Hace unos días salí de mi primer retiro de meditación de 30 días.
Algo que ahora nos parece mucho pero que hasta hace sólo unos años era la mínima cantidad de tiempo donde los maestros enseñaban a meditar.
El caso es que pasé 30 días sin tecnología y sin lecturas y en completo silencio en una cabaña de madera en un bosque del norte de Tailandia sin más ruido que mis propios pensamientos y el sonido de los pájaros (meditar allí era como hacerlo dentro de una pajarería).
Te podría contar muchas cosas pero voy a contarte que durante todos los días que duró el retiro estuve descalzo.
Es verdad que desde pequeño he tenido una especie de necesidad de ir sin zapatillas, pero nunca había experimentado el estar tantos días seguidos sin usarlas y a medida que iban pasando los días ocurrió algo curioso.
Los pies se iban fortaleciendo y una especie de suela (un callo) aparecía tímidamente en las plantas produciendo algo así como una sensación de seguridad añadida al caminar.
El suelo era el mismo pero mis pies estaban cambiando, y lo que antes me molestaba ahora me molestaba menos o ya no lo hacía.
Creo que lo que más me sorprendió es que fuera algo tan extraordinariamente sencillo y poderoso pero que la inmensa mayoría de las personas actualmente no lo hacía alegando esta o aquella razón.
Qué raro, —pensé—, ¿pero qué le voy a hacer?
**¿No sabéis que sois templo de Dios?**
Corintios 3.16
**Estad quietos y sabréis que yo soy Dios.**
Salmos 46.10