Las veces que fui increíble y… una decisión cambió mi vida

Quien me conoce sabe que uso muchísimo la palabra «increíble».

Y la verdad es que es cierto, más o menos soy como cuando Homer Simpson se emociona porque ve un perro marrón. Casi todo me parece increíble, la vida en sí me parece increíble, el hecho de que esté vivo, que pueda caminar, y respirar, que pueda oler, sentir, pensar, me parece increíble. Ahora mismo, por ejemplo, estoy solo en casa y me encuentro sentado en el sofá con el portátil en las piernas mientras escribo esto y escucho Ludovico Einaudi. Esto me parece algo verdaderamente increíble. El mero hecho de ser capaz de disfrutar de un momento de paz en esta sociedad me parece increíble, y el hecho de que alguien sea capaz de acariciar un piano y que yo a mi vez sea capaz de escucharlo y sentirlo con la fuerza en que lo hago, me parece increíble.

Quizás me ocurra lo que a Vizzini, y un Íñigo Montoya debería decirme que siempre uso esa palabra y que quizás no significa lo que yo creo. No obstante, hasta que eso pase, a mí personalmente muchas situaciones me seguirán resultando increíbles.

El caso es que, aunque todo en mayor o menor medida me parezca increíble, sí que en ocasiones de mi vida he sentido con aún mayor intensidad lo verdaderamente INCREÍBLE de un momento. Momentos que bien podría tildar de épicos, de… ¿muy increíbles? y de esos momentos muy increíbles quería reflexionar con estas palabras, momentos que, además, cambiaron mi vida.

«Cambiar la vida» es otro concepto muy curioso y creo que demasiadas personas usamos esa afirmación con demasiada ligereza. Decimos «esta película me cambió la vida» y nos quedamos tan panchos. Decimos «este viaje me cambió la vida» y  nos quedamos tan a gustito. Decimos «conocer a esa persona me cambió la vida» y no le damos más vueltas. Pero la realidad es que pocas cosas te cambian la vida. Si después de decir «esto me cambió la vida» sigues amando, sintiendo, odiando, viendo, hablando, escuchando, tocando, viviendo, comunicando, trabajando de la misma manera, entonces es que no te cambió la vida en absoluto.

Que algo te cambie la vida es más o menos como que hasta ayer yo me llamaba Antonio y tenía 33 años y vivía en Madrid, y hoy me llamo Paqui, soy una señora de 53 años y vivo en La Coruña.

A eso me refiero cuando hablo de cambiar la vida, y de esos momentos tratan estas palabras.

El día que di aquel puñetazo en el momento correcto

Cuando tenía unos nueve años iba a un desastroso colegio de curas. Supongo que era el prototipo de muchos colegios concertados españoles en los ochenta. Siento si mis palabras a continuación suenan pesimistas. Muchos profesores sin vocación que no sabían absolutamente nada de enseñar, mucho racismo en las clases (en mi colegio no vi jamás a alguien que no fuera perfectamente blanco), muchos castigos, mucha homofobia y, más a menudo de lo que me gustaría confesar, muchas collejas por parte de los profesores y algunas sonoras bofetadas.

Y entre tanta mierda, por supuesto de vez en cuando te tocaba en clase como compañero a algún muchacho que posiblemente sufría en casa más de lo normal, y como ese muchacho recibía tan poco amor, poco amor podía dar.

El muchacho con poco amor que me tocó a mí ese año se llamaba Juan, era muchísimo más grande que el resto de los compañeros de clase, y se le daba bastante bien eso de hacer bullying. Un día cualquiera en el recreo yo estaba paseando por el patio, Juan vino hacia mí, y después de decirme algo desagradable que no recuerdo se le ocurrió la brillante idea de arañarme la cara con sus uñitas de niño de nueve años.

No sé muy bien cómo, pero yo pegué un grito de dolor y rabia, apreté los puños, y le golpeé con todas mis fuerzas en la boca. Él sangró, perdió un diente, y el miedo apareció de repente en sus ojos. Horas después cuando aún mi cara escocía por las marcas rojas que Juan había trazado, un profesor me habló con desprecio y después me castigó mirando la pared.

Supongo que durante el castigo se me pasó mi propio miedo y tuve algo de tiempo para reflexionar. A partir de ese momento, Juan no volvió a meterse conmigo y, si mi memoria no me falla, no volvió a hacerlo con nadie más.

Ambos habíamos aprendido una lección que tardaríamos una vida en olvidar.

El día que escribí una pequeña carta en la parte trasera de un examen

A los diecinueve años terminé de estudiar un grado medio de impresión en artes gráficas, y después estuve un año rebotando por diferentes empresas con una insatisfacción casi constante. El Antonio del pasado miraba ofertas de trabajo de cosas relacionadas con el diseño gráfico y la desesperanza reinaba por todas partes. Por un lado había cientos de personas apuntadas a una única oferta, y por otro lado, parecía que lo que había estudiado no servía para nada.

Entonces empecé a soñar con que me gustaría estudiar un grado superior de diseño, así, pensaba, tendría muchas más oportunidades. El problema es que para estudiar un grado superior necesitabas tener o bien el bachillerato, o bien aprobar un examen parecido a la selectividad que acreditaba los conocimientos requeridos para cursar con éxito el curso.

Y yo no tenía nada de eso.

Así que me puse manos a la obra y busqué escuelas o academias donde prepararme la prueba de acceso, el problema es que estábamos en abril y las clases habían empezado meses antes en septiembre, con lo que tendría que esperar hasta el siguiente septiembre, cursar un año de clases preparatorias, y un año y medio después, si todo salía bien y aprobaba, podría empezar mi ansiado grado superior.

Recuerdo que a una de las academias que llamé me atendió la recepcionista, y cuando le dije que quería prepararme para la prueba ella se rió. Ay, hijo —me dijo—, las clases empezaron hace meses, tendrás que esperar. Me sentí un infeliz.

Siempre he sido un impaciente y yo lo quería empezar ya, pero no podía hacer nada. O eso creía.

Lo que sí hice fue inscribirme para la prueba de acceso que se realizaba en junio. Aunque no había estudiado, no sabía nada de la prueba, y las posibilidades de aprobar eran inexistentes, al menos sí podría ver cómo era el examen y así al año siguiente iría mejor preparado. Pagué las tasas y me olvidé de esa prueba durante dos meses.

Cuando llegó el día fui al examen con un bolígrafo en la mano. Como pude fui completando las comunes: Lengua Castellana y Literatura, Lengua extranjera y Matemáticas.

Desde siempre he sido curioso y me gusta mucho leer, así que me enfrenté con más o menos éxito al examen de lengua y literatura.
Desde los dieciocho años salía siempre con un grupo de amigos norteamericanos y me esforzaba por hablar en inglés todo lo que podía, así que entre eso y el poema que escribí en mi rudimentario inglés, superé la prueba.
Las matemáticas siempre me han apasionado, me parecen fascinantes, bellas, curiosas… pero apenas sé sumar y restar (espero solucionar eso pronto). Por suerte, en el examen, pidieron ciertos problemas que curiosamente conocía. Me sentía como el niño indio de Slumdog Millionaire.

Después vino la prueba específica del grado que yo quería cursar: Dibujo Técnico.

Con el dibujo técnico no existe la suerte. O sabes hacerlo porque tienes práctica o no lo sabes porque no la tienes. Y a pesar de que también me fascinaba como asignatura en el instituto, yo no sabía absolutamente nada de dibujo técnico.

Cuando tenía la hoja del examen frente a mí me sentí ridículo. Todas las personas sentadas a mi al rededor venían perfectamente pertrechadas con compás, lápices, escuadras y cartabones. Yo en cambio sólo tenía un bolígrafo azul.

Y como sólo tenía un bolígrafo azul hice lo único que podía hacer: Escribí mi nombre en la casilla correspondiente, dejé en blanco todo el examen, le di la vuelta a la hoja y le escribí a quien le correspondiera la mejor carta que he escrito nunca.

Las ideas pasan rápidas por nuestra mente, y es nuestra tarea el agarrarlas y convertirlas en decisiones. Yo tomé la decisión de escribir la carta, del mismo modo que podría haber tomado la decisión de levantarme de la silla e irme.

¿Qué conté? Conté la verdad. Escribí que era una persona llena de sueños y apasionada por todo, pero que nunca había encontrado la motivación y la disciplina suficiente para hacer un montón de cosas en mi vida, incluido el dibujo técnico. Escribí también que sabía que estudiar un grado superior me daría las alas que necesitaba en mi vida. Escribí que para ser un buen diseñador gráfico no necesitaba la lengua y la literatura ni las matemáticas ni el inglés ni el dibujo técnico, aunque desde luego dominarlos me harían mejor profesional. Escribí que para ser diseñador gráfico lo que necesitaba era saber comunicar, y escuchar, y practicar, y que de eso sí sabía mucho. No pedí nada, sólo escribí sobre mis sentimientos, sólo hablé de MI verdad.

¡Que buen vasallo sería si tuviese buen señor! Qué buen diseñador sería si tuviera la oportunidad.

Unos días después comprobé por internet la lista de los aprobados. Mi nombre figuraba entre ellos y yo sabía desde ese preciso instante que mi vida había cambiado. Meses más tarde empecé el grado superior donde conocí casi por primera vez en mi vida a buenos profesores y alumnos motivados en su mayoría.

Ahí aprendí que la realidad es negociable.

El día que dije NO a un trabajo y me fui a Inglaterra

Tenía veintitrés años, ya había acabado los dos años del grado superior de diseño gráfico y me encontraba haciendo unas prácticas en un estudio. Aunque el sentido común decía que yo tenía que estar agradecido por estar haciendo unas prácticas con posibilidad de entrar a trabajar, mi sentido propio me decía algo completamente diferente.

Empecé a pensar que necesitaba conocer mundo.

Apenas había salido de España una o dos veces y tenía una fuerte necesidad de hacerlo, me sentía como encerrado. Hablé con varios amigos que había hecho su año de Erasmus fuera y, a uno de ellos, le confesé que quería irme pero que me aterrorizaba la idea de irme solo. ¿Cómo voy a irme solo? le pregunté.

La pregunta no es «cómo vas a irte solo», me dijo. En realidad tendría yo que preguntarte «cómo no vas a irte solo». Me dijo que si quería hacer algo, lo hiciera, sin más, sin buscar a nadie, sin preguntas, sólo hacerlo, comprarme el billete, largarme.

A los pocos días, con un miedo casi paralizante y gracias al apoyo de mi madre, compré el billete para Inglaterra para justo el día después en que terminaba las prácticas. El último día de trabajo, mi jefe me dijo que quería contratarme y que si yo quería podía empezar al día siguiente. Sería un trabajo como diseñador en un buen estudio por primera vez en mi vida y el sentido común decía que tenía que aceptar ese trabajo.

Mi sentido propio le dijo a mi jefe que al día siguiente me iba a Inglaterra.

Recuerdo que una amiga me dijo que no debía comprarme el billete hasta que no supiera si me iban a contratar o no, y yo pensaba que hacer eso sería dejar mi destino en las manos de una decisión completamente ajena a mí, y para mí eso no tenía sentido.

Terminé las prácticas y al día siguiente un avión me llevó a Inglaterra.

En ese preciso instante supe que mi vida había cambiado.

El día que me hice emprendedor

En realidad yo no me hice nada, las circunstancias lo hicieron.

Un año y medio después de irme a Inglaterra estaba trabajando en Madrid en una multinacional como diseñador gráfico. Para entonces habían pasado muchas cosas entre las que se encontraban haber vivido durante siete meses en Inglaterra y haber trabajado seis meses en el mismo estudio en que hice las prácticas y que finalmente me contrataron al volver.

Muchos días, en aquella multinacional, llegaba a trabajar por la mañana y le contaba a mi compañera y amiga GabyMoo que había conseguido otro cliente por mi cuenta. Para mí era muy fácil conseguir clientes, sólo tenía que hacerme miles de tarjetas de visita y dárselas a cualquier persona. Gaby me dijo que me veía como el símbolo del dólar andante por mi capacidad de conseguir trabajo, y me dejó caer que por qué no creábamos nuestra propia empresa.

Desde ese preciso instante algo ocurrió en mi mente. Te garantizo que desde el mismísimo momento que las palabras «¿Por qué no creamos juntos nuestro propio estudio de diseño?» salieron de su boca, yo no dejé de pensar en ello día y noche hasta llegar casi a obsesionarme como pocas veces lo he hecho con algo en mi vida.

Pero esta historia merece un artículo a parte.

El día que decidí cerrar mi oficina para irme de viaje

Seis años después de haber empezado mi negocio y tras haber pasado por dos oficinas, más de 400 clientes, tres chicos en prácticas y una chica contratada por horas, hablé con mi amigo Arash. Le comentaba que iba a irme un par de meses a Buenos Aires a conocer la ciudad.

Él me hizo una pregunta. Una pregunta, que, cuya respuesta por mi parte, podría cambiar mi vida, podría cambiar la manera en la que veo el mundo, podría cambiarlo todo. Su pregunta fue: ¿Por qué en vez de irte dos meses no cierras tu oficina en Madrid y te vas de manera indefinida?

Te garantizo que desde el mismísimo momento en que esas palabras salieron de su boca yo no dejé de pensar en ello, día y noche, como pocas veces lo he hecho con algo en mi vida.

Un mes después cerré por última vez la puerta de mi oficina y a partir de ese momento sabía que no necesitaba un lugar fijo para trabajar y sabía que podía vivir en cualquier parte del mundo que yo eligiera.

***

En cualquier de estos momentos mi vida verdaderamente cambió. Todos ellos fueron momentos excepcionales que tuvieron como consecuencia que yo dejara de ser el Antonio que había sido hasta ese momento para pasar a ser otro, diferente, creo que mejor o, si no mejor, más consciente de lo increíble que es el mundo.

Gracias por leerme.

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