El otro día un amigo me dijo que Marcos Vázquez estaba leyendo 12 libros al mismo tiempo.
Los tenía todos abiertos encima de una mesa e iba pillando un rato uno, un rato otro.
Así, decía, su mente funcionaba mejor. Absorbía mejor. Aprendía mejor.
Cuando lo escuché, algo bestia ocurrió en mi cabeza.
Pensé: Joder. ¿No es malo hacer eso? ¿Tiene algún sentido hacer eso? ¿Se puede hacer eso?
Durante toda mi vida (hasta ese momento) me había sentido culpable cuando cogía otro libro sin acabar el que tenía entre manos.
Como si eso fuera pecado.
Como si fuera a venir Teresa, la profesora de lengua del colegio, a darme una patada en los.
Como si el mero hecho de pensar en hacerlo fuera una deshonra para mí y para mi productividad.
Entonces, por eso, no lo hacía.
Entonces, por eso, a veces me pasaba semanas (o meses) con un libro ahí esperándome en la mesilla.
Hasta que escuché que Marcos sí lo hacía.
Punto.
Al escucharlo, al entrar en contacto con esa información por primera vez, AL SABER QUE ERA POSIBLE… empecé a hacerlo yo también.
Es ridículo, lo sé, pero si te fijas bien casi todo en la vida funciona así.
Parece como que hay veces que otras personas nos tienen que dar permiso para hacer lo que ya sabíamos que podíamos hacer.
Cosas sencillas, sí.
Cosas cotidianas, sí.
Cosas lógicas, sí.
Pero que no las hacíamos.
Si te digo que en las últimas semanas he leído más que en los dos últimos años juntos, creo que no te miento demasiado.
Hay días incluso que me he marcado un Warren Buffet (dicen que Warren lee del orden de las 6 horas diarias).
Ahora veo mis «30 minutos obligatorios de lectura» como un insulto a mis capacidades.
Es raro.
No sé ni explicar por qué ocurre pero a mí me ocurre, y es que ahora leer para mí es como ser adolescente y ver tetas por internet, que no tengo fin.
Es como si, llámame loco, a mi cerebro le encantara aprender cosas diversas, un poquito aquí y un poquito allá, y no sólo una de principio a fin hasta que la termine y si no la termino es que soy un criminal.
Y lo mejor de todo es que estoy terminando todos los libros. Uno. Tras otro. Tras otro.
No sé si eres consciente de las consecuencias de aprender de esta manera, pero la reflexión bestia de hoy es la siguiente:
A veces, sólo con ver cómo actúa otra persona es suficiente para actuar nosotros así.
A veces, un segundo de información, de información correcta, de información potente, es suficiente para cambiar toda nuestra vida.
Y que por eso, exactamente por eso, lo más sabio que puede hacer una persona por su vida es leer libros de gente potente, tener amigos potentes, e ir a eventos de personas potentes.
Da igual que sus libros, sus mentorías, sus conferencias, sus retiros o sus lo que sea tengan precios elevados, porque a veces, un segundo, un sólo segundo en contacto con ellos, un sólo gramo de su información, revolucionará toda nuestra existencia.
En fin.
Para las personas que piensan que esto no sólo es posible y deseable sino lógico y alcanzable, he escrito algo.
Algo muy potente.
Algo de valor muy elevado y de *precio muy bajo.
100 €.
Entrega: 24-48 horas (en España).
Tiempo de lectura: 4 días sin ser Warren Buffet.
Resultados esperados: Salvajes.
Tiempo para obtener resultados: Entre unos minutos y 100 vidas.
PD: * Qué pelotas posdata, te voy a escribir otro email.
Si acabas de leer eso de «precio muy bajo» por mi manual de 100 € y una sonrisilla ha acechado tu boca, o un «qué hijo de fruta» ha acechado tu mente, te animo a algo:
Sal más de tu burbuja.
Sal más de tu círculo de amistades.
Sal más de tu entorno de trabajo con las mismas personas.
Quizás no lo sabes pero estás viendo una realidad muy, muy, muy pequeña, y una realidad muy, muy, muy poco beneficiosa para ti.
Algo curioso que estoy descubriendo en 2023 a causa de leer como un animal libros de todo tipo y de todos los precios (precios que borrarían sonrisillas de forma instantánea), y de conocer personas de todas las tallas, es que la información realmente potente y valiosa y única casi siempre va a tener un precio disonante.
Un precio de contraste.
Un precio altamente tocacojones para la mayoría de los mortales.
Un precio que te haga mirarlo de frente y tener miedo.
Un precio que te haga esforzarte.
Un precio que te haga salir de tu z.. (por favor abofetéame si pronuncio esas palabras).
Un precio que te haga pensar ¿es eso legal? ¿Moral? ¿Real?
¿Que por qué? —preguntas—.
Esa, amigo virtual, no es la pregunta adecuada.