Carta a los Reyes Magos

En el fondo del hombre habitan poderes adormecidos; poderes que lo asombrarían, poderes que jamás soñó con poseer; fuerzas que revolucionarían su vida si se despertaran y se pusieran en acción.
Orison Swett Marden

Me vas a perdonar que aún no me sienta preparado para contarte lo que aprendí en La India, aunque de todas formas creo que, si te lo contara, tú aún no estarías preparado o preparada para creerme. Y no porque no quieras o porque no sepas ya muchas cosas o porque no tengas una gran sabiduría, sino porque creo que, si eres como la mayoría de las personas que conozco, hace tiempo perdiste la gran curiosidad que tienen los niños y su gran capacidad de aprender aquello que es manifiestamente diferente a lo que conocen y dan por hecho.

En vez de contarte lo que aprendí, ya que estamos en vísperas de Navidad me gustaría contarte un cuento, una pequeña historia que, como casi siempre ocurre con las historias, poco o nada tiene que ver con la realidad.

Es un cuento para niños pues yo aún soy un poco niño.

¿Me acompañas?

Hace muchos muchos años, en una tierra muy lejana

Hace muchos, muchos años, había una tierra muy lejana donde muchos de sus habitantes tenían una costumbre peculiar; se quedaban sentados con los ojos cerrados e inmóviles durante horas, ¡a veces incluso días! Cuenta la leyenda que lo hacían porque, al quedarse muy quietos y muy en silencio, aparecían ante sus ojos bonitas experiencias que antes, por el ruido, no eran capaces de ver, y aparecían en sus cuerpos poderes que antes, no eran capaces de imaginar.

Cuando abrían los ojos y trataban de contarle a los demás lo que habían visto, se encontraban con que estos no les creían pero, afortunadamente, cuanto más cerraban los ojos y más tiempo pasaban en silencio, menos necesitaban contarlo, así, evitaban discusiones con los demás y ellos mantenían su pequeño secreto.

¿Cerrar los ojos y estar en silencio?, ¡para qué!, ¡ya dormiré cuando me acueste! —decían los demás habitantes de esa tierra tan lejana—.

Esos practicantes siguieron con sus costumbres durante miles de años, investigando cada vez más en el silencio y penetrando cada vez más en los misterios de la oscuridad. Los padres enseñaban a sus hijos lo que descubrían, y los hijos seguían descubriendo a partir de lo que sus padres les enseñaban, y así, cuanto más pasaban los años, más aprendían todos de esa costumbre tan peculiar.

Descubrieron tantas cosas y tan bonitas los de aquel lugar… ¡hasta cosas que te parecerían mágicas!

Un buen día, en esa tierra tan lejana nació un niño y, como en todos los lugares, allí también se pusieron todos muy contentos con el nacimiento. Era un niño muy especial, tan especial como todos los demás niños que nacían cada día en cada casa de cada tierra de este mundo.

A él no le enseñaron la tradición milenaria de estar en silencio y cerrar los ojos desde pequeño como a muchos otros, aunque él un día se quedó observando a uno que sí lo hacía y como era muy curioso quiso probar por su cuenta.

Descubrió que le gustaba, que se sentía muy bien estando con los ojos cerrados, inmóvil y en silencio. Un día, incluso, se quedó tan absorto ahí sentadito que cuando abrió los ojos se enteró de que habían pasado horas, parecía que, como les pasa a muchos otros niños, tenía una facilidad natural para hacer lo que a los mayores les costaba más esfuerzo.

Era un niño como todos los demás, por lo que siempre estaba jugando, curioseando y haciendo trastadas. Años más tarde, cuando fue joven, fue joven como todos los demás, se enamoró, conoció a chicas e incluso se casó y tuvo un hijo.

Pasaron los años y el joven sentía una cierta insatisfacción, no entendía por qué pero no sabía qué hacer con su vida como también le ocurría a tantas otras personas, entonces, un día recordó que de pequeño le gustaba mucho estar en silencio, sentarse y quedarse quieto, así que se puso a practicar aquella vieja costumbre de aquella antigua y lejana tierra para ver si en esa oscuridad y en ese silencio encontraba las respuestas a su insatisfacción.

Si me quedo muy quieto, muy dentro de este silencio, muy dentro de esta oscuridad… quizás mi insatisfacción no me encuentre, —pensó el protagonista de nuestra historia—.

Como era un joven muy despierto y le gustaba tanto y se aplicaba con tanta pasión, pronto empezó a descubrir más y más hasta los secretos más escondidos que sólo unos pocos conocían y que sólo algunos olvidados libros mencionaban.

Siguió y siguió practicando hasta que un buen día decidió que quería unirse a un gran grupo de viajeros para aprender aún más de ellos. Practicaban y viajaban, practicaban y viajaban. Aquel curioso grupo se parecía a esos músicos que viajan con sus instrumentos que viajan y tocan su música, siempre buscando un nuevo destino, siempre encontrando un lugar donde hacer sonar su más bella canción.

En una ocasión, después de años viajando y aprendiendo, cuando el niño de nuestra historia ya no era un niño y contaba con treinta y cinco años, se sentó bajo un gran árbol, ¡una vieja higuera de deliciosos frutos!, a practicar todo lo que sabía.

¡De aquí no me muevo hasta que no descubra todo lo que hay en la oscuridad y en el silencio! —Sentenció con rotundidad—.

Este es un cuento para niños y los niños tenéis mucha imaginación, así que no os sorprenderá que os diga que ese joven ya no tan joven se pasó muchos días con sus muchas noches debajo de ese árbol en silencio y sin moverse. Ni comió, ni bebió, ni fue al baño, sólo miraba en su interior, muy quieto, en la calma oscuridad que surge tras unos ojos cerrados.

Como los días pasaban y el joven no se movía, un montón de personas del lugar se arremolinaron en la distancia a observarle. ¿Qué estará haciendo ahí sentado tanto tiempo? ¿qué mirará cuando no mira a ninguna parte?

Cuando el joven por fin abrió los ojos y se sacudió las hojas que le habían caído encima, se desperezó y afirmó en voz alta:

He buscado en todos los rincones de la oscuridad y en todos los silencios.

He recorrido todos los caminos.

He profundizado en todas las profundidades.

He descubierto todos los trucos de magia.

He comprendido todo lo que parecía incomprensible.

Y por fin, habiendo buscado, he encontrado… Pero mi búsqueda me ha llevado lejos, muy lejos y, si cuento aquí, la belleza de lo que he encontrado, nadie me creerá con facilidad, así que tendré que enseñarles para que ellos mismos lo puedan ver con sus propios ojos… cerrados.

Nuestro joven se levantó, se dirigió decidido a sus amigos con los que viajó durante tantos años y empezó a contarles lo que había visto y cuáles eran los caminos para llegar hasta allí. A ellos les resultó fácil escuchar porque estaban acostumbrados a recorrer juntos hasta los lugares más insospechados, y con la boca abierta y asombrados no se perdían una sola de las palabras de la historia.

Escuchaban y practicaban, escuchaban y practicaban, descubriendo hasta los más recónditos senderos que su amigo había ya transitado. Todos estaban entusiasmados con lo que iban descubriendo, así que empezaron a contárselo a más y más personas.

Cada día se unían más curiosos y el grupo crecía y crecía sin parar, ¿puedo verlo yo también? ¿puedo caminar yo esos senderos? —preguntaban muchos—. ¡Claro!

Enormes masas iban de ciudad en ciudad enseñando y practicando. Caminaban sin cesar, enseñaban sin cesar, practicaban sin cesar.

Enseñaron tanto y a tantas personas que, con el pasar de los años, aquel lejano país se quedó pequeño y las enseñanzas siguieron creciendo más allá de sus fronteras, primero en los países vecinos y luego en los más lejanos. Aquella vieja y peculiar costumbre se había instaurado en los corazones de millones de seres humanos, se sentaban inmóviles, cerraban los ojos, y contemplaban. Todos querían descubrir con sus propios ojos lo que el niño de nuestra historia, que ahora era un adulto, había descubierto.

Cuanto más practicaban mejor se sentían, más caminos recorrían, más descubrían. Aprendían, enseñaban y practicaban, aprendían, enseñaban y practicaban.

Siguieron transcurriendo los años y las enseñanzas, y tantos años pasaron que, un día, cuando el niño de nuestra historia era ya viejo y estaba apunto de morir, les dijo a todos los allí presentes: Yo moriré, pero mis palabras seguirán. Que mis palabras sean vuestro maestro, que los caminos que hemos recorrido sean vuestro guía.

Los labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender. Hermes Trimegistro

En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores que éstas hará. Jesús de Nazaret

Como todas las grandes ideas de la historia, las ideas de aquel niño que luego fue joven, y luego viejo, y luego murió como nosotros moriremos, esas ideas no murieron con él pues las ideas no tenían dueño y, a su muerte, las ideas siguieron esparciéndose y germinando por los campos fértiles de incontables tierras y por los corazones de incontables seres humanos.

Fueron pasando los siglos y ahora eran millones las personas que se sumaban a la práctica de aquella vieja costumbre. En todos los países de alrededor encontrábamos enormes grupos de practicantes que se juntaban para aprender más y más lo que tantos años atrás otros antes que ellos habían descubierto y enseñado.

Era tan sencillo y tan beneficioso que, quien lo probaba, se convencía.

No se convertía, se convencía.

No hacía falta creer en nada, no hacía falta adorar a nadie, la búsqueda en su interior era su mayor creencia, la experimentación con su cuerpo y su mente su mayor maestro.

Se sentaban, cerraban los ojos, exploraban… y descubrían.

Los viajeros Reyes Magos

Como en todas las épocas, entonces también había viajeros que iban más allá de sus fronteras, unos viajeros particulares estos, ya que durante un largo tiempo se decía sobre ellos que parecían Reyes Magos.

Reyes porque llevaban enormes bolsas cargadas con grandes tesoros de conocimiento que traían de casa, tesoros que iban aumentando en cada uno de sus viajes, regalando todo ello sin pensárselo un segundo a cuantos mostraban interés.
Magos porque en sus lugares de origen habían aprendido a controlar su cuerpo y su mente como nunca nadie había visto por esos lugares.

Un buen día, en otra tierra muy lejos de donde todo aquello empezó, un gran grupo de esos viajeros se encontró a un joven curioso.

El joven les contó que nació en una noche estrellada en un pesebre junto a balas de paja, abrevaderos, gallinas, patos, un burro, una mula y un buey. También les contó que desde pequeño aprendió carpintería pues era lo que su padre le había enseñado y que deslizar la mano por la madera, crear y construir, le calmaba y le hacía sentir bien.

Los viajeros no tardaron en darse cuenta de que este muchacho era muy especial, tan especial como todos los muchachos que habitaban todas las tierras de todos los países de este mundo.

Como buenos amigos, dieron largos paseos donde se contaban todo lo que habían aprendido a lo largo de su vida.

Una tarde, viendo los magos viajeros que el joven estaba realmente interesado en sus tesoros, le dijeron: en nuestra tierra, muy lejos de aquí, tenemos una vieja costumbre, ¿te gustaría aprenderla? Es sencilla, pero se requiere tiempo, concentración y esfuerzo.

Nos sentamos, cerramos los ojos y exploramos nuestro interior.

Cuanto más lo haces más aprendes, y pronto verás lo que tus ojos hoy no ven, pronto escucharás lo que tus oídos hoy no escuchan, y pronto sentirás lo que tu piel hoy no siente. Tu cuerpo despertará. Tu mente saldrá de lo que parecían sus fronteras.

Aunque por desgracia no es algo que se pueda explicar, pues has de verlo con tus propios ojos.

Enseñadme, —Le dijo el joven despierto a los viajeros—.

La enseñanza

El joven comenzó a aprender con verdadera voluntad todo lo que los viajeros enseñaban y, a medida que iba adquiriendo conocimientos, al mismo tiempo los iba poniendo en práctica, día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año.

Tras unos días de práctica pudo ser testigo de sus propios pensamientos. Si yo puedo observar mis pensamientos, no soy mis pensamientos. ¿Entonces quién soy? —Pensó—.

Tras unas semanas de práctica fue capaz de mirar más allá de la oscuridad de sus ojos cerrados, a veces incluso se perdía en ella, a veces incluso sentía que desaparecía, como si no hubiera cuerpo, como si sólo hubiera mente.

Tras unos meses de práctica empezó a sentir toda la energía de su cuerpo circulando a toda velocidad y se dio cuenta de que su mente no estaba sólo en su cerebro sino que estaba en todo el cuerpo. «Si puedo sentir todas y cada una de las partes de mi cuerpo, hasta las más pequeñas de las más pequeñas, es que mi mente está en todas ellas, ¿o quizás mi cuerpo y mi mente son lo mismo?» —Observó—.

Tras unos meses más de práctica comenzó a canalizar su propia energía para orientarla hacia donde quería. Con el solo poder de su concentración podía traspasar corrientes de su energía a otras personas, incluso curándolas.

Tras un año de práctica empezó a percibir lo que estaba más allá de la frontera de su cuerpo y, si se concentraba lo suficiente, podía sentir los objetos, u otros seres, como parte de él, podía incluso manipular a su antojo la materia a su alrededor con el sólo poder de su concentración.

Los que no lo habían visto nunca lo llamaban milagros, los viajeros que lo habían visto desde pequeños, lo llamaban entrenamiento.

Aquel muchacho siguió aprendiendo con rapidez, subiendo uno tras otro los escalones de conocimiento, desvelando los secretos de su cuerpo, de su mente y del universo.

Pasaron los años, y trepó tanto y tan alto que se dio cuenta de que si al bajar tratara de explicar lo que había visto allá arriba, nadie le creería. Allí no, no es esa tierra donde nadie había llegado hasta allí, no en esa tierra donde eso no existía mas que en los cuentos de niños, no allí donde no tenían aquella vieja costumbre milenaria, no allí donde todo lo que se saliera de lo común era tildado inocentemente como un milagro o, peor, como una herejía.

Al fin y al cabo no es algo que pueda explicarse, pues has de verlo con tus propios ojos.

Entonces, ¿cómo contarlo para que ellos me comprendan?

«Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
«El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: «Vedlo aquí o allá», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros».
Jesús de Nazaret

Los mudras son gestos realizados con las manos para canalizar la energía.
Mudra en sánscrito quiere decir “sello” o “anillo para sellar”, y es usado por budistas e hinduistas desde hace miles de años.

El Rey Mago eres tú

Querido lector, querida lectora, ya sabes cuál es el resto de la historia hasta nuestros días.

Durante más de dos mil años, esa vieja tradición de la que hablo en el cuento, la meditación, practicada en La India y posiblemente otras muchas culturas durante miles de años, ha estado olvidada en Europa y otras partes del mundo, escondida.

Lee la ley número 3 de cómo tener una vida mejor.

La meditación no es lo que tú crees, o al menos no es sólo lo que tú crees. Y no pretendo sonar misterioso, sólo pretendo ir dejándote pistas, que me dejes ir regando tu plantita para que, si tú quieres, la permitas florecer.

En los últimos años, Occidente está experimentando un enorme crecimiento tanto en yoga, meditación, vegetarianismo, espiritualidad, búsqueda de la igualdad, cuidado del planeta, etc, debido al aumento del nivel de nuestras conciencias. ¿A qué crees que es debido este cambio, este avance? porque hay información valiosa que está llegando masivamente a todos los seres humanos.

Gracias primero a los libros con la invención de la imprenta, y ahora gracias a internet, personas de todas partes empiezan a tener acceso de manera gratuita al conocimiento, al verdadero conocimiento que te hace más libre y menos dependiente, al conocimiento de lo que es un ser humano y de sus inconmensurables posibilidades.

A veces es información confusa, pero al menos es una bofetada que te sacude durante unos segundos y te saca de tu sueño, al menos es un hilo del que empezar a tirar, un lugar donde empezar a descubrir.

Mi consejo es que sigas buscando, tirando del hilo. No creas nada, experimenta todo, si tú no lo experimentas no es tu verdad.

Estamos empezando a amarnos a nosotros mismos y como consecuencia amamos más a lo que nos rodea, pues no hay nada más peligroso que el creer que tú no eres especial, no hay nada más peligroso que pensar que el hijo de Dios es otro y no tú, no hay nada más peligroso que tener siempre la extraña sensación de que eres un actor secundario en esta gran película que es la vida.

Esa es la razón por la que tú estás leyendo estas palabras y la razón por la que yo las estoy escribiendo. Porque ambos queremos crecer, queremos saber la verdad de lo que somos, queremos ser más libres, queremos amar, pero amar de verdad.

Ahora ya lo sabes. En La India y otras culturas se medita desde hace miles de años, Buda meditaba, Jesús de Nazaret meditaba, Mahoma meditaba. Así llegaron a ver lo que vieron y a aprender lo que aprendieron. El qué paso después, esa es otra historia.

Gracias por leerme.

Jesucristo sabía que era Dios. Así que despierta y descubre quién eres realmente. En nuestra cultura, por supuesto, dirán que estás loco y que eres blasfemo, y te meterán en la cárcel o en un manicomio (que es más o menos lo mismo). Sin embargo, si te despiertas en la India y les dices a tus amigos y parientes: «Dios mío, acabo de descubrir que soy Dios», se reirán y dirán: «Oh, felicidades, por fin te has enterado». Alan Watts

Nunca debemos esperar a que la ciencia nos dé permiso para hacer lo que no es común; si lo hacemos, entonces estamos convirtiendo la ciencia en otra religión. Deberíamos ser lo suficientemente valientes para contemplar nuestras vidas, hacer lo que pensábamos que era imposible, y hacerlo repetidamente. Cuando hacemos eso, estamos en el camino hacia un nivel mayor de poder personal. Joe Dispenza

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