Hace unas semanas estaba en la casa de un amigo. Un gran amigo al que siempre menciono aquí pero hoy no lo voy a hacer.
Sus padres, hace años, adoptaron a una niña senegalesa con parálisis cerebral.
Me contaban (porque les pregunté, claro), que cuando la vieron por primera vez en aquel orfanato que en mi imaginación se proyectaba como un lugar horrible y lúgubre, ella, la niña, se arrastraba por el suelo entre heces y meados, propios y ajenos. Parece como si aquellos niños estuvieran ahí esperando a morir o esperando a ser rescatados. No había término medio.
Pasaron los días y una tarde bajé al sótano donde el padre estaba jugando con la niña dentro de un minicastillo hinchable que le habían comprado. Los dos estaban riéndose a carcajadas sin parar y él se lanzaba sobre ella simulando ser un luchador de pressing catch.
Yo mientras tanto les miraba como quien mira un milagro.
Con la paciencia y la sabiduría de James Clear, (el autor de Hábitos Atómicos), entre otras cosas madre y padre estaban enseñando a andar a la niña, que cada vez era menos niña.
Si todo va bien, —decían—, dentro de poco no necesitará la silla de ruedas para estar por casa, eso le dará un montón de independencia.
Entonces les pregunté: ¿cómo podéis hacer todo esto, todos los días?
¿Y entonces?
Esa fue la única respuesta del padre.
Cada vez admiro más a las personas que no necesitan dar absolutamente ninguna explicación y que no esperan aprobación alguna. Debe dar una sensación de libertad mental que aún no conozco.
El caso es que su silencio pareció decir: ¿para qué la hemos adoptado si no? ¿Para qué nos hemos embarcado en esta aventura si no es para darle la mejor vida posible a esta niña? ¿Qué otra opción tenemos que no sea la de llevarla a su máximo potencial como ser humano, siempre y cuando esté en nuestras manos?
Te cuento todo esto porque aunque yo no tengo una niña senegalesa adoptada sí que recientemente he adoptado a Pedrita, la chucha peluda. Y cada vez que me planteo no sacarla, o sacarla poco, o no correr tras ella y verla disfrutar como siempre como si para ella fuera el último segundo de su vida; me pregunto, ¿y entonces?
Y sobre todo te cuento esto porque cuando por las mañanas me siento vago, perezoso, tomando mala decisión tras mala decisión; porque cuando siento que no doy lo mejor de mí ni de cerca; porque cuando me doy cuenta que actúo desde mi yo pequeño y cabreado; porque cuando percibo que el miedo imaginario me hace no avanzar; porque cuando veo que por voluntad propia no me llevo hacia mi máximo potencial y no hago siquiera lo que está en mis manos, me pregunto…
¿Y entonces?