Cómo es eso de vivir en el campo

La vida es tan bonita que parece de verdad.

Esta es la historia de cuando vivimos en el campo,
lee estas palabras y el campo regresará a ti.

En octubre de 2018 quedé con Gemma para pasear por el precioso bosque de El Pardo. Nos conocimos el día anterior en la primera clase que yo daba como profesor de Yoga. Te confieso que siempre he pensado con ilusión que Gemma vino a aquella clase más para conocerme que para la clase.

Después de dos horas caminando entre árboles le dije, ¿sabes Gemma? uno de mis sueños es vivir en el campo.

¿En serio? también es mi sueño.

Todo fue muy sencillo desde el principio. Fue así como unos meses después alquilábamos una casita en mitad del campo a unos kilómetros de Arenas de San Pedro, un pueblecito de Ávila entre montañas en la bellísima Sierra de Gredos.

Por trescientos veinticinco euros al mes teníamos una casita chiquitina de treinta y cinco metros y una parcela de mil donde había veinte árboles que nos daban higos, manzanas, avellanas, melocotones, kiwis, cerezas, castañas y nueces.

Por ese precio venía incluida la posibilidad de plantar vayas de frambuesas y moras, una planta de romero, tres de lavanda, una de orégano, dos de albahaca, una de té, otra de incienso, dos de hierba Luisa, una de menta, una de espliego, una de geranios, cuatro variedades de tomates, una de fresas, dos plantas de pimientos, dos de berenjenas, una de sandías ralladas y otra de sandías verdes, cinco lechugas, dos de melones, cinco de patatas y una de pepinos.

También mi casera nos dio la opción de tener el aire más puro de España y la visita de innumerables gatos que venían a restregarse, los perros del pastor, rebaños de ovejas y de cabras que se apretujaban contra la valla para rascarse, el pastor de los perros de ochenta y cinco años con un sombrero común pero una mirada que no he visto en otro lado, dos milanos que sobrevolaban cada día nuestras cabezas persiguiendo nuestras curiosas miradas, bandadas de cientos de cigüeñas dispersas por el cielo, aves volando en perfecta formación de V en su peregrinación anual a tierras lejanas, halcones que planeaban tan alto que casi se perdían en el océano azul del cielo, buitres gigantes, el toc toc toc de un pájaro carpintero con TOC repiqueteando nuestro querido árbol donde una vez Duna se subió y lloraba desconsoladamente porque no sabía bajar, incontables estrellas fugaces que pintaban con tinta china el cielo cada noche las cuales siempre están ahí aunque seas tú quien no estés ahí para mirarlas, infinitas estrellas que aparecen por arte de magia cuando prestas atención a una zona oscura del cielo haciendo la noche cada vez más y más de día, grillos y cigarras a todas horas frotando sus alas y patitas con el fervor de un vecino cabrón y su taladradora, pájaros de casi todos los colores (no todos porque, bueno, aunque yo sea muy romántico estábamos en Ávila y no en Salento), arañas grandes con pachorra y arañitas pequeñas que acojonan, mosquitos grandes majetes que parecían mosquitos pero no y mosquitos pequeñitos que te devoraban cuando no mirabas.

Como la casa era pequeña pero la cocina grande, los vecinos nos trajeron mermeladas recién hechas, huevos recién puestos, tartas recién amadas, leches de cabras recién ordeñadas, nata recién batida que se convertía por arte de magia en mantequilla, panes recién horneados y botes de conservas de tomates y pimientos.

De nuestra cosecha, además de muchas verduras y hortalizas salieron muchas noches charlando a la luz de las velas en la mitad de la explanada que regábamos primero para sacarle los colores y el olor a la hierba, comidas a la sombra, entrenamientos con los pies descalzos sobre la pradera húmeda al amanecer, tardes tumbados mirando el cielo o leyendo libros, horas y horas de Asthanga y saludos al sol, meditaciones a las seis de la mañana, saltos de comba, pinos con las manos, carreras sin meta sólo por el amor a correr…

El compost

El primer día que llegamos hicimos un agujero de medio metro en el suelo para tirar los desperdicios orgánicos. Seis meses después lo tapé cuando estaba casi a rebosar. En las ciudades estamos tan desconectados de nuestros propios desperdicios que olvidamos que la naturaleza tiene una función de reciclaje muy desarrollada.

Al contemplar de cerca el ciclo de la basura empezamos de manera natural a consumir menos productos envasados. Un sencillo gesto como tirar las mondas de patatas a un agujero en la tierra y ver cómo desaparecen al cabo de unos días, me enseñó más que cien horas de escuela.

El trabajo

Quizás uno de los mayores aprendizajes de vivir en el campo ha sido el del trabajo en el ordenador. Cada vez que levanto la vista de la pantalla y veo las montañas, el cielo azul, la lluvia o la hierba, las ovejas o el pastor, me doy cuenta de que el ordenador es una especie de irrealidad, y que la verdad de la vida está ahí fuera, parece como si en la ciudad hiciéramos lo posible para alejarnos de la vida.

Aunque te parezca un poco comehierbas lo que voy a decir, el canto de los pájaros o el zarandeo de los árboles me devuelve una y otra vez a la presencia, al ser. Un recordatorio puntual que me azuza a darme prisa en ganar dinero con el ordenador, cerrarlo y dedicarme de pleno a la búsqueda de la verdad que son las manos, que es mi respiración, que es la tierra, que es el huerto, que es el caminar entre árboles, que es hacer el amor o que es charlar con los vecinos.

En el camino espiritual, a la realidad que vemos con los ojos se le llama Maya, es decir, ilusión. Como si todo lo que captaran nuestros sentidos fuera una mera ilusión, una irrealidad, y que la verdadera realidad estuviera más allá de la mente, más allá de los sentidos que perciben el exterior.

En el campo he llegado a la conclusión de que si lo que ven nuestros sentidos es irreal, lo que aparece en nuestras pantallas es doblemente irreal, nos aleja aún más de la verdad.

El sol

Desde hace años tenía la costumbre de intentar tomar todos los días el sol así fueran cinco minutos. Aunque estuviera en un piso en mitad de Madrid, me las ingeniaba para ir a la plaza de Santa Ana y, mientras Lorca soltaba la paloma, yo me bañaba de energía amarilla.

Al vivir en el campo percibes el sol de una manera diferente pues empiezas a conocerlo mucho más. Sabes con la certeza y precisión de una abuela andaluza a qué hora te pica, a qué hora le puedes mirar a los ojos, a qué hora es naranja, a qué hora despierta y a qué hora se acuesta.

Disfrutar del sol decenas de veces al día se ha convertido en algo tan natural y placentero que es por sí sólo un motivo para vivir en el campo.

Leer un libro cinco minutos al sol, hacer la digestión cinco minutos al sol, hacer pesas cinco minutos al sol, parar de trabajar y bañarte cinco minutos al sol, recargarte cinco minutos al sol, para de tomar el sol cinco minutos porque es demasiado sol para poder volver a tomar cinco minutos el sol.

Al tenerlo tan a mano descubrí más y más su poder energizante, descubrí la necesidad que tenemos de él, me conecté más emocionalmente a él, más físicamente, más energeticamente.

Entrenamiento

La naturaleza te conecta irremediablemente con tu cuerpo. Hace años aprendí que no necesitamos un gimnasio para estar en forma. En el campo, una esterilla, un par de pesas, una comba, una pared y una pradera han sido suficientes para darme una de las mejores formas físicas que he tenido. El campo me invita constantemente a salir descalzo y entrenar en él, incluso varias veces al día.

La llamada a entrenar aquí es tan efectiva como sencilla: A veces es abrir la puerta y sentir la necesidad de practicar cualquier deporte por el placer de respirar y de sudar.

La comida

La comida en los pueblos es deliciosa y sana.

Como una vez me dijo un amigo en Armenia, «aquí no existe la comida ecológica, todo es ecológico». Casi a diario alguien te invita a comer algo de su propio huerto en cualquier época del año y aunque en las ciudades yo me esmero por comer lo mejor que mis ingresos me permiten, no es comparable con lo que he comido aquí.

Al estar en contacto con los ciclos naturales de la comida empezamos a ser más conscientes de lo que comprábamos y de dónde venía. En diciembre no hay fresas, en mayo no hay sandías, en enero no hay higos, las gallinas no ponen huevos todo el año y necesitan descansar.

¿Por qué comer algo que viene del otro lado del mundo si en España tenemos tanta abundancia y es mucho más sano y beneficioso para todos? ¿Por qué comer naranjas recién hechas en un invernadero cuando puedes comer fresas cultivadas a 50 km de tu casa?

Te recomiendo que descargues la aplicación «Lista de temporada» para saber qué comer en cada época del año.

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Estar contigo

El campo te invita, cada vez más y más, a estar contigo. Lecturas, caminatas, crear, construir, trabajar la tierra, ejercicio, pensar, meditar. Estar en el campo ha puesto a prueba mis hábitos y me he recordado doblemente la importancia de estar en paz conmigo mismo.

El huerto

Una de las cosas más sorprendentes de la naturaleza es su inmensa capacidad de dar vida, de multiplicarla. Por menos de cinco euros compré hace meses las plantas necesarias para comer y regalar durante meses deliciosas verduras y hortalizas. Por muy poco trabajo semanal puedes vivir de cultivar tus propios alimentos. ¿Ocho horas diarias? No. Con diez minutos al día quitando hierbas y regando, puedes ser autosuficiente en lo que a la comida se refiere.

Observar

Duna, la gatita de Gemma, se puso de parto. Según iban saliendo los gatitos yo me moría de ganas de cogerlos todos y achucharlos, pero justo antes de tocar a uno Gemma me dijo algo que, de entenderlo, tenía el potencial de cambiar mi manera de actuar en el mundo: Prueba a observarlos, sólo obsérvalos y mira qué pasa.

Desde entonces traté de observar a los gatitos, a Duna y a todos los demás animales sin interferir en sus vidas, sin tratar de tocarlos. No ir a ellos sino sólo observarlos, esperar a que ellos, si querían, se acercasen a mí.

El campo es como el dinero

El campo se parece al dinero en que es un potenciador. Si eres feliz en tu vida, en el campo es posible que lo seas mucho más pues la belleza y los pequeños placeres están en todas partes. Si en cambio estás triste y te sientes solo, es muy posible que en el campo te sientas mucho más solo.

Animales

Lota, la perra mitad galgo mitad chucho de mi tía, tiene la costumbre de abrir la verja de su parcela, recorrer sola los cuatrocientos metros que la separan de mi casa o de casa de mi madre, llamar a la puerta, saludarnos efusivamente, entrar en la cocina, comerse todo lo que hay, ir al sofá, tumbarse cómodamente y luego quedarse mirándonos con sus ojillos negros, a ver qué hacemos.

Mi madre tiene cuatro perras, un gato y algunas ranas. Lulú, Lola, Petra, Cala y el minino, un gordo peludo bonachón y algo desconfiado. Cuando mi madre se va de paseo siempre dice en alto; ¿Chicas, quién se viene?. ¿Minino, te vienes de paseo? Las chuchillas siempre se apuntan, pero el minino siempre se lo piensa unos minutos, se restriega por las piernas y luego decide tranquilamente si ir o en cambio quedarse tumbado encima de algo blandito. No es difícil ver a mi madre caminar seguida de cinco animalillos felices que corretean por todas partes saltando zanjas, ladrando a lo que se mueve y a lo que no y haciendo más llevadero el paseo.

El minino, cuando era bebé empezó a mamar de Lulú, el caniche. Nadie sabe por qué, pero para el minino Lulú es su madre. No seremos nosotros quienes le digamos que él es un gato y Lulú un perrete.


«Fui a los bosques porque quería vivir a consciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida, dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido». Henry David Thoreau


Vivir en el campo me ha dado y enseñado mucho más, pero en vez de contarte todo lo que he aprendido y todo lo que el campo me ha dado, pues eso me llevaría algunas decenas de páginas, voy a terminar contándote qué es lo que el campo me ha quitado, pues creo que es incluso más importante.

Vivir en el campo me ha quitado un miedo muy grande, quizás uno de los miedos más grandes que tenemos en la sociedad actual, le llamaremos, si te parece bien, el miedo del ciudadano común.

En el campo me he quitado el miedo a ser menos que los demás y el miedo a no llegar a fin de mes, a pensar que necesito mucho dinero para llevar la vida que quiero.

Por un lado en el campo nadie te juzga. En el campo eres tú, la naturaleza y tu capacidad de adaptarte a ella, nada más, sin intermediarios.
Por el otro, por muy poco dinero al mes puedes vivir una vida tranquila, apacible y sin prisas.

Si a esta combinación le añades el amor, ya no te hace falta absolutamente nada más.

Despedida, por ahora

Hoy, 30 de septiembre de 2019, me despido del campo tras seis meses de aprendizaje, inmensa paz y tranquilidad.

Ahora sé de primera mano que no tengo que correr tanto, que no tengo que luchar tanto con la vida, pues siempre que lo desee el campo estará esperándome pacientemente a que vuelva a su encuentro.

¿Sabes? Cuando descubrí el Yoga y la meditación supe que ser feliz era posible. Ahora con el descubrimiento de vivir en la naturaleza, se ha terminado de cerrar el círculo.

Gracias Gemma por hacer que todo esto sucediera.

Y a ti, gracias por leerme.


«Tenemos tanta prisa por hacer, por escribir, por acumular posesiones, por hacer audible nuestra voz un instante en el silencio burlón de la eternidad, que olvidamos aquello de lo que estas cosas no son sino partes, a saber: vivir. Nos enamoramos, bebemos mucho, corremos de un lado para otro sobre la tierra como ovejas asustadas. Y ahora uno debe preguntarse, cuando todo está hecho, si no habría estado mejor sentado al amor de la lumbre en su casa y siendo feliz pensando».
William Hazlitt y Robert L. Stevenson


vivir en el campo

Comments

  1. Patricia - 30 septiembre, 2019 @ 10:20 am

    preciosoooo!!!!

    • Antevez - 30 septiembre, 2019 @ 1:51 pm

      ¡Graciaaaaaaaaaaaaas!

  2. Jose Carlos Casamitjana Vidal - 30 septiembre, 2019 @ 12:02 pm

    Caramba, Antonio! Qué lectura más agradable nos das! Gracias, te sigo leyendo y lo hago desde hace tiempo y he aquí mi primer comentario que no aporta mucho pero igual vale.
    Gracias de nuevo.

    • Antevez - 30 septiembre, 2019 @ 1:51 pm

      Muchísimas gracias por tu grandísimo comentario Jose Carlos, me anima MUCHO a seguir escribiendo. Un abrazo,

  3. Caro Chan - 30 septiembre, 2019 @ 1:22 pm

    Tio, no es posible! Porqué te me adelantas a todo!?? Jajaja

    Tengo unas ganas locas de irme a vivir al campo, y tener todo eso que cuentas.

    Me apetece vivir más en comunión con la naturaleza, vivir despacio, bañarme en sol y hacer compotas para todo un año.

    Yo se lo encargo al universo, que el sabe cuándo es el mejor momento para lanzarse a la aventura.

    Un besazo y gracias por compartir *.*

    • Antevez - 30 septiembre, 2019 @ 1:54 pm

      ¡Qué bonito Caro! seguro el universo te lo trae pronto 🙂

      Un abrazo grande,

  4. Gemma - 30 septiembre, 2019 @ 9:33 pm

    A ti Antonio. Me ha encantado recordar todos esos momentos y sensaciones :*

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