Fue ayer.
Podía haber sido en otra vida, o en un sueño, o algún día cuando sea más rico, pero no, fue ayer.
Ayer fui a visitar a un hombre a una finca que está en lo alto de una montaña.
En el bosque.
Perdida entre caminos.
Sin señales para llegar hasta él.
O te invita él o alguien a conocerle, o no hay forma de que le conozcas.
Él vive ahí, con los caballos, y los voluntarios, y los formadores, y a veces con las decenas de personas que vienen a sus cursos.
Y el caso es que estábamos Celeste, Alberto, Román y yo dentro de una curiosa estructura arquitectónica de la que hasta hace sólo unos años no había oído hablar conocida como Domo Geodésico, una estructura basada en la geometría sagrada, geometría de la que hasta hace sólo unos años, no había oído hablar.
Un domo escondido a los pies de unos enormes castaños que alfombran el suelo de erizos y ponen a prueba tus ganas de ir descalzo por el bosque.
La sesión había terminado.
Yo estaba tumbado bocarriba, con las manos cruzadas bajo mi cabeza, los ojos cerrados.
Mi concentración estaba, la mitad en el frescor del aire que entraba por mi nariz, la mitad en los pájaros que cantaban ahí fuera, la mitad vete tú a saber dónde.
Román pregunta: ¿Cómo os sentís?
Celeste, la misma Celeste que unas horas antes me había dicho que desde el noviembre pasado en su primer retiro todo había cambiado, responde:
No sé cómo explicarlo. Me siento completamente diferente. Siento algo en mi cabeza y en mi cuerpo como más liviano.
Yo me meto: Chicos, esto es lo que os intento decir siempre. Que lo de la «espiritualidad» no es una cosa mental. No es leerse cuatro libros. No es decir que te encanta el yoga.
Que cuando haces las prácticas correctas, tu estructura física cambia.
Que pasas de tener un cuerpo grave, a un cuerpo más agudo.
Que esto es algo que no conocen la mayoría de los seres humanos que han pasado por la tierra.
Que o lo sientes o no lo sientes.
Que es una vez que lo experimentas es muy evidente.
Acabábamos de pasar dos horas cantando armónicos, algo de lo que, hasta hace sólo unos años, no había oído hablar.
El ser humano es un instrumento musical, nos dice. Cada vocal, cuando pronunciada, cuando resuena, cuando vibra, despierta diferentes partes del cuerpo. Y no sólo de este cuerpo que vemos, sino de los otros que no vemos. De abajo arriba. De arriba abajo.
Y al irnos de allí, camino a casa, en el coche, toca reflexionar en voz alta.
Quiero que analicéis un poco lo que hemos vivido.
Hemos ido a casa de un tío en mitad del bosque tras conducir por una pista de tierra durante kilómetros.
Donde hay unas casas de madera construidas artesanalmente como hace 3.000 años. Cortando los árboles, cogiendo los troncos a hombros, serrándolos y haciendo una casa con clavos y martillo.
En esa finca hay caballos. Y huerto. Y agua pura. Y plantas medicinales.
Hemos estado en un domo que casi nadie sabe que existe.
Hemos realizado unos cantos de los que casi nadie ha oído hablar.
Hemos experimentado algo que casi nadie ha experimentado.
¿Os dais cuenta de lo que significa esto?
En esta realidad están sucediendo muchas realidades al mismo tiempo, y cuando quieres acercarte a una de ellas, puedes.
Puedes saltar de realidad.
Salir de una.
Entrar en otra.
Volver a salir.
Buscar otra.
No es un sueño.
Está aquí.
Ahora.
A nuestro alcance.
Una vida mejor si para nosotros es mejor.
¿Os dais cuenta?
Diáfanum.
Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente; enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido. Thoreau