Voy a contarte un par de historias y lo mismo alguna hasta te inspira.
Hace unas semanas alguien me dijo que estaba cansado de ver la tele.
Yo llevaba años esperando escuchar esa frase.
Para mí fue como un drogadicto demacrado que te mira con el último destello de luz que le queda en la mirada y te dice:
**no puedo más. Sácame de aquí.**
Hace un par de años un chaval al que mentoricé me dijo que no soportaba la idea de crecer él y ver cómo sus padres seguían estando jodidamente dormidos, hipnotizados y drogados.
Y yo le dije que no se preocupara, que si él cambiaba, pero cambiaba a lo bestia, iba a hacer que todo a su alrededor cambiase.
Si te soy sincero cuando se lo dije aún no sabía cómo iba a ocurrir.
Simplemente lo sabía.
Tenía una certeza absoluta.
Ayer por la noche llegué de viaje a su casa y una vez más se acostó con su odiada televisión.
Esta mañana he despertado, voy a verle a la cama y le digo:
**Tienes 45 minutos para vestirte, viene un taxi para llevarnos a desayunar.**
No ha dicho nada.
Se ha vestido.
Nos hemos ido a desayunar.
Nos hemos ido a desayunar al que problamente sea el mejor desayuno de España (o uno de ellos, ya me entiendes).
Y ahí, en ese otro universo, bajo esa cúpula, he comprendido un par de cosas.
Amigo virtual, te deseo que si no lo haces todavía lo comprendas algún día.
Y el cómo lo he comprendido yo, no es un secreto y está justo aquí:
Un Manual hacia la grandeza.
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