Tengo un hermano que mola un montón.
Tiene tantas ideas y hace tantas cosas que es de esos emprendedores que a los demás emprendedores nos hace parecer funcionarios a su lado.
Bueno pues ese hermano ha creado una empresa de reparto a domicilio para los pueblos de la zona, se ha comprado un par de motos, ha creado una web con chat gpt y no para de recibir pedidos.
¿Para qué haces esta mierda? —Le pregunté un día—.
Por entretenerme. —Me respondió—.
Bueno pues el otro día me pidió el favor de hacer unos envíos, así que cogí una motito con una de esas cajas gigantes térmicas detrás, me puse el casco y me dediqué durante horas a llamar a los timbres de señoras y señores para entregarles su comida.
He de confesarte que al principio pensaba: joder, he nacido para esto.
Pocas cosas me parecían tan divertidas en ese momento como llamar timbres de desconocidos y entregar comida que esperan con ilusión.
Una chica me abrió amamantando a su minibebé de 2 días.
Otra era una ancianita con pinta de señora Doubtfire y un perro salido.
Otro era un chico que hablaba lento y olía raro.
Otro era un tío normal pero con pinta de informático.
En una casa, al llegar, me acojoné. De repente estaba en una fabela donde sólo faltaban tiros y gritos y niños con navaja y revolver al cinto.
Cada vez que me llegaba un nuevo pedido por el móvil me daba una descarga de dopamina que ni 10 manuales vendidos en una mañana.
El caso es que a medida que iban pasando las horas (estuve 5 en total), la cosa, aunque me seguía haciendo gracia, me hacía reflexionar.
Me hacía reflexionar qué pasaría si tuviera que hacer eso por obligación todos los días.
Ganando en un día lo que ahora gano a veces en un minuto haciendo algo que genuinamente amo y que haría todos los días gratis hasta el día que muriera.
Y entonces, en una de esas que tenía 15 minutos de tiempo muerto esperando que un restaurante me entregara la comida, saqué mi móvil y me puse a perder el tiempo.
Y cuando estaba mirando la tontería número dos, pensé: ¿Qué haces mirando esto, perdiendo el tiempo, cuando podrías estar aprendiendo?
Entonces, corriendo corriendo pues estaba cerca, fui a mi casa.
Cogí el libro que me estoy terminando. El libro bestia. El libro que es una obra maestra y una lección desproporcionada sobre ventas y sobre desarrollo personal.
Y, y presta atención aquí porque ahora viene la parte gorda, entonces, en lugar de mirar el móvil en los ratos muertos, leí el libro y aprendí.
¿Y sabes qué, amigo virtual?
Dos frases.
Dos frases bastaron para recordarme que una vida mejor era posible.
Dos frases bastaron para recordarme que existen realidades superiores y mejores.
Dos frases bastaron para motivarme de nuevo. Encenderme. Activarme.
Mira, si yo fuera yo, si por alguna circunstancia estuviera yo en un trabajo que no amo con pasión haciendo algo que empiezo a continuar rutinario, algo que me va desangrando lentamente la energía, algo que me apaga a soplidos el alma,
si yo fuera yo, digo, haría esto:
trataría de aprovechar cada minuto disponible para aprender algo cuya práctica pueda sacarme de mi realidad y conducirme inexorablemente y a buen ritmo hacia la vida que quiero.
Y bajo ninguna circunstancia, ninguna, escucha, ninguna, me sentiría bien tras estar más de 5 minutos con la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Pasando el tiempo.
Con algún entre-tenimiento que olvidaré en segundos.
Si yo fuera yo, y lee esto con atención, amigo quizás repartidor, pensaría así:
cuanto más jodido estés, Antonio, cuanto menos te guste tu realidad,
MAYOR HA DE SER TU ESFUERZO POR SALIR DE ELLA.
Entrega en 24-48 horas. Formato físico. En papel.
El capítulo 1 te hace apreciar donde estás.
Honrando lo que haces. Lo que tienes. Lo que eres. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que si no observas el total de tu realidad, no puedes cambiarla.
El capítulo 2 te enseña a enfocarte y a calmarte.
Te enseña a pasar del modo supervivencia al modo creatividad. Te da las pistas de algo que es tan bestia, tan bestia pero tan bestia tan bestia, que no estoy ni remotamente capacitado para escribir lo que escribí. Pero son eso: pistas. Pistas que te dicen dónde ir.
El capítulo 3 te enseña a tener un plan, paso a paso.
El capítulo 3 es tan valioso que sabiendo ahora lo que sé sobre él, pagaría a los 20 años 10.000 € por aprenderlo.
El capítulo 4 te muestra tantas cosas que no puedo describir aquí, pero mi favorita creo que es cuando menciono a Richi, el mecánico mañoso.
El capítulo 5 es como el capítulo 4, que no se puede describir.
El 6 habla de, entre otras cosas, cosas que aprendí en la India. Cosas muy valiosas. Cosas de antes, y después. Antes, y después.
El capítulo 7 merece una mención aparte.
El capítulo 7, ese donde hablo sobre el dinero y la inversión y las ventas y el cómo hacer exactamente lo que estoy haciendo en Ricos y Libres, es aquel que, cuando alguien lo lee, simplemente se pone incómodo.
¿Oh sí? ¿Es tan bueno porque lo escribiste tú? —Dirás—.
No.
La mejor parte del capítulo 7 no la escribí yo sino mi amigo Pablo.
¿Y te cuento un secreto?
¿Un secreto que cuando Pablo lo lea pensará en abofetearme?
Pablo es alguien que, a su lado, casi todo ser humano parece un chimpancé.
PD: las 621 personas que han comprado el Manual y pinchen aquí recibirán un regalo este sábado a las 12.
¡Oh! ¿Qué regalo es ese?
Información.
Información valiosa.
La información detrás del éxito de millones de seres humanos.
Nada más.