Llevo unos 20 años queriéndote contar esta historia, así que te la voy a contar.
Tengo un amigo que es bastante especial.
Es muy inteligente.
Es de esas personas que ves que su procesador funciona más rápido.
Su sentido del humor es algo prodigioso.
Su abundancia y generosidad es de las más grandes que he visto.
Es la única persona (yo también lo intento) a la que le he visto llevar un libro a todas partes todos los días de su vida.
¿En el metro? Libro.
¿En el trabajo? Libro.
¿En el bar? Libro.
¿En la discoteca? Libro.
¿Bailando? Libro encima de la barra.
El tío es capaz de dejar una propina de 50 € sin inmutarse.
Cuando éramos jovenzuelos y estábamos en un bar y había la típica disputa de «oye, faltan 50 € por poner», sacaba el billete naranja de su bolsillo, se lo daba al camarero y seguía hablando como si nada.
Pero espera.
¿Es todo tan bonito?
No.
Este amigo es, literalmente, la persona que conozco que más desperdicia su talento.
De pequeño recibió un Ferrari pero nunca lo ha usado.
De pequeño recibió un gran don, pero nunca lo saca a pasear.
Tiene a Rimsky-Korsakov: Scheherazade op.35 sonando en su interior, pero él no es capaz de escucharlo.
Mi amigo pesa 130 kg.
Sigue emborrachándose cada fin de semana hasta perder el sentido.
Su alimentación es lo contrario a buena.
Trabaja en el mismo sitio desde hace 10 años donde cobra poco más que el salario mínimo, es decir, es literalmente un esclavo moderno.
Vale, ahora que te he puesto un poco en contexto, presta mucha atención aquí.
Mi amigo y yo anduvimos el mismo camino hasta los 23 años más o menos.
Nuestros destinos parecían ir de la mano.
A los 23 años más o menos yo empecé a leer libros de desarrollo personal.
Al principio mi cambio no fue evidente, pero con el paso del tiempo nuestros caminos se distanciaban cada vez más.
Él parecía seguir en un camino que iba derecho al infierno y yo parecía ir en sentido contrario.
Desde el día uno que empecé a leer esos libros, traté de que los leyera él también.
Él los rechazaba sistemáticamente porque leía sólo novelas (algún día te contaré por qué uno de los mayores riesgos de la inteligencia es creer que eres inteligente).
Yo le contaba cosas pero él sólo me decía «si a ti te gusta, disfrútalo».
En una ocasión, años más tarde, cambié de táctica.
Empecé a hacer lo que me dijo Lama Rinchen.
En lugar de regar la planta directamente, regué alrededor.
Empecé a mandarle libros a su casa.
No le decía nada, sólo se los mandaba.
Esos libros no los leía.
Pero en una ocasión, por alguna razón, cogió uno de los libros.
El famoso Padre rico padre pobre, de Kiyosaki.
Leyó una página.
Leyó dos.
Como es buen lector leyó todo el libro en unas horas.
Me llamó.
Me dijo de quedar para una cerveza.
Quedamos.
Me dijo que iba a montar una empresa.
Me dijo que se había apuntado al gimnasio.
Me habló de sus planes.
Vi sus ojos encendidos por primera vez en mi vida.
Vi su llama interior crecer y expandirse.
Vi cómo su alma quería adquirir cada vez más grados de consciencia.
Empecé a imaginar cómo, con toda la potencia que desplegaría debido a sus acojonantes capacidades innatas, sería su vida en sólo un par de años.
Pero espera.
¿Es todo tan bonito?
No.
Semanas más tarde olvidó todo.
Sus ojos se apagaron.
Su llama interna se apagó.
Su alma volvió a su estado latente.
Lama Rinchen también me avisó de eso:
Cuando la semilla de la iluminación empieza a crecer, hay que cuidarla. Si no la cuidas, puede morir. Si muere, puede no revivir hasta vidas más tarde.
Bien.
Te contaré otra historia.
Cuando volví de mi primer viaje a India, en 2018, tuve una conversación con un familiar muy cercano.
Era casi nuestra primera conversación.
Era nuestra primera conversación adulta.
Le expliqué algunos conceptos, le guie algunas prácticas y él me hizo algunas preguntas. (Por desgracia no eran preguntas de apertura sino preguntas de bloqueo, algún día halaremos de ello).
Aunque lo intenté, ahí aprendí que no estaba mi mano.
Su llama no se encendió.
Su mirada no se iluminó.
Tras la conversación encendió la TV como en sus últimos 70 años de vida.
Hace unas semanas estuvo en mi casa.
Le dije: OYE, TOMA ESTE LIBRO. Si algún día te apetece échale un vistazo.
Le dejé uno de mis libros favoritos.
El libro favorito de Steve Jobs.
El único libro que dicen que Steve tenía en su Ipad.
El libro que Steve regaló a los 500 asistentes a su funeral.
Al parecer lo echó un vistazo.
Leyó los primeros capítulos.
Me llamó.
Me preguntó si lo que estaba leyendo era cierto.
Le respondí que lo tendría que descubrir por sí mismo.
Le pregunté que qué creía que hacía yo en los retiros de meditación.
Algo en su interior se ha encendido.
La pregunta es: ¿Sabrá cuidar de su llama, de su semilla, de su mirada?
La pregunta es: ¿Sabrías tú?
La pregunta es: ¿Sabré yo?
Y ahora, amigo virtual, siéntate.
Tengamos una conversación tú y yo:
100 €
Retiro Ricos y Libres.
23, 24, 25 agosto.
22 plazas. Quedan 4.
Reservas.
Página 1 del Manual:
Dedicado a aquellas personas que avivan las llamitas que todos llevamos dentro.