Hace años quedé con mi amigo Vicente para comer por Madrid.
De casualidad ese día yo llegué puntual.
No quería defraudarle.
No quería que esperara.
No quería que supiera que yo siempre llegaba tarde.
Y si ese día llegué puntual fue a costa de no tener ni tiempo de elegir qué ropa me sentaba bien.
A costa de correr tras el tren.
A costa de haber subido corriendo las escaleras del metro.
A costa de ir desde la boca del metro hasta el restaurante en modo marcha atlética (esa gente que parece va corriendo pero en realidad va caminando a toda hostia exagerando el movimiento de sus brazos y caderas).
Y cuando estaba ahí frente al restaurante, sudado, a punto de morir y jadeando, vi a Vicente aparecer a lo lejos.
Iba caminando de la mano con su mujer.
Despacio.
Como en cámara lenta.
Como si no hubiera futuro.
No como si estuviera yendo a un restaurante sino más bien como si estuviera caminando y que la consecuencia natural de caminar fuera el llegar a un restaurante.
Ahí comprendí que así, exactamente así, caminan los ricos.
Ahí comprendí que él caminaba como un rico y yo caminaba como un pobre.
Ahí comprendí que había algo en mi interior, en mis decisiones, en mi forma de actuar, que hacía lo posible por ponerme a mí mismo en una mala situación.
Como si me odiara a mí mismo.
Como si no me respetara internamente.
Como si yo fuera mi peor enemigo.
Comprendí que hacía lo posible por llegar tarde.
Por tener que pedir disculpas.
Por sentirme mal.
Por no llegar a mi potencial.
Ahí comprendí que si habíamos quedado a las dos, él empezó a tomar decisiones sobre cuándo y cómo llegar varias horas antes o varios días antes.
Comprendí que yo había improvisado todo hasta el último momento.
Comprendí que mis pensamientos y acciones no se ajustaban con la realidad.
Y es que mientras los ricos viven en un estado mental pausado y predecible, los pobres viven en un estado mental acelerado y caótico.
Los ricos toman medidas para tener seguridad y comodidad.
Los pobres viven en un estado de miedo incertidumbre y peligro.
Cuando un rico se calza las zapatillas de
**running** y empieza a correr, en su mente no está corriendo.
En el electroencefalógrafo hay una línea perfectamente plana.
Su mente calmada.
Su respiración calmada.
Cuando un pobre camina lo hace como queriendo llegar.
Cuando un rico camina, ya ha llegado.
Stefan Zweig contaba en
**El mundo de ayer** que nunca vio a su padre correr, como diciendo que su padre era metódico, ordenado, prudente, moderado.
Y es que así, exactamente así, caminan los ricos.
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