Hace unas semanas descubrí en mi librería un libro acojonante.
Como un hombre piensa, así es su vida. De James Allen.
Lo vi, lo cogí y me lo leí en unos minutos.
Esa noche no pude dormir, y no porque no conociera lo que ahí se explica sino por lo bien que James lo explica.
De todas las hermosas verdades que pertenecen al alma y que han sido restauradas y traídas a la luz en esta era, ninguna es más regocijante o está llena de divinas promesas y confianza que esta: el hombre es el dueño del pensamiento, el moldeador del carácter, y el hacedor de las condiciones, el entorno y el destino.
El hombre no atrae aquello que quiere, sino aquello que es.
El sufrimiento es siempre el resultado del pensamiento equivocado en alguna dirección.
Hasta que no se unen pensamiento y propósito, no hay logro inteligente. La mayoría dejan que la barca del pensamiento «derive» por el océano de la vida. No tener un objetivo es un vicio, y este derivar no debe continuar para aquel que quiere estar libre de la catástrofe y la destrucción.
Aquel que ha dominado la duda y el miedo, ha dominado al fracaso.
Todo lo que un hombre consigue y todo lo que deja de conseguir es el resultado directo de sus propios pensamientos.
Lo que cultivas en tu interior no puede dejar de manifestarse en el exterior.
¿Sabes?
Si yo fuera yo y viviera en una gran ciudad de esas que tienen una gran casa del libro en algún lugar, dejaría ahora el móvil en un cajón.
Saldría a caminar.
Admiraría los edificios hechos con amor.
Observaría las caras de las personas.
Trataría de observar mis propios pensamientos.
Trataría de sentir mi cuerpo al contacto con el suelo, la ropa, el aire.
Llegaría a la librería, lo compraría, me iría a un parque y, después, no levantaría la vista de aquellas palabras sino para decir: DIOS.
Vale, te contaré una historia.
Hace unos días salí de un ayuno de 12 días.
En los ayunos, así como en los retiros de meditación, descubres cosas de ti que no sabías y que nadie te contó.
Descubres, por ejemplo, con cada vez mayor grado de exactitud, qué piensas. Qué sientes. Qué te paraliza. Qué te hace avanzar.
Descubres cada vez más qué es la realidad.
Y en una de esas me di cuenta de que cada vez que tenía un pensamiento negativo alimentaba algo en mi interior, algo peor, como de menor calidad.
Y el caso es que me di cuenta de que si me daba cuenta de que me estaba dando cuenta de ese pensamiento negativo, podía acto seguido cambiarlo por otro más elevado.
Entonces, durante varios días, cada vez que me daba cuenta que había tenido un pensamiento negativo, lo cambiaba por este otro pensamiento: sólo amor.
Nada más.
No decía nada más.
No pensaba nada más.
Sólo decía para mis adentros: sólo amor.
Es como aquel punto del libro «Un curso de Milagros» donde te anima a decir que todo lo que ves es falso. Que nada de lo que ves es real. Que aquello que percibes con tus sentidos… no es lo que parece.
Y entonces, durante unos días, muchas veces… fui capaz de vencer a mi propio pensamiento negativo, no con la fuerza sino con algo mayor.
Cuando estaba en una situación que solía ser tensa, sólo tenía que tratar de prestar atención a mis propios pensamientos y, ante el más mínimo atisbo de negatividad, respondía: sólo amor.
Era como magia.
La situación tensa se desvanecía.
La realidad cambiaba.
Y sí, ya lo sé, es difícil de creer, pero voy a contarte un secreto:
es aún más difícil de hacer.
Requiere práctica.
Requiere conocimiento.
Requiere consciencia.
Requiere querer.
Por cierto.
2, 3, 4 y 5 mayo.
Y recuerda:
Ellos mismos son los hacedores de sí mismos por virtud de los pensamientos que alientan; la mente es el maestro tejedor, tanto del traje interior del carácter como del traje exterior de las circunstancias, y que, así como hasta ahora deben haber estado tejiendo en ignorancia y dolor, pueden ahora tejer con iluminación y felicidad. James Allen.