Tenía unos 15 años.
Yo iba de copiloto en el coche de mi padre.
Salíamos de Madrid camino a nosedónde.
Iba mirando por la ventana cuando me quedo mirando los pisos colmena que existen desde hace años en todos las ciudades.
Esos pisos, generalmente feos, horribles, creados más con odio que con amor, tan feos que una vez mi amiga Lola cuando íbamos caminando por Granada y con lágrimas en los ojos dijo «por qué los arquitectos hacen cosas tan feas»—señalando a esos pisos—, ¡cuando podrían hacer cosas tan bonitas!—dijo señalando a un edificio de la edad media construido con amor y geometría sagrada—.
Entonces sentí una extraña sensación de miedo.
Sentí como si yo estuviera abocado de a vivir en uno de ellos cuando dejara la casa de mis padres.
Sentí como si mi destino fuera ese de forma irremediable y yo no pudiera hacer nada al respecto.
Observé mi situación y lo vi con claridad.
No sabía estudiar.
No sabía ganar dinero.
No comprendía la vida.
Las noticias en la TV decían que las cosas iban mal y por lo tanto si lo decía la TV tenía que ser verdad.
¿Qué podía hacer?
Sentado en ese coche y mirando esos pisos colmena sabía que las casas bonitas no eran para mí.
Que la vida de sueño no era para mí.
Que la belleza no era para mí.
Durante años tuve miedo a esa vida. De ese destino.
De verdad tenía miedo.
Miedo de verdad.
Miedo del que duele.
Miedo del que no te deja pensar.
Miedo del que te hace jadear sin darte cuenta, del que acelera tu respiración, del que te incomoda, del que te presiona el pecho desde dentro.
Pero esta historia no es un caso aislado.
Desde pequeño tuve muchos miedos así.
De verdad tenía miedos.
Miedos de verdad.
Miedo a estar en una oficina todo el día.
Miedo a no poder viajar y descubrir el mundo que veía por la tele.
Miedo a no saber cómo acercarme a las mujeres que me gustaban.
Miedo a no tener dinero y sí juventud pero no saber cómo usar mi juventud para vivir.
Miedo a tener que esperar a los 65 ó 70 años para usar mi tiempo.
Miedos.
Miedos de los que duelen.
Miedos como el miedo que siente un hombre subido en una barca sin remos arrastrado por un río salvaje y turbulento.
Pero un día descubrí algo.
Algo que otros hombres valientes descubrieron antes que yo.
Descubrí que mi miedo a ser esclavo y pobre e infeliz era inmensamente mayor que mi miedo a atreverme a vivir como yo consideraba que una vida debía ser vivida.
**Eso es todo.**
Y todo esto que aprendí por el camino, todo, lo iré contando gradualmente a la gente que de verdad le interesa.
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