me había llevado a través de los países con los que había soñado durante años.

Cuando vencí mi miedo más antiguo: Hola, me llamo Antonio

De Bangkok hice escala en Doha, Catar, y cuando estaba en el autobús que me llevaba al avión, recuerdo que me quedé observando a una chica que despertó mi curiosidad, entre tú y yo, era la cosita más bonita que había visto en mi vida. Pensé en ella durante un buen rato pero no la vi en el avión que nos llevaba rumbo a casa. Una vez en Madrid, con la mochila cargada a mi espalda y a punto de salir por la puerta del aeropuerto, me volví a cruzar de frente con aquella cara y con aquellos ojillos concentrados en cambiarse las chanclas de Indonesia por las zapatillas calentitas para el frío de Madrid.

Tras pensarlo unos segundos y llenar todos mis pulmones de aire fui caminando hacia ella, y con una sonrisa le di una de las pocas tarjetas de visita que habían quedado olvidadas en mi cartera, le dije que me llamaba Antonio y que si algún día le apetecía me encantaría dar un paseo con ella por Madrid. Ella me dijo que se llamaba Francesca y que era de Roma pero que ahora vivía en Madrid, se guardó mi tarjeta, quizás me sonrió, y nos despedimos dándonos la mano. Varios días más tarde, cuando ya había perdido la esperanza, mi teléfono sonó.

Esa acción que parece tan simple es, en mi opinión, uno de los mayores retos de mi vida; Ser capaz de expresar mis sentimientos, intentar que las cosas sucedan y no temer a fracasar porque por fin he entendido que el fracaso es no intentarlo, y digo fracaso porque se supone que el propósito de la vida es vivirla, y cuando dejas de escuchar lo que llevas en tu interior o ni siquiera eres capaz de entender qué te está diciendo, dejas de vivir.

Unos años atrás, cuando Pepe y yo estábamos en el aeropuerto de París, (le había acompañado para que él fuera a una boda y de paso visitar las Catacumbas prohibidas de París), vimos a una mujer que le llamó la atención. Él la miró unos segundos y mientras me dijo que le encantaría conocerla, fue caminando hacia donde ella se encontraba. Yo entonces no podía siquiera entender cómo era posible hacer eso y me cubrí yo mismo de vergüenza e incomodidad. Mientras él se alejaba en la dirección de la chica, le pregunté que cómo podía hacerlo. Su respuesta fue «no puedo no hacerlo».

*Nota para el lector o la lectora feminista, que espero sean much@s: Es posible que no haga falta decirlo, pero cuando me refiero a acercarme a una mujer no me refiero a perseguir, no me refiero a miradas incómodas insistentes, no me refiero a no aceptar un no por respuesta, no me refiero a tratar a nadie como si de una presa se tratara.
De lo que sí hablo es del arte de flirtear, con respeto, con amor, con educación y con empatía.
Si quieres entender más mis palabras, te recomiendo que te leas el maravilloso libro «La ética promíscua».

Cómo encontré mi piso: La importancia de concentrarte al 100 % en algo

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Uno de los grandes cambios en mi vida en el 2017 fue alquilar un piso para vivir con mi amigo y socio Mario. Mi sueño desde hace años era tener un ático o similar en algún lugar del centro de Madrid, y nada más llegar del viaje nos pusimos los dos a la nada fácil tarea de encontrar un piso en una ciudad abarrotada de Airbandb, gentrificación y alquileres por las nubes. Nuestro plan era entrar a vivir el quince de enero, así que todos los días parábamos de trabajar y dedicábamos algunos minutos o algunas horas a buscar, preguntar y patear Madrid. Los pisos que encontrábamos eran muy pocos además de muy caros o estaban en zonas que no nos gustaban nada. Aunque nos esforzamos, el día quince de enero llegó y no teníamos piso, así que tuvimos que fijar nuestra nueva meta para el uno de febrero.

Lo intentamos con más ahinco durante los siguientes quince días, y una vez más no obtuvimos resultado. El uno de febrero yo estaba empezando a perder la esperanza cuando a Mario se le ocurrió una grandísima idea, la cual marcaría mi manera de hacer las cosas en el futuro próximo, dijo así: «A partir de mañana no vamos a trabajar en nuestros proyectos. Nuestro trabajo ahora será el de buscar piso, todas las horas posibles durante todo los días hasta que lo encontremos».

Tan sólo dos o tres días después, después de haber centrado toda nuestra atención y esfuerzos a la tarea de buscar casa, encontramos una maravilla de cuarto piso con ascensor en la Plaza de Cascorro, sesenta metros cuadrados y toda la luz de Madrid en nuestro salón. Cuando entré por la puerta sentí un amor inmediato, un flechazo, y apenas unos días después entramos a vivir en nuestro nuevo hogar.

Donar el 95 % de mi ropa a caridad

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Durante mi pequeño viaje por el mundo aprendí a viajar muy muy ligero de equipaje. En mi  mochila de 34 litros tenía todo lo que necesitaba para disfrutar de una vida alegre y nómada. Tres ó cuatro calzoncillos, tres ó cuatro camisetas, un par de pantalones, no-se-cuántos calcetines todos de su padre y de su madre, una buena sudadera, mi ordenador, un cepillo de dientes, unas luces frontales y una chaqueta para la lluvia y los días de más frío.

Lo cierto es que, aunque quede muy bonito así escrito, en realidad mi caso no fue tan idílico al principio. A menudo sentía que mi ropa era desagradable y que no cumplía con los estándares mínimos de autoaceptación, (en cristiano quiero decir que no me gustaba cómo iba vestido ni a mí mismo), y no fue hasta que llegué a Nueva York (más de un año después de haber empezado a viajar) y tiré prácticamente toda mi desgastada ropa para comprarme todo nuevo y a mi gusto. Por menos de 200 dólares renové todo mi vestuario y cuando me ponía las nuevas prendas me sentía sencillamente fenomenal.

Eso hizo click en mi cabeza, y cuando unos meses más adelante llegué a Madrid, una de las primeras cosas que hice fue entrar en mi habitación como si yo fuera Obelix y mi armario fueran los romanos. Cogí prácticamente la totalidad de mi ropa (decenas de pantalones, camisetas, jerseys, camisas, cinturones, bañadores…) y, con una sonrisa que no puedes imaginarte, las llevé todas a la iglesia de mi barrio.

Otras muchas personas han dicho antes y posiblemente mejor que yo qué es el minimalismo, pero al menos yo te puedo decir que uno de los mayores placeres que he experimentado en mi vida ha sido al desprenderme de cosas materiales. Entrar en casa con una bolsa y tirar absolutamente todo lo que no uso a menudo. Coger todos los cacharros electrónicos que no funcionan y, o bien arreglarlos y ponerlos a funcionar o regalarlos, o bien tirarlos. Regalar, regalar y regalar.

Te explico cómo funciona (al menos en mi cabeza), esto de desprenderse de cosas: Al principio sentirás un vacío tremendo bajo tus pies, tensión atenazando tus músculos, pupilas dilatadas, sentimientos de esto es mío y esto lo voy a necesitar, sensaciones de desnudez y de miedo.

Después, justo en el momento de dejarlo, empezarás a pensar en que lo necesitas. Todo. Hoy.

Acto seguido, si vences esa resistencia y sigues caminando sin mirar atrás, habrás encontrado un placer que no sé describirte y entonces mirarás en perspectiva esos objetos antes tan «deseados», como parte del camino que dejas atrás y como espacio nuevo que da la bienvenida a lo que esté por venir.

Sólo en ese momento, cuando respires, notarás que tus pulmones se llenan más, tu cabeza pesa menos, y tu sonrisa es más grande: necesitas muchísimas menos cosas de las que creías.

«Cuando tengas más de lo que necesitas construye una mesa más larga, no una valla más alta».
Desconocido

Borrarme mi cuenta personal de facebook

Soy adicto a la tecnología. Sin eufemismos. Soy adicto al móvil, y al facebook, y a gustar y a ser gustado y a mirar el whatsapp y a mirar fotos de personas que sólo conocí una vez y bajar un scroll infinito. Y te confieso que me falta el aire y que me deprimo cuando veo que pasan las horas y mis ojos se desgastan frente a una pantalla que nunca tiene qué ofrecerme.

Pasados unos minutos de maravillosa dopamina no dejo de sentir que pierdo el tiempo, que pierdo la vida.

A mediados del 2017 leí un artículo de Charles Ngo donde explica por qué se borró de facebook, y una de las frases que más me llegó al corazón fue cuando dijo que las personas más inteligentes del mundo trabajan día y noche para convertirte en un adicto y para que no despegues tu nariz de su famosa red social.

Yo personalmente llevaba varios años pensando que las redes sociales no me ayudaban a ser la persona que quería ser y, después de leer el artículo y echando mano de una fuerza de voluntad que estaba escondida en alguna parte de mí, también yo borré mi cuenta personal de facebook.

Sin dramas. Sin despedidas. Sin importarle a nadie, ni siquiera a mí. No quiero alargar mucho este punto porque estoy seguro que la mayoría de las personas que van a leer estas palabras entienden a la perfección la razón principal que puede llevar a una persona a escapar de una adicción: LIBERTAD.

Soy el capitán de mi alma, el amo de mi destino. ¿Recuerdas? Pasarte varias horas diarias mirando la vida de otras personas no te convierte en el capitán de nada, sólo te convierte en un triste esclavo que deja escapar la vida.

Dejar el móvil en casa

Durante todo el tiempo que estuve de viaje no contraté internet ni llamadas ni una sola vez, de hecho suspendí mi línea de teléfono durante dieciocho meses. Si alguna vez tuve que hacer una llamada urgente, sabía que pagaría con gusto los 5 ó 10 € por minuto que me costaba llamar desde el otro lado del mundo. Poco a poco me fui dando cuenta de que nadie podía contactarme y que yo no podía contactar a nadie, y que si quedaba con alguien tenía que hacerlo como se ha hecho toda la vida: siendo puntual y quedando en un lugar muy específico porque si no el tren va a zarpar sin ti.

Al volver a España pensaba que me sería imposible seguir con el hábito de salir sin el móvil. Demasiadas personas a las que llamar y por las que ser llamado, demasiados planes, demasiado FOMO. Pero tenía que conseguirlo, sabía que podía, así que más con vergüenza que con miedo me dejé el teléfono en casa. ¿Qué pasó?

Pasa que cuando salgo puedo estar centrado al 100 % en lo que hago, puedo olvidarme de que existen millones de personas y de planes y de cosas geniales que buscar en Google porque lo verdaderamente importante está pasando a mi alrededor y dentro me mí. Pasa que siento realmente que desconecto, es decir, que conecto, que cuando camino, camino de verdad, que cuando estoy en una cena no tengo que ir al baño y tardar más de la cuenta para ver quién me ha escrito. Pasa que cuando llego a casa puedo mirar tranquilamente las llamadas y mensajes. Pasa que me acerco un poquito más a la persona que quiero ser.

Ganar 12.000 dólares en un día

«Asume riesgos calculados. Eso es muy diferente a ser imprudente».
George Patton

Después de leer muchos libros sobre cómo entender el dinero y de juntarme con algunos emprendedores de éxito, hay un concepto que por fin he entendido: En las finanzas, como en la vida en general, para ganar tienes que arriesgar.

Hace unos años, al fallecer mi abuela, mi padre me dio una pequeña cantidad de dinero. Durante algunos años apenas hice nada salvo para dar pequeños mordisquitos que iban mermando la cuenta bancaria. Un buen día me leí el famoso libro Padre Rico Padre Pobre y aunque no lo entendí muy bien y lo interpreté peor, tuve la genial idea de invertir la mitad del dinero que me quedaba en acciones del Santander. Creo que no pasaron más de cinco segundos cuando las acciones dieron un bajón del 25 ó 30 % y yo vi cómo todo el dinero que había cuidado durante años, bajaba estrepitosamente.  Aún así el libro me había enseñado a pensar en el largo plazo y no desesperé, con lo que mantuve mi posición durante unos cuatro o cinco años.

Esperé y esperé y las acciones no subían, y un buen día aparecieron en mi vida las dichosas palabras que hoy inundan nuestros hogares. Bitcoin, Criptomonedas, Blockchain y todas esas cosas que casi nadie entiende. Empecé a fijarme en las gráficas y a entender las velas japonesas, a leer artículos, a preguntar y a escuchar a gente que sabe más que yo del tema y en definitiva a comprender poco a poco lo que antes era incomprensible.

Después de los libros leídos ya tenía más que claro que si no quieres pasarte la vida trabajando es imprescindible invertir una pequeña parte de tus ahorros, pero mis ahorros, o mejor dicho, el dinero que mi padre me había dado, estaban ya invertidos en algo que sólo daba pérdidas y quebraderos de cabeza.

¿Cómo iba a vender mis acciones perdiendo así un 30 % de su valor? Muy sencillo, entendiendo lo que Ángel Alegre llama la falacia del costo hundido: Un costo hundido es un gasto que tuvo lugar en el pasado y que ya no se puede recuperar.

Para ganar hay que estar dispuesto a perder. Sé que es una frase hecha dicha antes miles de veces, sí, te entiendo… pero no por ello deja de tener razón.

Con fuertes latidos en mi pecho y con una tensión creciente, vendí todas las acciones y acto seguido compré algunas criptomonedas. Un par de meses después y algunos sustos de por medio, había convertido una cantidad de dinero en otra tres veces mayor. Voy a contarte qué paso después: Un buen día lo jugué todo a una carta, me salió bien la jugada, vendí todo y gané 12.000 dólares en un día.

En poco tiempo ya no veía el dinero con los mismos ojos que llevaba viéndolo toda la vida, en cierta forma, el dinero había perdido su poder sobre mí, ya no me controlaba. Tu primera transferencia de 5.000 € te paraliza y te deja sin dormir durante dos días. Tu tercera transferencia la ves como lo que es: un intercambio de valor por valor.

Mientras veía cómo subían los números en verde pensaba que estaba asistiendo a una de las mayores locuras de la historia reciente, pero esa es otra historia. No es el propósito de estas líneas hablarte de las bondades de las criptomonedas ni debatir sobre si son el futuro, una sucia especulación o la mayor burbuja de la historia que quizá deje llorando a millones de personas porque es posible pierdan su dinero en el futuro próximo.

Lo que quiero transmitir aquí es lo que aprendí mirando en mi interior y escuchando mis pensamientos, lo que aprendí jugando con el dinero y dejando el temor a un lado una vez más. Quiero transmitirte que para ganar primero tienes que querer, y que después de querer tienes que practicar, y que después de practicar tienes que arriesgar, y que arriesgar no significa necesariamente ser imprudente o estar loco.

Yo no tengo ni la más remota idea de inversiones, lo que sí sé ahora es que si estás en el momento adecuado, con la disposición correcta y con el valor necesario, tendrás la posibilidad, al menos la posibilidad, de ver cómo eso de ganar mucho dinero o hacer que el dinero trabaje para ti, no es sólo cosa de otros. Ahora estoy bastante seguro de que la inmensa mayoría de las personas que tienen mucho dinero no es que sean más inteligentes, sólo es que le han perdido el miedo.

Espero que no creas que estoy diciendo que invertir en criptomonedas es la bomba y que tienes que sacar todo tu dinero y meterlo ciegamente en cualquier cosa que lleve la palabra CRIPTO en su nombre, lo cuál hará además que pienses que simplemente soy un tonto con suerte.

De lo que hablo una vez más es de miedos, de identificarlos, y de tomar acción. Hay personas que compran un local en su barrio con sus ahorros y con los años se revaloriza, también están las personas que invierten religiosamente un cinco o diez por ciento de su salario en fondos índice, o los que compran algunas acciones de su empresa favorita y cada año reinvierten los dividendos (si los hay) en comprar más acciones. Por último, aunque de diferente talante pero parecido en esencia, están las personas que se atreven a contratar a un trabajador para hacer crecer su pequeño negocio, o las personas que no se aferran a un trabajo y se atreven a saltar de empresa en empresa buscando su plenitud y no la del empresario.

Entender de una vez por todas que el ejercicio es parte imprescindible de vivir

Quienes piensan que no tienen tiempo para hacer ejercicio,
tarde o temprano tendrán que hallar tiempo para enfermarse”.
Edward Stanley

Creo que el 2017 es el año de mi vida en el que he apostado más por mi cuerpo y mi mente. Los primeros seis meses del año hice la serie de ejercicios tan famosa en Estados Unidos Focus t25. Cuando me aburrí del T25, empecé a hacer ejercicios por mi cuenta basándome en lo que había aprendido. Tiempo después empecé a ir a clases de yoga (o hacerlo en casa) entre dos y tres veces por semana. Después, descubrí los HIT de Fitness Revolucionario. También adopté finalmente el hábito de meditar todos los días gracias a una aplicación excepcional llamada HeadSpace.

Por primera vez en mi vida he intentado explorar mis límites (no digo que los haya encontrado, pero al menos me he puesto el traje de explorador) y asentar buenos hábitos diarios en mi vida. Son tantas las veces que he encontrado una paz infinita después de hacer yoga, meditación o ejercicio, que estoy seguro que uno de los caminos hacia la realización personal pasa por sus prácticas.

Creo que la clave de los hábitos es comprender si lo que haces, lo haces como un fin en sí mismo, o si lo haces como un medio para conseguir algo. En mi opinión es erroneo ver el ejercicio como un medio con el único fin de ponerse en forma o estar más guapo. Hacer ejercicio es un fin en sí mismo, es un privilegio, es la expresión viva de que tu cuerpo está sano y de que te puedes mover y de que te sientes bien. Si ves el hacer ejercicio como un medio, pensarás que has fracasado si no consigues tener el cuerpo deseado. Y eso es muy triste. Para mí la clave no está en escribir un artículo titulado «Mi cuerpo perfecto en sólo tres semanas», sino en escribir uno que se titule «Mi cuerpo trabajado en me importa una mierda cuántas semanas».

Cada vez que venzo a mi pereza y hago ejercicio, ya lo he conseguido, lo he logrado, ya puedo anotarme un punto más en mi vida, ya merezco una galletita. La vida como sabes no es llegar a un punto, ¡es qué coño haces mientras intentas llegar!

***

Estas son algunas de las cosas que he aprendido y que he hecho en el 2017 y que tan sólo unos años atrás creía absolutamente imposibles… Estoy contento, espero que 2018 traiga muchos más aprendizajes.

Tengo tantas cosas que mejorar que a veces pienso que me resultaría imposible sentirme aburrido.

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