Cuando era gilipollas jovenzuelísimo y aún no me había siquiera acostado con una mujel, recuerdo que pensaba algo muy extraño.
Pensaba que cómo era posible que dos seres humanos se acostaran y luego al día siguiente actuaran como si nada, hablaran como si nada, se miraran como si —casi— nada.
No le veía sentido, de hecho.
En mi ignorancia pensaba que tras el fuego del amol todo sería diferente y que el mero hecho de ver de nuevo a esa mujer sería algo raro y motivo de una gran tensión entre los dos.
Algo muy incómodo de llevar.
Tiempo después, cuando por fin pasé por un par o dos de experiencias, me di cuenta de que no cambiaba nada.
Comprobé que podía seguir hablando con ellas como si nada —o casi nada— hubiera ocurrido.
Es más, paradójicamente me di cuenta de que todo era exactamente igual que antes pero que ahora teníamos menos tensión.
En lugar de más, como pensaba en mi virginísima opinión, menos.
Sorprendentemente tras wuarf wuarf la tensión entre los dos se había ido.
Ahora sí que podíamos hablar normal.
Pensar normal.
Actuar medio normal.
Bien, pues aunque este giro de los acontecimientos te va a descolocar, resulta que esto mismo me pasó la primera vez que compré un libro de «alto» precio o fui a un sitio de «alto» precio.
En 2020, justo antes de comprar el curso en papel de copywriting por 195 € de Isra Bravo, pensaba que tras la compra todo sería diferente.
Era como Homer imaginándose todo lo que haría con sus 5 dólares.
No sé decirte ahora muy bien qué pensaba pero sí te digo que en mi cabeza había ilusiones y emociones. Como si algo fuera a cambiar. Como si fuegos artificiales fueran a explotar.
¿Y qué pasó tras comprarlo?
Pues evidentemente nada.
Pasó que tras la compra miraba —casi— igual la vida y que yo era igual.
Lo único que pasaba quizás es que ahora tenía menos tensión encima.
Recuerdo también que durante todos los años que viví en Madrid pasé cientos de veces por lugares como el Ritz o el Palace y siempre me quedaba mirando sus puertas y sus porteros con sombreros con una extraña sensación.
No sé ahora muy bien qué pensaba pero sí te digo que en mi cabeza había cosas muy raras.
Pensaba en que eso no era para mí porque yo era tontísimo y pobre, o pensaba que sí era para mí pero que aún no podía ir porque era un genio incomprendido y que algún día alguien por fin se daría cuenta y me invitarían ellos a entrar, o pensaba que los que había dentro eran gilipollas y que era mejor estar fuera, o pensaba que los que había dentro eran mucho más inteligentes que yo y que por eso no podía estar dentro, o pensaba que si yo estuviera dentro parecería más guapo, o pensaba que a mí no me dejarían entrar por feo,
todo eso y mucho más pensaba.
El caso es que un día por fin empecé a entrar a esos lugares.
Y al principio, cuando me acercaba a la puerta con cautela y diciendo para mis adentros —actúa normal, actúa normal—, pensaba que no me dejarían entrar.
(Esto por cierto me lleva a recordar cómo el año pasado intenté entrar al Ritz de Londres creyéndome muy listo y muy normal y muy inteligente porque ya había entrado muchas veces al Ritz de Madrid y, cuando casi iba a tocar el pomo de la puerta, un negro de 8 metros de alto x 2 de ancho me dijo: ¿se puede saber a dónde va usted, buen hombre?).
(Qué cabronazo. Sólo le faltó darme unas monedas un café de máquina y una manta roída).
Y el caso es que después, cuando finalmente entré, pensaría que me harían la ola.
Y tras entrar muchos días y muchas veces, empecé a darme cuenta de que todo, absolutamente todo, era —casi— igual.
Yo miraba —casi— igual la vida.
Era el mismo tío —quizás un pelín más seguro de mí mismo—.
La gente me miraba igual.
Lo único que sí había cambiado sustancialmente es que yo ahora tenía menos tensión encima.
Ahora podía pasar por su puerta y no desearlo.
Ahora podía ver a los que entraban y ni odiarlos ni elogiarlos.
Y ¿sabes? No lo sé.
Supongo que de eso va la vida y la muerte también.
Va de atravesar experiencias que creíamos difíciles.
Quedarnos con esa experiencia / información y hacerla parte de nosotros.
Seguir mirando la vida —casi— igual.
Y quizás, sólo quizás, tener menos tensión encima.
Por cierto, he escrito un libro que sí te hace mirar la vida diferente.
Atrévete, verás cómo tras frotar tu tarjeta en mi datáfono hablamos tan normal después.
Un Manual hacia la grandeza https://www.ricosylibres.com/un-manual-hacia-la-grandeza/
100 €
P.d.: Opinión sí solicitada presuntamente inventada:
**…**
**No es un típico libro de motivación o autoayuda, es un libro INCÓMODO.**
**Es un libro que te pega una patada en el culo y te obliga a avanzar.**
**Es un libro que está diseñado para que sepas cómo ir desde el punto A al punto B, y cuando llegas, sepas cómo continuar hacia delante.**
**Es un libro que toca diferentes aspectos de tu vida que muchas veces no nos han explicado.**
**Como profesionales de la salud conocemos muy bien el cuerpo humano pero conocemos muy poco del mundo.**
**Justamente este libro te da ese boost de conocimientos que son necesarios para aplicarlos. ¡ATENCIÓN! Para aplicarlos. No vale de nada conocerlos si no lo aplicas.**
**Y este libro hace algo que no hace casi ningún libro de desarrollo personal, y es que te hace sentir mal si no lo haces.**
**Por eso para mí el Manual hacia la grandeza supuso un cambio completo.**
**Fue de hecho el primer libro que volví a leer después de muchos años sin leer y que me ha motivado a continuar leyendo.**
**Así que…**
Alejandro del Estal, fisioexpatriado .com
P.d.: esta opinión sí es solicitada porque un día hablando con Alex me dijo que el Manual le había cambiado la vida y tal y entonces le dije: ¡PUES DILO HOMBRE!
Y entonces él como regalo me mandó este https://www.youtube.com/shorts/JA_XReOdrEE vídeo.
Ricos y Libres S.L.