• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal

Ricos y Libres

El blog de Antonio Herrero Estévez

  • 7 pasos para la libertad
  • Gobierna tu vida
  • Manual
  • Retiro
  • 4 días en el paraíso
  • Mi historia

Así conducen los ricos

Antonio Herrero Estévez · May 25, 2026 ·

Hace años iba conduciendo el coche de mi padre con él de copiloto.

Como yo no estaba en el momento presente y el coche frente a mí frenó de golpe, me estrellé con él.

Nuestro coche era un Hyundai Accent gris.

El coche frente a nosotros un Range Rover 4×4 verde aceituna.

Aunque íbamos a 20 km/h nuestro coche se convirtió en un acordeón.

El Range Rover no tuvo ni una mancha.

Y oye, que esto no es un jajaja no tuvo ni una mancha pero en realidad sí la tuvo.

Es un: Ey. 

Despierta. 

Que te estoy diciendo que nuestro coche se autodestruyó mientras el suyo no tuvo ni una maldita mancha y que si hubiéramos ido a 21 km/h en lugar de a 20 habríamos muerto al instante y no habrían encontrado ni los restos.

Ante el accidente mi padre se echó las manos a la cabeza.

Me echó la culpa.

Me dijo que cómo iba sin atención por la vida.

Me lo recordó durante meses.

El conductor del 4×4 era un chaval de mi edad, unos 20 años por entonces.

Buena camisa. Buenos pantalones. Buenos zapatos.

Bien afeitado.

Bien peinado.

Se bajó del coche y nos miró sin inmutarse.

No digo con desprecio.

No digo con soberbia.

No digo con cabreo.

Digo sin inmutarse.

Como quien observa un cielo al que está acostumbrado.

Como un monje que medita y es ecuánime ante los pensamientos y sensaciones.

Como un hombre que tiene su propia vida y está ocupado viviéndola.

Entonces sacó el teléfono de su bolsillo.

Llamó a su padre.

Papá, me han chocado por detrás.

El chaval bien vestido escuchaba y asentía.

Preguntó con precisión, escuchó con atención y actuó.

Nada más.

Nada menos.

Sacó unos papeles de la guantera.

Mi padre sacó los suyos.

Fuimos al capó.

Los rellenamos.

Nos despedimos.

Yo miraba la escena como un niño.

El chaval bien peinado se subió al 4×4 de su padre, arrancó y siguió conduciendo el coche y su vida, conduciendo el coche y vida de una manera en la que, te puedo asegurar, no volvió a pensar en ese incidente con nosotros en el resto de sus días.

¿Y sabes qué?

Yo en cambio sí pensé en ello.

Pensé la diferencia de caracteres entre él y yo.

Pensé en los grados de madurez que nos separaban.

¿Y sabes qué más?

Que me llevó 15 años empezar a comprenderlo.

Bien, voy a contarte algo.

Cuando al pobre le hacen una pirula en el coche, el pobre se queda mirando al que le ha hecho la pirula con cara de enfado.

El pobre quiere demostrar que está enfadado.

Ey, miradme lo enfado que estoy. —Dice su cara—.

Es como el niño que sólo se tira de cabeza a la piscina si su madre le está mirando.

Mírame mamá, mírame.

El niño siente su validación a través de los ojos de su madre.

El niño siente que existe sólo si su madre le mira y le hace existir.

El pobre, —el hombre inmaduro, el hombre no desarrollado, el hombre con un alma y una consciencia aún latente—, necesita mostrar su cabreo para sentirse vivo.

Necesita ponerse la careta,

la máscara de hombre cabreado para sentirse reconocido,

necesita… sacar… su ego a pasear.

Persona. 

Del latín persōna ‘máscara de actor’, ‘personaje teatral’, ‘personalidad’, ‘persona’, este del etrusco φersu, y este del griego πρόσωπον prósōpon.

Quiere ser aplaudido por los otros conductores por su gran actuación.

Bien, bien, lo has hecho muy bien —necesita oír—.

Buen cabreo, buena actuación. —anhela escuchar—.

Su ego, su máscara, busca aplausos y, mientras tanto y mientras dure la función… al pobre todo le hace perder su atención.

Al pobre todo le cambia.

Al pobre todo le hace reaccionar.

El pobre es gobernado por las circunstancias exteriores.

El pobre es gobernado por todo y por todos menos por su propia consciencia.

Ante la pirula, ante el incidente, el pobre deja que sus emociones tomen el mando.

No hay nada de él en él.

Stand guard at the door of your mind.

Jim Rohn

El pobre de consciencia es capaz de perder su vida o su libertad de movimiento por meterse en una pelea con un completo desconocido porque el pobre de consciencia no se gobierna a sí mismo.

No gobierna su mente.

Su atención.

Al pobre todo le saca de su rumbo porque no tiene rumbo propio.

Para el pobre todo es una prioridad porque no tiene establecidas sus prioridades.

Perdónales padre, porque no saben lo que hacen.

La Biblia. Lucas, 23:34

Y si tiene mala suerte, entonces el pobre, tras el incidente, tras la discusión, tras la pelea, tras la noche en el calabozo o el hospital, se pregunta confundido:

¿Por qué?

¿Por qué me dejé llevar?

¿Por qué reaccioné así?

Por qué … —y ahora lee esto como si la vida te fuera en ello—.

¿Por qué no actué en mi propio beneficio?

¿Por qué no miré, observé, respiré, y seguí con el rumbo de mi vida?

Cuando al rico le hacen una pirula con el coche, el rico no mira si no es estrictamente necesario.

El rico sabe que está vivo y no necesita demostrarlo.

No necesita aplausos.

Su cara no cambia porque sus caretas se han caído y sólo su consciencia luce a través de sus ojos.

Su dirección, su rumbo, no se altera.

Sus prioridades se mantienen.

El rico nunca se permitiría el error de actuar en contra de su propio beneficio.

Vale, volvamos aquí.

La gran pregunta es:

¿Existe alguna manera de pasar de un estado a otro estado?

¿Hay algo que podamos hacer para pasar de la distracción a la tracción?

¿Hay algo que podamos practicar para convertirnos gradualmente de hombres cabreados a hombres que miran, observan, respiran y continúan?

¿Hay algo que podamos hacer que tenga el poder de influir en todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida?

¿Algo que sólo dependa de nuestro esfuerzo y voluntad?

¿Algo que se haya enseñado durante miles de años y que ahora está resurgiendo con poderosa fuerza y que está a tan sólo una decisión por nuestra parte de hacerlo nuestro y practicarlo todos los días de nuestra vida hasta el día en que muramos?

—Preguntas—.

Creo que sí y, en mi sesgada opinión, es nuestra tarea como seres humanos el encontrarlo.

—Te respondo—.

Un hombre fue herido por una flecha envenenada. 

Sus amigos y familiares corrieron a buscar un médico para que lo atendiera. 

Sin embargo, el hombre herido insistió en que no permitiría que le quitaran la flecha hasta que supiera quién lo había herido: el nombre y la casta del hombre que disparó la flecha, si era alto o bajo, de qué pueblo venía, qué tipo de arco usó, qué tipo de cuerda de arco, qué tipo de plumas tenía la flecha, de qué material estaba hecha la punta, etc.

Si el hombre se hubiera quedado preguntando todas estas cosas sin permitir que le quitaran la flecha, habría muerto antes de obtener las respuestas. 

De manera similar, el Buda enseña que las preguntas especulativas sobre el universo, la vida después de la muerte, la naturaleza del alma, y otras preguntas metafísicas no son relevantes para la liberación del sufrimiento.

En lugar de perder el tiempo en tales cuestiones, uno debería concentrarse en comprender y practicar las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óctuple Sendero, que son los medios directos para alcanzar la liberación.

La moraleja de la parábola es que debemos centrarnos en lo que es esencial y práctico para nuestra salvación y bienestar inmediato, en lugar de preocuparnos por preguntas que no nos ayudan a avanzar en el camino espiritual.

La parábola de la flecha envenenada.

Majjhima Nikaya.

Los sermones medios del Buda.

Copyright © 2026 | Ricosylibres.com |BLOG RICOS Y LIBRES |Legal | Condiciones de Contratación