Tras unos días compartiendo vida con los hijos de mi amiga, he aprendido algo que voy a dejar escrito para mi yo del futuro y para mi yo del presente.
No te lo he dicho, pero su hijo mayor tiene síndrome de down y un poquito de autismo. Un rato con él, es como los primeros días de Vipassana. O estás (un poquito) consciente y tienes una (poquita) voluntad, o huyes.
O peor aún, te quejas, y huyes. Oh, yo no le elegido esto. Oh, esto es muy doloroso.
Y así, la vida nos lo volverá a mostrar una y otra vez de diferentes formas puesto que, al no pasar de octava, repetiremos una y otra vez el mismo círculo de recurrencia.
Ya te aviso que lo que voy a contar no es nada nuevo y que no es ninguna genialidad, por si quieres dejar de leer. Es simplemente una especie de principio, pero un principio que, conmigo al menos, no se aplicó.
Al igual que Juan contaba que «nunca» debemos perder el tiempo en acciones gasto, y que debemos procurar crear procedimientos para sistematizar nuestras acciones y así no tener que hacerlas de nuevo infinitas veces, con los niños ocurre exactamente igual.
Criar bien un niño es algo así como hacer crecer una empresa, que la empresa trabaje para ti, y jubilarte joven.
No criar bien a un niño es algo así como ser pobre toda tu vida teniendo que ir a trabajar todos los días de tu vida para hacer todos los días las mismas acciones rutinarias de todos los días.
Al igual que es más fácil hacer acciones a lo loco que pararse a pensar, es más fácil decirle al niño lo que tiene que hacer, o hacérselo, que explicarle con paciencia durante el tiempo que sea necesario cómo se hace mientras él lo hace y lo entiende.
Y cuantas menos latentes tiene las capacidades el niño, más tienes que pensar y más atención tienes que poner para despertarlas.
Así, día tras día, con TODAS y cada una de las acciones.
Lavar los platos.
Ahorrar.
Fregar el suelo.
Invertir.
Construir algo.
Hablar con propiedad.
Leer.
Elegir. Discernir. Pensar. Actuar.
Si se lo haces, se lo tendrás que hacer el resto de tu vida. Cuando sea mayor, será una carga para sí mismo, para las demás personas, y para ti.
Si piensas por él, no pensará.
Si ahorras por él, no ahorrá.
Si las lavas los platos por él, no los lavará.
Y quizás, ya mayor, pero no maduro, acabe votando a uno de esos partidos que dicen que los que hacen cosas son muy malos y que tenemos que compartir.
Si te paras a pensar, se lo explicas y él lo entiende, y lo hace, florecerá y dará frutos.
Y quizás no vote a nadie, y cada día de su vida y cada una de sus acciones, sean su propio voto y, en lugar de compartir lo de los demás, piense más bien en compartir lo suyo al mundo.
Eso, para mí, a día de hoy, es educar a un hijo.