Tengo una nueva definición de ser libre:
El tiempo que pasa desde que sabes que algo te hace daño hasta que lo abandonas o regulas.
Cuanto más tiempo pasas haciéndote daño aún sabiendo que te estás haciendo daño, menos libre eres.
Y ojo, aquí hay que tener cuidado porque hay dos tipos de daño/dolor:
El dolor o la incomodidad de hacer algo que te está mejorando (como unos brackets que corrigen tus dientes, como un entrenamiento que fortalece tu cuerpo, como una asana que libera tu espalda, como una meditación que fortalece tu mente, como aguantar en un trabajo que es cansado y demandante y estresante pero beneficioso en todos los sentidos).
Y el daño/dolor que conduce a la enfermedad o muerte.
El primero hay que aprender a soportarlo.
El segundo hay que aprender a evitarlo.
Dos historias para explicarlo.
El otro día estaba comiendo unas aceitunas de esas riquísimas (sospechosamente riquísimas) cuando me da por mirar los ingredientes.
Glutamato monosódico. Primer levantamiento de ceja.
E211.
E300.
Me pongo a buscar y resulta que si juntas estos dos últimos se produce benceno (nada en contra del pobre benceno, que hasta ayer no sabía que existía) y me pongo a recordar y resulta que cuando como cosas raras (cosas raras con ingredientes que no conozco) me siento mal.
Entonces al ver eso me paro a pensar:
Las aceitunas están muy ricas.
El bote está lleno.
Ha costado 4 ó 5 €.
Tampoco es tan grave.
Y entonces, cuando me pongo a escuchar mis propios pensamientos y razonamientos, pienso: ¿por qué si sabes o crees que esto te hace daño lo sigues manteniendo? ¿Por qué lo estás justificando? ¿Realmente lo necesitas en tu vida? ¿No es preferible simplemente evitarlo y centrarte en lo que sabes que SÍ te beneficia?
Entonces tiré el bote completo.
Y entonces fui libre durante un tiempo.
«—Pero permíteme: si tú no tienes nada, ¿qué puedes dar?
—Cada cual da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el comerciante da mercancías; el maestro, enseñanzas; el labrador, arroz; el pescador, peces.
—Muy bien. ¿Y qué es lo que tú tienes para dar? ¿Qué es lo que tú has aprendido, qué es lo que sabes?
—Yo sé pensar. Yo sé esperar. Yo sé ayunar.
—¿Eso es todo?
—¡Creo que eso es todo!
—¿Y para qué sirve? Por ejemplo, ¿para qué sirve el ayunar?
—Para mucho, señor. Cuando un hombre no tiene nada de comer, ayunar es lo más razonable que puede hacer. Por ejemplo, si Siddhartha no hubiera aprendido a ayunar, hoy tendría que aceptar cualquier trabajo en tu casa o en cualquier otra parte, pues el hambre le hubiera obligado a ello. Pero, de esta forma, Siddhartha puede esperar tranquilamente, no conoce la impaciencia, no conoce la necesidad, puede dejarse sitiar largo tiempo por el hambre y puede reírse de todo. Por esto es bueno ayunar, señor». Hermann Hesse,
**Siddhartha**.
Segunda historia.
Llevo años con un dolor en los intestinos, el cuál sólo desaparece cuando estoy (oh, qué casualidad) en un retiro de Yoga, en un retiro de meditación, o ayunando.
Cuando estoy en la vida normal me duelen los intestinos. El gluten sé que me hace polvo. Los lácteos sé que me hacen polvo.
Estaba tomándome un café cuando noto que me empieza a doler «la tripa» y empiezo a escuchar mis propios pensamientos.
A ver, seguro el café no es. Qué te ha hecho el pobre café. No me toques el café.
Entonces empiezo a hacerme preguntas.
Preguntas incómodas.
Preguntas que normalmente uno sólo se hace cuando una bata blanca te dice que vas a morir pasado mañana (y a menudo ni por esas).
Cogí el café (delicioso, por cierto, traído por mí directamente desde Tailandia. Sólo me faltó cultivarlo con mis manos) lo tiré por el desagüe y me preparé una infusión de ortigas (esas sí cogidas por mí) y al cabo del rato el dolor (oh, qué casualidad) desapareció.
Y es que creo que la gran pregunta de la vida no es si algo me gusta o no me gusta.
Si algo está rico o no lo está.
La gran pregunta es: ¿esto me da más o menos libertad?
Y sí, lo sé, ahora tu mente empezará a razonar: pues a mí me gusta esto. Pues a mí me gusta aquello. Pues yo aún sabiendo que me hago daño asumo el riesgo.
Y de ser así… ¿qué te puedo decir?
Y es que, ¿te cuento un secreto? Si hay algo que me gusta hacer desde hace un tiempo es lo siguiente: cuando estoy pensando me pongo a observar esos pensamientos y entonces a menudo me acojono de mis propios razonamientos.
¿Que por qué?
Porque son razonamientos que en lugar de ir en pro de mi beneficio y mi libertad parecen ir en mi propia contra.
Porque en lugar de ser consejos de un buen amigo, parecen consejos salidos de la mente de un enemigo.
ricosylibres. com