Supongo que conoces la historia de Sísifo.
Sísifo fue condenado por los dioses a subir una pesada roca hasta la cima de una colina. Una vez arriba la roca volvía a rodar hasta abajo y él tenía que volver a empujarla hasta la cima.
Así una y otra vez hasta el fin de los tiempos.
Cojonudo, —dirás—. Y a mí qué.
Pues que lo de Sísifo no es una simple mitología griega olvidada en el olvido, sino que está hic et nunc, aquí y ahora.
Está entre nosotros.
Sísifo podrías ser tú. O tu vecino. O tus padres. O tus jefes. O tu pareja.
Todo ser humano que no haya descubierto ciertos principios de la vida, (o que si los ha descubierto no los practica), está esforzándose día tras día para comprobar que lo que hace no le lleva a ningún lado.
Experimenta movimiento, pero no cambio.
Experimenta esfuerzo, pero no transformación.
Siempre está en el mismo nivel de la partida.
Su consciencia no aumenta.
Su percepción de la realidad no se afina.
Las ciudades están especialmente construidas para Sísifo. Sus habitantes apenas sienten el cambio en las estaciones. Apenas ven un cambio en los alimentos. Apenas atisban a comprender el proceso del nacimiento, el crecimiento y la muerte.
Los trabajos de la mayoría de las personas son trabajos para Sísifo. No importa lo que hagan, que nunca tendrán la sensación de llegar a ningún lado. Vacían una montaña de papeles sólo para comprobar que al día siguiente hay esperando otra montaña de papeles. Hacen hoy treinta llamadas sólo para comprobar que mañana tienen que hacer otras treinta llamadas.
Los ejercicios que practican la mayoría de las personas les provocan una cierta satisfacción momentánea, para comprobar, pasados los días, que vuelven a estar en el mismo lugar.
Lo sé muy bien porque yo fui Sísifo durante años y aún lo sigo siendo en algunos aspectos, y tú sabrás si eres Sísifo si tienes una incómoda sensación como de estar remando y remando sin avanzar.
Como si tu barquita estuviera amarrada al puerto y no te hubieras dado cuenta.
Verás a un hombre muerto en vida si al mirarle no ves un propósito superior.
Sin una dirección a la que llegar.
Sin algo que construir.
Sin algo que cuidar.
Sin una escalera que subir.
Sin un interior que descubrir.
Sin alguien a quien servir.
Son vidas circulares. Inician y terminan en el mismo punto.
¿Cómo mantener al espectador embobado durante años? —Decían en un capítulo de los Simpson—.
Asegúrate de que todo capítulo acaba igual que empieza.
Es así como opera el mal: haciéndote permanecer siempre en el mismo estado.
Encerrándote en una jaula imaginaria.
Privándote de tu impulso vital y natural de evolucionar.
¿Cada cuatro años? Elecciones. Siempre las mismas. ¿Y cuando el círculo ya no funciona y aquello empieza a oler? Creamos otro círculo.
¿De lunes a viernes? Trabajo.
¿Cada fin de semana? Alcohol.
¿Cada agosto? Vacaciones.
¿Cada cinco minutos? Instagram.
¿Cada vez que puedo? Tinder.
Mira el área de tu vida donde no avanzas y sabrás que ahí eres Sísífo.
Mírate al espejo y donde no veas un amo es porque hay un esclavo.
Y cuidado, porque esto que parece abstracto es increíblemente concreto.
Pasar de Sísifo a Hércules,
de Sísifo a Ulises,
de Sísifo a Dios…
es posible y tiene un cómo.
Es un camino gradual.
Es un camino que, en lugar de ser un círculo, es una espiral.
Es el camino de los sabios.
Es el camino de los ricos.
Es el camino de los emprendedores.
Es el camino de los inversores.
Es el camino de los buscadores.
Es el camino de los que ya no quieren ver las sombras en la pared de la cueva y están buscando la salida.
Y para mí, lo más importante, es que un camino y que yo lo estoy caminando.
PD: Este viernes 14 de junio a las 12, todos los compradores del Manual que pinchen aquí recibirán un regalo. Un regalo que a mí me regalaron. Un regalo que a mí me parece muy valioso.
¿Por qué es valioso?
—Porque cuando empiezas a crecer sin parar necesitas un tipo de mentalidad. Y esa mentalidad, se puede explicar. Se puede explicar de una manera en la que sea difícil de olvidar.