El otro día en el autobús me puse a hablar con una chica.
Decía que era de Tenerife y que en Tenerife está todo muy caro y que si eres de ahí es casi imposible vivir por los precios de alquiler.
Me dijo que eso no estaba bien.
Que las personas tienen derecho a poder vivir donde han nacido.
**¿No crees?**
Entonces yo le dije
**no, no creo**.
Las personas no tienen derecho a eso.
Las personas no tienen derecho a nada.
Y entonces, ante su mirada de «pero qué clase de hijo de la gran fruta eres» y como era maja y sabía escuchar y hacía preguntas con inteligencia y humildad, le conté cosas.
Le conté que eso de los derechos es la trampa que nos ponen algunas personas para que nos contentemos con migajas.
Para que aceptemos una visión ajena.
Una que no es la nuestra.
Una que en realidad, en realidad de la buena, no nos conviene.
Le conté que cuando te contentas con un derecho, no buscas tu deber.
Le conté que por ejemplo ella había escuchado desde que nació que tenía derecho a una educación digna y que como se había quedado con su derecho hoy no tenía ni educación ni dignidad.
Que si había estado 20 años educándose para luego decir que no podía pagar el alquiler donde había nacido, su educación no había sido muy buena.
Le conté también que ella había escuchado que tenía derecho a una vivienda digna y que como esperaba y esperaba no hacía lo que sí podía hacer y que por eso, justo por eso, no podía pagar el alquiler.
Entonces me preguntó que a qué me dedicaba y dónde me podía encontrar, y cuando le di una tarjeta que ponía
**Audentes Fortuna Iuvat y** ella me dijo que si era
**coach** y yo le dije que no,
entonces,
justo entonces,
la conversación, realmente, empezó.
Me preguntó qué había hecho en Madrid y yo le dije que desayunar con unos clientes que lo mismo algún día eran amigos.
Y que después del desayuno fui a un evento donde una chica contaba que había estudiado enfermería, y que tras darse cuenta de que en su día a día empleaba mucha energía pero que recibir lo que se dice recibir no recibía,
decidió preguntar y buscar y llamar puertas y aprender algo más.
Y entonces, este año, tras facturar varios millones de euros, nos contaba a nosotros cuál era su proceso y cómo lo estaba haciendo realidad.
Y entonces, cuando me preguntó que cómo era eso posible, se lo conté.
Le conté que si sabía mirar actualmente existían dos clases de seres humanos.
Que por un lado teníamos al ser humano que se contenta con lo que han dicho que se tiene que contentar, aquel que ve mucho la tele y que se cree lo que le dicen los demás, aquel que te habla mucho de derechos y poco de deberes,
y por el otro lado teníamos al ser humano que busca sin parar la mejor vida posible para sí mismo independientemente de lo que hagan o digan los demás.
Entonces le dije que por favor no creyera que estaba intentando ofenderla con mis palabras,
puesto que todo ser humano nace por defecto en la primera clase y que,
de lo que iba la vida si sabía mirar,
era precisamente de pasar del primer al segundo nivel.
De pasar de una clase, a otra clase.
De pasar de un ser victima de eso que tú llamas sociedad, a ser tu soberano.
Tu maestro.
Tu propio propulsor de tu riqueza, tu felicidad, tu libertad.