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Ricos y Libres

Por Antonio Herrero Estévez

The zero bullshit policy

Antonio Herrero Estévez · Oct 4, 2026 ·

Todas mis relaciones con mujeres han sido bastante patéticas.

Yo no lo sabía, claro.

Yo antes creía que mis relaciones eran la hostia.

Las relaciones se acababan y yo pensaba que era porque ella era X o porque yo era Y o porque la vida era Z.

No ha sido hasta este año que he comprendido por fin el por qué mis relaciones eran así de patéticas.

¿Quieres saber por qué?

Porque no me las tomaba en serio.

Quiero decir, creyendo que me las tomaba en serio, no lo hacía.

Creyendo que estaba con ellas, no estaba.

Luego las mujeres podrían ser mejor o peor, quererme más o menos, tener más o menos problemas, tener más o menos voluntad, pero lo definitorio, lo que marcaba la diferencia entre

**poder** tener éxito o no, entre sentir que estaba en una relación o no, era algo que yo estaba haciendo mal.

¿El qué?

No tomármelo en serio al 100 %.

El drama de esto es que cuando no te tomas algo en serio al 100 % se acabará la partida (como todas las partidas se acaban) y tú tendrás una sensación horrible de no haber jugado.

Incluso si tú te tomas la relación al 100 % y la otra persona se lo toma al 30 %, si la relación acaba tú tendrás la sensación de haber hecho lo correcto (que, por si no te lo ha dicho nadie ya, es lo único que en el fondo te importa).

Te pongo un ejemplo.

Hace un año conocí (junto a mi pareja) a una mujer extraordinaria en un viaje, y hace unas semanas me escribió para venir a visitarnos.

**Oh, qué bien.**

Vino y lo pasamos bien, pero yo notaba que algo ahí (con mi pareja) no iba como tenía que ser.

Me di cuenta cómo sutilmente yo daba más importancia a esta nueva persona que a mi pareja, con la que llevo casi tres años.

Entonces esta mujer se fue y al cabo de unos días me volvió a escribir para venir a visitarnos de nuevo pero esta vez algo más de tiempo.

¿Sabes? A veces tienes suerte y el universo te pone pruebas muy seguidas para que te des cuenta de lo jodidamente mal que estás actuando.

Al leer su mensaje me puse a pensar, como todos los hombres en la historia de la humanidad han pensado antes que yo, qué pasaría si mi relación se acabara y yo finalmente estuviera con esta persona.

Y entonces, al cazarme a mí mismo teniendo esta clase de pensamientos, entendí el juego de la vida.

Entendí el sutil juego de la felicidad y la infelicidad.

Entendí el juego entre estar con alguien y no estar. Entre dedicarle tu vida, tu energía, tu servicio, y ser simplemente uno más.

Cuida tu rosa. —Le dijo el zorro al principito—.

Entendí por qué un niño en cuerpo de hombre es absolutamente imposible que tenga una relación estable, sana, profunda, feliz, y constructiva.

Digamos que la mente de niño siempre deja puertas a abiertas a las posibilidades. Al niño le gusta jugar con la sartén ardiendo para saber si por un casual hoy también quema.

¿Quemará, mamá?

Si, Juanito, la sartén al fuego quema como todos los días, pareces subnormal.

Y espera porque hay más.

Al leer su mensaje me di cuenta de que sentía una especie de incomodidad. Como si no quisiera defraudarla. Como si tuviera vergüenza de responder que no podía venir porque quería estar con mi pareja.

Es decir, en mi mente de niño pensaba en no defraudar a un completa desconocida y no parecía importarme hacerme daño a mí y hacer daño a mi pareja.

—Algo que había hecho cientos de veces en mis relaciones previas—.

¿Te das cuenta de la locura que supone esto y de por qué es la receta exacta para la infelicidad?

Es un plan sin fisuras, que diría Torrente.

La mente del niño hace una cosa curiosa. En lugar de ocuparse de lo que para él es importante y lo que le traerá los mayores beneficios, se ocupa de lo que para él no es importante.

Es esa falta de discernimiento de lo que es correcto para él y lo que es incorrecto, lo que le hace ir de error en error con sus relaciones.

Es esa falta de foco, de masculinidad, de elección con l, lo que le hace tener la amarga sensación de que pasa por relaciones pero las relaciones no pasan por él.

El caso es que a estar mujer le escribí que no podía venir a visitarnos porque me iba a centrar en mi relación y en el proceso de la muerte de mi madre, y que le deseaba lo mejor.

Es un mensaje sencillo, si lo piensas.

Un mensaje que simplemente dice así «esto es lo que he elegido y esto es lo que voy a cuidar».

Es un mensaje que no deja una puerta abierta ni para ahora ni para luego ni para nunca jamás.

Como un caminante que ha elegido ir a Santiago y a cada hora un caminante le dice, ¿quieres ir hacia Cádiz?

Y el caminante responde: No. Voy a Santiago. Este es el camino que he elegido.

Atención a esto.

No el camino que ha elegido otra persona.

No el camino que me han impuesto.

No algo con lo que no estoy de acuerdo.

No.

Algo que yo he elegido conscientemente.

Y la gran pregunta es: ¿Si tú has elegido un camino, por qué no caminarlo?

Ricos y Libres S.L.

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