Hónralo

Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra.
El tiempo se escapa como una nube, como las naves, como una sombra.

Las palabras que vas a leer a continuación no van de ser nostálgico, o de ser neurótico con el uso del tiempo, o de tener vacíos que llenar, no van de que hacer una cosa es mejor que hacer otra. No va de eso.

Hace unas semanas fui a Túnez a visitar a mi amigo Klas. Creo que era un miércoles después de cenar en casa cuando, sobre las 23 horas, Klas me dijo que en un rato íbamos a quedar con dos amigas suyas en un bar a unos veinte minutos en taxi. Yo le dije que estaba bastante cansado y que me iba a pensar si salir o no.

4,3 segundos después estaba en calzoncillos en la cama con los ojos cerrados.

Creo que hice eso porque por un lado últimamente digo mucho que en mi (primera) juventud ya bebí todo el alcohol que tenía que beber en mi vida, y por el otro lado me digo a mí mismo que lo mejor que puedes hacer en la noche es dormir y descansar para al día siguiente tener un día maravilloso.

Hasta aquí todo bien.

El caso es que mientras estaba en la cama «pensándome si salía o no» en calzoncillos, con todas las persianas bajadas, con los ojos cerrados y hasta casi casi haciendo Yoga Nidra, me asaltó una gran pregunta. ¿Por qué estás aquí?

¿Por qué estás aquí?

Con esa sencilla pregunta empecé a cavar un túnel vertical en mis consciencia.

¿Por qué estoy aquí, en Túnez? porque he venido a visitar a mi amigo Klas.
¿Por qué has venido? Porque es mi amigo, le aprecio mucho y hacía tiempo que no le veía.
¿Por qué estoy aquí? Porque me gusta viajar y no conozco Túnez. Porque Klas ya no vive en España.
¿Qué conoces de Túnez? La casa de Klas, su oficina, los alrededores y poco más.

Seguí y seguí haciéndome preguntas y respuestas, y fue así como llegué a una conclusión de una contundencia asombrosa.

¿Estaba honrando el momento quedándome en la cama?

¿Estaba honrando el viaje?
¿Estaba honrando mi visita a Túnez?
¿Estaba honrando mi tiempo con Klas?

Y entonces, cuando empecé a pensar en atravesar una ciudad desconocida en coche iluminada pobrebemente, conocer a dos chicas tunenizas, ver una cultura diferente de fiesta, pasar más tiempo de calidad con mi amigo y tomarme una cerveza con él, entonces, mi cuerpo se llenó de energía renovada, me dí una ducha de agua helada, le robé un poco de colonia a Klas y nos fuimos de fiesta con una camisa en el cuerpo y una sonrisa en la cara.

Un rato después, cuando ya estábamos en el bar y todos bailaban y se emborrachaban como mandriles sedientos, yo estaba sentado en mi banqueta con una única cerveza tratando de entender qué estaba haciendo allí.

Me había vuelto a suceder.

Me había vuelto a suceder que mi yo cansado, mi yo inconsciente, no veía con suficiente claridad el momento en el que me encontraba.

Tuve que volverme a hacer la misma pregunta. ¿Por qué estás aquí?, ¿estás honrando el momento? ¿estás honrando el haber venido hasta aquí, estás honrando el no estar en la cama? ¿estás honrando a las personas que tienes delante?

Entonces me levanté pedi diecinueve copas y me puse a bailar tanto y tan feliz que pasaron dos o tres horas sin darnos cuenta.

Al volver a casa en taxi, cansado, sudando y con una sonrisa mucho mayor que con la que llegué, me di cuenta de que había aprendido una valiosa lección y pensé en escribir este artículo.

En unos segundos de hacerme preguntas sobre mi existencia, obtuve como respuesta el tener el valor y la energía de aprovechar un momento valioso y, así, me libré del arrepentimiento posterior que a menudo me atenaza el pecho.

Honrar el momento presente

Hace unos días iba conduciendo el coche camino de Ávila y, en un momento que supongo se podría considerar de aburrimiento, agarré el teléfono móvil que se encontraba en el huequecito debajo del freno de mano y me puse a ojearlo.

Soy absolutamente consciente del peligro de mirar el móvil al conducir, detesto ser esa persona, aún así, la ligera adicción y mi falta de fortaleza tomaron el mando de la situación durante unos segundos. Lo que parecía un instante después, las ruedas tocaron el exterior de la calzada y yo me llevé un buen susto.

Quizás nunca te lo has parado a pensar, pero eso ocurrió porque no estaba honrando el momento presente. Yo quería estar en otro lado diferente porque tenía un exceso de futuro en mi presente.

Cuando conduces hay infinitas cosas que observar; tu respiración, tus pensamientos, la sensación de velocidad, la carretera, los arbóles, los otros coches, el perro que se asoma por la ventana, esa señora con los labios pintados de rojo que te mira de reojo, aquel hombre de aspecto cabreado, ese con cara de felicidad, la media sonrisa de un niño que va mirando distraído desde su sillita, los saltos de las líneas discontinuas, la perfección de las continuas, radio María que se escucha aunque vayas en un túnel dentro de un túnel, tu música favorita, un audio libro de Ser Feliz en Alaska… millones de cosas. Infinitas, si sabes mirar.

Pero en lugar de eso yo quería estar en otra parte, quería ver el email por enésima vez o comprobar si una lucecita roja me daba la dopamina que mi cuerpo pedía.

Imagínate que hubiera tenido un accidente. Imagínate que hubiera muerto como miles de personas mueren cada día en la carretera mientras miran sus móviles, o peor, imagínate que hubiera matado a alguien.

Accidentes facilmente evitables si solo hubieran puesto en práctica un concepto: honra el momento.

Date prisa, es más tarde de lo que piensas

Los últimos seis meses he estado viviendo en el campo. Vivir en la naturaleza en un lugar como Arenas de San Pedro se presta a vivir muchas, muchas, muchas aventuras.

Pasear bajo la luna, mirar las estrellas, coger moras, fresas, manzanas o higos y hacer mermelada. Tener gallinas, meditar en el bosque, descubrir los cientos de pueblos de Castilla y León que bien merecen dos visitas, organizar cenas y vinos en casa, invitar a mis sobrinas a acampar en el jardín, hacer fotografías a algunos de los rincones más bellos de España en la sierra de gredos, conocer refugios de montaña, aprender de la fauna y flora del lugar, adoptar un perro seis meses y verle trotar por los caminos, tratar de conocer a viejos y jóvenes y saber qué piensan de vivir en un pueblo, cómo fue sus vidas, cuáles eran sus sueños, tener un huerto envidiable al que quitar todos los días las malas hierbas, ir a exposiciones de arte, ayudar a los retenes durante los incendios, probar hasta la última comida tradicional, perderse en un bosque, bañarse desnudo en un río de agua helada por la noche…

Un sin fin de actividades que hacer, momentos que experimentar y realidades que vivir, pero lo cierto es que apenas hice algunas de las infinitas posibilidades, y tengo la sensación de haber malgastado el tiempo de una manera verdaderamente miserable. Empleé cientos de horas pegado a la pantalla del móvil o sentado frente a un ordenador haciendo como que trabajaba.

Es posible que estés pensando que debo tener una especie de neura y muchos vacíos que llenar, o es posible que me digas que también se está muy bien sin hacer nada y que es muy sano. Si eso es lo que piensas a estas alturas, es posible que por un lado no he conseguido explicarme bien, y por el otro lado aún no entiendes qué significa el famoso Carpe diem, quam minimum credula postero.

Desde el momento que naces hasta el momento que mueres no existe un solo instante en el que «no estés haciendo nada».

El savasana de la vida

«La postura del muerto» o Savasana es la postura final de yoga, y dicen los yoguis que es la postura más importante y la más difícil, la reina de las posturas. Es la postura donde conscientemente relajas cada músculo del cuerpo, calmas tu respiración y dejas ir todo lo que llevas en la mochila.

Es el momento donde eres invitado a asimilar todo lo aprendido y realizado con anterioridad, el instante donde tu mente cede el control del cuerpo y te dejas caer, profundamente. El momento donde se ponen en marcha los mecanismos de regeneración, de descanso, de cura.

Una vez un sabio me dio un consejo muy sabio: Antonio, puedes ser lo que quieras y hacer lo que quieras, pero no todo al mismo tiempo.

La vida es corta, pero si sabes como vivir, puedes vivirlo todo.

Carpe Diem

Carpe Diem te invita a darte cuenta de que cuando te metas en la cama honres el momento presente y honres el templo del descanso que es tu habitación, dejes el móvil fuera de la habitación y descanses.

Carpe Diem te invita a decir, «ahora voy a dormir, gracias por este maravilloso día».

¿Crees que estoy en contra de los teléfonos móviles o de la tecnología o del ocio? Si piensas así es que creo que lamentablemente aún no he conseguido explicarme bien.

Carpe Diem te invita a que cuando cojas el móvil o uses la tecnología, honres el momento presente y disfrutes del móvil o de la tecnología, que lo observes de verdad, con atención. Que si te escriben un whatasapp entres a la conversación con los cinco sentidos y dispuesto a todo, que entres a saber cómo está esa persona, a prestar atención a cada una de sus palabras, a disfrutar de la maravilla que supone comunicarse con alguien en la distancia gracias a un aparato cumbre de nuestra evolución.

Carpe Diem me dice que cuando estoy trabajando frente al ordenador me concentre en cada tarea como si esta fuera la última que voy a hacer en mi vida, que honre el tiempo que he dedicado a trabajar para luego, si quiero, poder dedicarme a otra cosa. Quizás no lo creas, pero si trabajara dos horas diarias completamente concentrado, produciría tanto que en un año prodría jubilarme.

Carpe Diem nos habla de que cuando estemos haciendo el amor, nos paremos a escuchar la respiración, a sentir el calor que desprenden sus muslos, la suavidad de sus besos, en crujir de la cama, la vibración de sus gemidos, la chispa de sus miradas, el palpitar acelerado o sosegado del corazón. ¿Te das cuenta? Follar Hacer el amor y querer llegar al orgasmo es más o menos como decir que vas a hacer el camino de Santiago y cogerse un helicóptero para llegar rápido a Compostela.

Carpe Diem dice que si tienes hijos honres su niñez, su curiosidad, sus preguntas sin sentido aparente, su momento en el parque, sus ganas de no comer, sus rabietas, sus explosiones de amor. Honrar el momento significa que cuando le paseas en el carrito mires su mirada curiosa al cielo en vez de mirar el móvil otra vez.

Si tienes pareja hónrala, escribe en un papel qué te gustaría hacer con ella y cómo lo vais a hacer mientras estáis vivos .

Si estás soltero honra el momento, atrévete a conocer a alguien nuevo, acércate a esa bellísima alemana que te echó una furtiva mirada en aquella librería. Pregúntala si le gustaría dar un paseo contigo por Madrid, pregúntala cuáles son las tres cosas que más le gustan de ella, pregúntala por qué decidió estudiar filosofía del feminismo y matemáticas, pregúntala cual es su nombre y por qué la llamaron así. Quizás te diga que su nombre es Rachel y que su bisabuela era checoslovaca. Honra el momento.

Si estás comiendo honra la comida, mírala en su plato, sus colores, sus formas. Cierra los ojos y percibe el momento en el que el delicioso olor entra en contacto con tu cuerpo. Honrar el momento significa que pongas una porción dentro de tu boca y que sientas su textura, su temperatura, el roce de sus formas en tu lengua.

Cada momento de tu vida está esperando a que le prestes atención, a que le observes, a que le dediques tu energía consciente. Cada sencillo parpadeo que das por hecho está esperando a ser honrado.

Si sientes que te falta el tiempo

Si alguna vez sientes que te falta el tiempo, o sientes con tristeza que no aprovechaste algo, pregúntate, ¿honré el momento cuando tuve la oportunidad?, pregúntate, ¿Cómo puedo hacer a partir de hoy para honrar el tiempo que sí tengo de vida?

«Desde este momento y hasta la hora de mi muerte, tanto si tengo logros espirituales como si no, actuaré tan positivamente como pueda, intentando hacer que mi vida sea lo más beneficiosa tanto para mí como para los demás».

Si tienes padres llámalos, ve a verlos, pregúntales cómo se conocieron, quién fue su mejor amigo cuando eran pequeños, si alguna vez les rompieron el corazón, qué sueños tienen incumplidos y cuales por cumplir.

Honra tu descanso, honra tu trabajo, honra tu despertar, honra tu ducha, honra el ejercicio, honra tu cuerpo, honra tu mente, honra tus besos, honra tus compras, honra tus viajes —¿Has visto a esos viajeros que siempre van corriendo de un lado a otro tratando de llegar al siguiente lugar?—, honra tu caminar, honra tu vida.

«Sé que tengo un tiempo muy reducido en la tierra y no puedo desaprovecharlo».
Mi amigo Gerardo, apunto de convertirse en monje budista.

Las palabras que has leído no iban de ser nostálgico, o de ser neurótico con el uso del tiempo, o de tener vacíos que llenar, o de que hacer una cosa es mejor que hacer otra. No iban de eso. Iban de que, cuando estés a las puertas de dejar este mundo, no digas con tristeza a tu familia que te gustaría volver a ser joven, o que la vida pasó sin darte cuenta.

Van de transmitirte algo que creo que es muy valioso: Si vives el presente, si honras tu presente, en el futuro no te lamentarás de que no viviste tu pasado.

La pregunta es; ¿Cómo hacer para honrar el momento? lo veremos en alguno de los siguientes capítulos.

Un hombre se acercó a un maestro Zen y le preguntó en qué consistía el secreto de la sabiduría.

No es ningún secreto. Cuando como, como. Cuando duermo, duermo, cuando hablo contigo, hablo contigo.

¿No es eso lo que hacemos todos?

No. Cuando tú duermes, estás pensando en tus problemas del día o en los que tendrás al despertar. Cuando comes estás pensando en qué harás luego. Cuando hablas conmigo piensas en qué preguntarme después o en responderme antes de que yo termine.

Gracias por leerme.

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