Nudismo Financiero, el podcast de Balio, con Sergi Benet como Host, me hace una entrevista para hablar de Ricos y Libres.
71.- Meditación como catapulta de riqueza – Antonio Herrero
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Transcripción de la entrevista
Bienvenidos al podcast de Balio, un lugar donde hacemos “nudismo financiero”, que consiste en desnudar un poco los números de los invitados con el fin de aprender de su experiencia gestionando su dinero.
Yo soy Sergi Benet y hoy traemos a Antonio Herrero, el creador de Ricos y Libres.
Gracias por venir y bienvenido al podcast, Antonio.
—Buenos días y muchas gracias. Es un absoluto honor estar aquí.
—El honor es nuestro también.
Antes de nada, Antonio, hacemos unas preguntas rápidas para ponerte en contexto.
Edad.
—37.
¿De dónde eres?
—De Madrid.
¿Estudios?
—Tengo un grado superior de diseño gráfico y un grado medio de algo parecido a diseño gráfico. Y dejé los estudios más formales, la ESO, a los 16 años. Luego, con una serie de vicisitudes, acabé haciendo ese grado medio y el superior, y más tarde un máster en una escuela privada de diseño gráfico.
¿Pareja en la actualidad?
—Sí.
¿Y a nivel de dinero, cómo os organizáis?
—No es una pareja en la que estemos teniendo eso muy en cuenta ahora mismo, porque llevamos muy poco tiempo. Ella vino de Ucrania hace un par de meses, entonces no estamos pensando todavía en estructuras financieras.
Lo que sí te puedo decir es que para mí, el dinero, cuando hablo de dinero, pareja y familia, trato —y digo trato, porque obviamente no soy experto— de que el dinero no sea un problema.
Es decir, si yo gano mil euros al mes, todo lo que gano es para mi pareja o mi familia. Si gano cien mil euros al mes, todo lo que gano es para mi pareja o mi familia y para mí.
Insisto en “trato”, porque eso requiere un nivel de conciencia muy elevado; no es tan fácil. Yo tengo mis miedos como todo el mundo, pero para mí ese es el camino: la unidad familiar compuesta por pareja y familia e, incluso, en el futuro, amigos muy cercanos, amigos-hermanos. Intentar algún día que el dinero sea algo completamente fluido entre las partes de ese núcleo.
¿Hijos?
—No, no.
¿Y ahora dónde estás viviendo?
—En un pueblo de Ávila que se llama Arenas de San Pedro, en la Sierra de Gredos.
¿Es de alquiler o en propiedad?
—En propiedad. Compré una casita a finales de 2020, con hipoteca. Me costó algo así como 53.000 euros.
Pagué al principio treinta y pico mil, y me queda por pagar prácticamente todo porque he empezado hace muy poco con la hipoteca. No estoy muy seguro, pero creo que pago unos 246 euros al mes.
¿Cómo te defines a ti mismo, Antonio?
—Me defino como alguien que intenta crecer, expandirse.
Te lo pregunto porque, leyendo sobre ti, me costó hacer una presentación “típica”. Normalmente es fácil: arquitecto en tal empresa, director de marketing en tal otra… En tu caso, habiendo leído bastante sobre ti, me cuesta definirte en dos frases.
Por eso te pregunto: ¿cómo te defines tú? ¿Quién es Antonio?
—Si te ha pasado eso, me alegro, porque significa que estoy haciendo bien mi trabajo.
Para mí, encasillarme es algo de lo que huyo constantemente, y eso tiene también connotaciones espirituales. Joe Dispenza, en el libro Breaking the Habit of Being Yourself (Deja de ser tú), dice más o menos que no pienses en el pasado, porque toda la energía que empleas en pensar en tu pasado —y al fin y al cabo, cuando te defines, hablas estrictamente de tu pasado— es energía que no empleas en crear tu presente y, por lo tanto, tu futuro.
Yo intento quitar constantemente todo lo que he hecho en mi vida. Suelo decir, por ejemplo, que en mi LinkedIn ahora mismo no pongo que hasta hace poco fui director de afiliación en El Confidencial, porque a nadie le importa.
Cuando entras en una web y ves algo así como “me has visto en…”, creo que es un error: es un intento de decirle a la persona “mira dónde he estado, por lo tanto soy importante”.
Yo creo más en: “mira mis acciones actuales y, a partir de ahí, quizá descubras por ti mismo si soy importante o no”.
Si entras en mi blog y lo que ves te llama la atención antes de ver quién soy o dónde he estado; si piensas “ostras, cómo habla este tío, cómo se desenvuelve, cómo vende, qué bonita su web, cómo me capta la atención”… entonces ahí estoy haciendo un buen trabajo. No tengo que venderte quién era: tú me estás comprando por quién soy ahora, en el presente.
Por eso no quiero definirme de ningún modo. Quiero que las personas, conociéndome, me vayan definiendo según su propio nivel de conciencia.
—Muy bien. Yo creo que nos hacemos una idea después de escucharte un ratito.
Yendo a tu web: lo primero que choca es el nombre, “Ricos y Libres”, que llama bastante la atención. ¿Nos puedes explicar por qué ese nombre y cómo está relacionado contigo?
—“Ricos y Libres”, la riqueza y la libertad, hablan de dos universos: el universo material, en el que todos estamos —este que captan nuestros sentidos, donde la gente se compra coches, casas, va a la universidad, tiene pareja…— y otro universo, que en esta época de la historia es poco conocido: el universo más allá de lo material.
Es el universo del que hablaba Max Planck, el padre de la física cuántica, y muchos otros. Ese universo que podríamos llamar espiritual, donde también se puede crecer con prácticas como la meditación, el yoga, el chi kung, el Falun Dafa…
Cuando comprendes bien ambos universos, el espiritual y el material, llegas a entender por ti mismo, sin que nadie te lo explique, que a eso es a lo máximo que puede aspirar un ser humano.
Un ser humano que solo crece materialmente nunca va a estar completo. A la vista está la cantidad de personas con dinero —más o menos— que no son felices. Lo material nunca puede aportarte felicidad por sí solo.
Por eso se llama “Ricos y Libres”. ¿Me considero rico y libre? Me considero en proyecto de rico y libre. La riqueza y la libertad no tienen fin.
Aunque ahora mismo ganara un millón de euros al mes y llevara 50 retiros de meditación, todavía no podría decirte “soy rico y libre”; te diría “estoy creando mi riqueza y mi libertad”. Siempre. Es una constante. Es un gerundio.
Como respuesta rápida: sí, me considero bastante rico y sí, me considero bastante libre.
—Y qué es para ti, volviendo un poco a lo material, ser rico.
—Tener mucho dinero es una parte, pero la riqueza para mí es la abundancia. La sensación de que tienes más de lo que necesitas, de que vas bien, de que no estás en escasez.
Si te sientes a gusto con tus amistades, eres rico en amistades.
Si te sientes a gusto con tus cajones de calcetines, eres rico en ese aspecto.
Si te llevas bien con tu pareja, tenéis buenas relaciones sexuales, la amas, te abraza y la abrazas, eres rico en ese aspecto.
Si tienes dinero suficiente para hacer lo que consideras que tienes que hacer, eres rico. Y eso puede ocurrir con mil euros, con diez mil o con cincuenta millones. No hay límite.
—Genial. Si te parece, vamos al plano material y a lo que solemos hacer: relacionar la historia y la evolución de la carrera profesional con los ingresos de la persona. Podemos ir atrás, incluso a adolescencia: si tuviste alguna aventura empresarial con ingresos, o si no, tu primer empleo, tus primeros ingresos y cómo han ido evolucionando.
—Mi madre siempre recuerda que cuando tenía seis, siete, ocho años, si íbamos por la calle y veía, por ejemplo, una mesa con una propina, yo tenía el instinto de recoger ese dinero. Siempre me he sentido atraído por el dinero.
También recuerdo mirar debajo de los kioscos de periódicos a ver si había alguna moneda de 100 pesetas.
Mi primer trabajo fue con 14 o 15 años, creo. Lo típico: una semana de curro descargando camiones, a través de un conocido. Me pagaron unas 16.000 pesetas por varios días de trabajo y me compré un coche teledirigido.
Después hice de todo: poner suelos, cargar y descargar en empresas, trabajé incluso como basurero. Eso duró hasta los 18, más o menos.
Luego dejé los estudios en 3º de la ESO, estuve un año sin hacer demasiado, algún curso del ayuntamiento, y empecé el grado medio. Después el superior.
Ahí ya empecé a hacer algunos trabajitos: empresas de diseño, estudios, etc. Tendría unos 19-20 años.
Me sentía bastante desolado: como si no estuviera en el sitio adecuado. Tenía la sensación de no estar haciendo lo que había venido a hacer al mundo.
Aun así, seguí: estudié el grado superior, luego trabajé en un estudio de diseño más chulo, me pagaban algo mejor, pero la sensación seguía.
Al mismo tiempo empecé a trabajar por mi cuenta. Ahí es donde se empieza a forjar el Antonio de hoy: quizá a los 23 años, cuando empecé a tener trabajos propios.
—En ese momento que sales del trabajo por cuenta ajena, ¿cómo estabas a nivel financiero?
—Realmente no lo dejé: me despidieron. Me han despedido de prácticamente todos los trabajos. Siempre he tenido algún problema con la autoridad, con el tipo de trabajo… algún día lo investigaré.
No es un orgullo que te despidan; orgullo habría sido haber hecho todos los trabajos magníficamente.
A nivel financiero era lo más normal del mundo: en mi último empleo, en Vitaldent, cobraba unos 1.300-1.400 euros al mes.
De ahorros tendría 0, 100 o 200 euros. El concepto de ahorro y de pensar a medio/largo plazo entró en mi vida mucho después.
—¿Y por qué fue ese despido, en concreto?
—En Vitaldent hay una rotación de personal ridícula. Yo ahí estaba motivado, hacía bien mi trabajo. El director vino un día y me contrató para hacer trabajos externos para otros negocios suyos.
Aun así, me despidieron. Supongo que porque hay mucha rotación, o porque el universo me estaba diciendo: “Piérdete de aquí y empieza ya por fin a hacer lo que has venido a hacer al mundo”. Convertirme en emprendedor.
—Gracias por compartirlo. Mucha gente a la que despiden no lo cuenta ni a su familia y tú lo cuentas públicamente.
—Si miento, me pillan en 27 décimas de segundo. Diría “no, no me han despedido nunca” y enseguida aparecería alguien con un mail demostrando lo contrario.
—Entonces, dejas la empresa, sales del mundo corporativo, te montas tus temas sin ahorros, con el paro y poco más. ¿Qué haces?
—Cuando trabajaba en Vitaldent, mi compañera Gabriela Reyes, una mexicana estupenda diseñadora, me dijo un día que yo era “el símbolo del dólar con patas”.
Me propuso montar un estudio de diseño gráfico entre los dos. Eso hicimos: a mí me despidieron y ella dejó el trabajo.
Tres o cuatro meses después alquilamos una oficina en la calle Fuencarral, una pequeña oficina por 250-300 euros al mes. Montamos un estudio llamado “No Sólo Ideas”.
Mi compañera también me “despidió”: un mes después se fue y me quedé solo con el negocio.
En ese mes no solo ganamos dinero, sino que ganamos un sueldo casi cada uno. Nos fue muy bien desde el minuto uno, porque ella ya tenía algunos clientes y yo llevaba muchos.
Yo llevaba años haciendo cositas por mi cuenta: cuando empecé a trabajar por mi cuenta me fue bien desde el principio. No extraordinariamente bien, pero lo suficiente para tener ilusión, pagar lo que tenía que pagar y empezar a entender el dinero.
—¿Y cómo evoluciona ese negocio?
—Creo que empezamos como autónomos. Los primeros meses ganaba 600-700 euros al mes, no lo recuerdo bien.
Ella dejó montada la web, yo la idea de cómo debía funcionar. Desde el minuto uno empecé a conseguir clientes: una prima empresaria me pedía cosas, más los que ya teníamos…
Con el tiempo pasé de 600-700 a 1.000-1.500, y a lo largo de cinco años me movía entre 1.500 y 3.500 euros de facturación mensual.
—¿Gastos?
—Oficina: primero 250-300 euros, luego me mudé a una más grande en la calle Sagasta, unos 400 euros.
Diseñadores por horas, algo de equipo, wifi, teléfono, hosting…
Con el tiempo me puse 20-25 euros/hora cuando empecé a valorarme más y entender el juego.
—¿Ahí sí empezaste a ahorrar?
—Sí. A los 24-25, cuando emprendí, empecé también a leer desarrollo personal: Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva de Covey, Kiyosaki, etc.
La educación financiera de mi casa era nula; gracias a libros y amigos empecé a ahorrar y, años después, a invertir.
—Has comentado que estuviste cinco años con el estudio. ¿Qué pasó después?
—Cuando estaba a punto de pasarme a un estudio mayor, dar el salto, contratar gente fija… lo cerré todo y me fui a viajar por el mundo.
Tenía unos 30 años.
—¿Por qué decides cerrarlo cuando te iba bien?
—Porque era posible. Esa es la respuesta más sincera.
Un ser humano puede hacer cosas en la medida en que ve la posibilidad de hacerlas. A mí me llegaron libros como La semana laboral de 4 horas de Tim Ferriss y Kiyosaki, y entendí que era posible.
Con 30 años, ¿qué era mejor para mí: tener un negocio próspero que me diera dinero o recorrer América con una mochila de 28 litros?
Para otras personas la respuesta evidente es crecer el negocio; para mí, irme a América, conocer sitios preciosos, tener amigos argentinos, vivir.
—¿Te fuiste sin fecha de vuelta? ¿Cómo influyó el dinero en esa decisión? ¿Cuántos ahorros tenías y qué plan te hiciste?
—Primero, una parte importante: cuando tenía unos 27 años, mi padre me dio 30.000 euros porque vendió una finca en Granada donde yo tenía un porcentaje.
Esos 30.000 euros estuvieron tiempo “debajo de la cama”: ni siquiera en mi cuenta, porque me daba miedo que él me hiciera una transferencia. Tenía mucho miedo al dinero.
Así que contaba con ese dinero, aunque técnicamente lo tenía él.
Por otro lado, cuando digo que cerré el estudio, en realidad lo cerré físicamente, pero seguía online.
Prácticamente todos mis clientes venían online, estaba bien posicionado en Madrid.
El primer paso fue contratar una centralita en Madrid para que recibiera las llamadas mientras yo estaba en Argentina, Perú, Bolivia… Esa idea la saqué de Tim Ferriss.
La centralita recibía las llamadas y me mandaba un email con los datos del cliente. Yo seguía trabajando desde allí.
Imagínate: estar en Argentina, con su coste de vida, y que te llegue un cliente que te paga 300 euros. En Madrid no parece tanto; allí era maravilloso.
Mi presupuesto mensual en Sudamérica era de 800-1000 euros. El coste de vida depende de dónde vivas, pero por 600 euros al mes podías vivir como vivías en Madrid: comer bien, alguna cerveza, etc.
Alquilaba habitaciones: al principio en casa de conocidos, luego habitaciones por 250-300 euros en buenas zonas.
—Comentaste que tenías otros negocios online. ¿Cuáles eran?
—Tenía páginas de afiliación.
La típica página de “las mejores aspiradoras de 2022” o “el mejor osteópata de Madrid”.
Si pinchabas en mi artículo sobre aspiradoras, ibas a Amazon y, si comprabas, yo me llevaba una comisión del 3-10%.
Empecé en paralelo a mi estudio de diseño: escuché a Ángel Alegre decir que había ganado 5.000 euros en un mes recomendando tablets y pensé “sería extraño no hacer eso”.
Como sabía de webs y posicionamiento, lo hice, y casi desde el minuto uno empecé a generar dinero.
Al principio eran webs algo “tontas”: comprarmaquinadecoser.com, comprarcarrutal.com…
Luego, con un socio, creamos una web mucho más seria y ahí empezó a funcionar muy bien.
Estuve viajando 18 meses. Al volver, esa web ya nos daba 2.000-3.000 euros mensuales a cada uno, que era menos de lo que ganaba con el estudio pero trabajando mucho menos.
Con el tiempo esa facturación subió: llegué a 5.000-6.000 euros mensuales para mí solo con ese negocio.
Después de años en webs nicho, se me daba bastante bien; estaba, según mi contacto de Amazon, entre las 30-40 webs más potentes de España. No ganaba una barbaridad, pero era algo.
En ese momento me contratan como freelance para El Confidencial.
Ahí mis ingresos suben: subcontraté prácticamente todo mi negocio, diseñé un plan parecido al que ya hacía para mí y lo apliqué allí.
Estuve dos años; entre El Confidencial y mis negocios ganaba entre 6.000 y 9.000 euros al mes.
—¿Eso era casi neto?
—Casi, salvo el 97% de impuestos que pagamos… (ríe). Gastos de equipo pocos: algo de gente en Venezuela que hacía tareas, pero nada enorme.
—¿Esa es tu situación actual?
—No. Del Confidencial también me despidieron. Me despidieron en marzo del año pasado, después de dos años.
Yo estaba muy contento, todo funcionaba muy bien. Mi apuesta era: “Este año 2021 os voy a hacer facturar un millón de euros”, y creo que lo habría conseguido.
Yo sabía exactamente lo que facturábamos. No recuerdo la cifra exacta, pero creo que llegué a generar unos 250.000 euros al año para ellos. Estábamos en unos 30.000 euros mensuales de facturación cuando me despidieron.
Era una bola de nieve: muchas páginas posicionadas, cada vez más tráfico, más ventas. Si las circunstancias hubieran sido favorables, sabía que en poco tiempo podía cuadruplicar esa facturación.
—¿Y por qué fue el despido?
—Entró un nuevo director de operaciones —o de desarrollo de negocio, no recuerdo el título exacto—.
Tuvimos algunas conversaciones, se dio cuenta de que yo meditaba demasiado, no le gustaba que cada cierto tiempo me fuera a hacer un…
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