Hoy voy a contarte algo importante sobre el dinero.
Algo que es tan común que podríamos no ver.
Algo que, si lo ves, si lo observas, si le pones remedio…
Oh, magia.
Vale, desde hace 24 años que pillo el tren Madrid – Alicante.
Y una vez en Alicante voy caminando hasta casa de mi padre.
30 minutos de paseo.
27 según Google Maps.
Y voy caminando no importa si llevo 30 kg a la espalda o si estoy cansado o si es de noche o si tengo mucha hambre o si voy con mi novia que sólo quiere llegar a casa y lleva dos maletas o si voy con un ligue o si voy con amigos o qué.
**Siempre caminando.**
El 100 % de las veces.
30 minutos de paseo.
El caso es que hace unos meses, cuando por fin me convertí en rico, es decir, cuando por fin empecé a usar mi propio dinero en mi propio beneficio de forma sistemática, tomé el mismo tren de siempre.
Y al llegar a Alicante, en lugar de ir caminando como llevaba 24 años haciendo, pensé:
**En esta ciudad tiene que existir taxis ¿no?**
Así que me da por mirar y me encuentro que JUSTO en la estación de tren hay una fila de 500.000 taxis esperando a recoger viajeros.
Créeme o no me creas pero te juro que nunca los había visto.
Como si no existieran.
Como si hubieran aparecido en ese instante.
Entonces, con el miedo que caracteriza al pobre, con el terror de un elefante desde niño encadenado, me acerco a uno.
Lo miro.
Él me mira a mí.
Me subo.
**Llévame a la calle tal número tal.**
Me lleva.
**6,80 €, ¿con tarjeta o efectivo?**
Le doy 8,80 €.
Entonces me quedo pensando.
PERO QUÉEEE COJOOOOOOOOONEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEES.
**¿En serio?**
**¿En serio cuesta 6,8 €? **
**¿En serio has estado 24 años yendo caminando SIEMPRE por ahorrarte 6,80?**
¿Vale?
Vale, te contaré otra historia.
Otra parecida para que veas que no me ocurría sólo a mí eso de ser pobre.
Ayer hablaba con un amigo.
Un tío inteligente.
**¿Qué dices? **
**¿Que eso de que es inteligente es sólo mi opinión?**
Cierto, es sólo mi opinión.
Pero cuando ves a un tío fuerte, sano, que se lleva extraordinariamente bien con sus hijos y su mujer, que tiene grandes amigos y que además de eso caga dinero y no tiene que trabajar, dices
**: **
**A ver, lo mismo inteligente no es, pero algo tiene.**
El caso es que mi amigo presuntamente inteligente me cuenta algo muy curioso.
Me cuenta que hasta antes de ayer tenía un curioso bloqueo con el dinero.
Y que no importaba el dinero que tuviera, que el bloqueo seguía ahí.
En su mente.
Agarrado como una sanguijuela.
Me dice que cuando tenía que ir del pueblo a la ciudad se volvía loco porque el precio de los taxis era caro y los trenes y los buses tardaban demasiado.
Que o iba en moto o no sabía cómo ir.
Iba en moto con lluvia. Con granizo. Con frío. Con fuego. Con bombas. Da igual.
Si no iba en moto a Madrid, se bloqueaba.
Dice que se sentía como atrapado.
Como en una cárcel mental.
Como si no pudiera escapar.
Y me cuenta que de repente…
Un buen día…
Empezó pensar en su comodidad.
Empezó a pensar en usar su propio dinero para conseguir su propia libertad.
Que empezó a tomar decisiones cuyas consecuencias no tardaron en llegar.
¿Y es que sabes?
Una cosa que descubres cuando aprendes a vender…
es que si alguien no compra tu producto que es genuinamente valioso,
NO es por un tema de dinero,
**es un tema de querer.**
Y descubres que con el querer o no querer de las personas…
POCO puedes hacer.
¿Que la persona quiere?
¿Que se esfuerza?
Lo hará.
Lo comprará.
Lo disfrutará.
Lo aplicará.
Su vida mejorará.
¿Que no quiere?
¿Que no lo ve?
¿Que no lo intenta?
¿Que no se esfuerza?
Ten por seguro que empleará su atención en otra cosa.
Ten por seguro que en lo que a ti respecta, no puedes hacer nada por ella.
Si no lo ve, no lo ve.
Y al igual que tú antes no lo veías y ahora lo ves…
ella algún día lo verá también y se dará cuenta que durante mucho tiempo y que por unos pocos euros actuaba como si tuviera una cadena en los pies.
Como si no pudiera escapar.
Como si estuviera presa en su propia cárcel mental.
¿Pero sabes lo mejor?
Que así está bien.
Que no pasa nada.
Todo seguirá igual para ella.
No lo comprará.
No experimentará eso que tú la quieres mostrar.
No se transformará.
No se subirá en un tren llamado libertad.
¿Y tú qué harás?
Muy sencillo.
Tú seguirás dando lo que tienes a quien genuinamente lo quiere aceptar.
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