Y antes de desuscribirte, recuerda: allí donde no queremos mirar puede estar el camino.
Cuando voy en transporte público me da vergüenza sacar el móvil e hipnotizarme con su pantalla.
Siento como si al hacerlo estuviera traicionando a la raza humana.
Como si estuviera mostrando a los demás que está bien lo que hacen los demás.
Como si con mi ejemplo lo estuviera validando.
Como si les dijera a todos: vais bien por ahí, seguid así.
Siento, sin salvar las distancias, como si estuviera poniéndome una raya de cocaína frente a un grupo de niños.
Como si estuviera fumando en público y echándole el humo a la gente y lo diera por normal y por decente.
Como si estuviera viendo pornografía tranquilamente en mitad de la plaza.
Y por eso en lugar de eso, en lugar de sacar el móvil en el metro trato de sacar el libro y leerlo.
Y porque cuando lo saco y parece que lo leo y parece que me concentro, las reacciones son inmediatas y muchos miran al libro como si este fuera un objeto brillante.
Un diamante que hace tiempo que no ven.
Una esperanza.
Y porque cuando lo ven, me gusta pensar que también se ven así mismos y se preguntan con un murmullo: ¿Qué estoy haciendo? ¿Hacia dónde estoy yendo?
Y porque a veces, incluso, tras no ver mi móvil les veo guardar los suyos.
Como avergonzados.
Como diciendo si este tío puede yo también.
Si este tío vive yo debo mostrar que estoy vivo.
A veces, si no tengo libro con el que aparentar simplemente trato de estar presente mirándome a mí mismo o a los demás.
Y cuando les miro trato que no se note mucho que tengo una adicción y que la necesidad de dopamina barata vuelve a reclamar su atención.
Es difícil, lo sé, pero todo esfuerzo trae su recompensa cuando levantan la mirada perdida y ven que la mía no lo está y nuestras miradas se encuentran, y entonces algo en ellos y en mí, se enciende con más fuerza.
Como si nos reconociéramos como viejos amigos en una fiesta de extraños.
Y si aún te preguntas por qué lo hago y qué quiero demostrar, es porque cuando se lo he visto hacer a otras personas han sido mi faro en la oscuridad.
Porque han sido lo que necesitaba para seguir adelante, haciéndome creer que una vida mejor es posible no sólo en ese trayecto sino en ese día.
Porque un día me di cuenta de que podemos ser rocas contra las que estrellarse o faros con los que guiarse.
Hace años Howard Roark dijo que nos acercamos a un mundo en el que no quiero vivir, y aunque yo antes pensaba también así, me he dado cuenta de que precisamente para eso estamos aquí.
Para decirnos a nosotros y a los demás que hay un camino.
Que aunque parezca que todo el mundo está jodidamente loco, es posible salir del manicomio.
Que sólo lo tienes que desear y después esforzarte y esforzarte estando dispuesto a equivocarte hasta por fin acertar.
Que no hay otro camino y que si lo hay no es el mío.
Y recuerda: cuando vayas en el metro, cuando camines por la calle, cuando te despiertes, cuando hables, pregúntate si estás siendo faro con el que guiarse o rocas con las que estrellarse.
Y si aún sigues por aquí, mira aquí:
No te preguntes si es difícil, pregúntate si es correcto.
Si es correcto, hazlo, aunque sea difícil. Juan Atienza.